Выбрать главу

Guardó silencio. Me pregunté si aquél sería el fin de la historia.

– Bueno, los búhos también comen -observé a modo de invitación para que continuara.

Rafe me miró de reojo, rápidamente.

– Entonces -prosiguió-, no sé qué hora sería, empezaba a amanecer, oí tu voz bajo la lluvia. Parecía como si estuvieras justo aquí, asomándote por la ventana. -Se giró y señaló hacia arriba, hacia la ventana a oscuras de mi habitación-. Me dijiste: «Rafe, voy de camino a casa. Espérame despierto». No sonabas enigmática ni nada de eso, simplemente pragmática, como si anduvieras con prisa. Como aquella vez que me telefoneaste porque te habías olvidado las llaves. ¿Te acuerdas?

– Sí -respondí-. Me acuerdo.

Una ligera brisa fría me agitó el cabello y me estremecí; tuve un sobresalto momentáneo e incontrolable. No sé si creo en fantasmas, pero aquella historia tenía algo especial, era como la hoja de un cuchillo frío presionada contra mi piel. Era demasiado tarde, una semana demasiado tarde, para preocuparse por el daño que les estaba ocasionando a aquellas cuatro personas.

– «Voy de camino a casa -repitió Rafe-. Espérame despierto.»

Clavó la mirada en el fondo de su vaso. Y entonces caí en la cuenta de que estaba bastante borracho.

– ¿Qué hiciste? -le pregunté.

Sacudió la cabeza.

– «Eco, no hablaré contigo -recitó, con una ligera sonrisa irónica-, porque estás muerto.» [11]

La brisa había barrido el jardín, tamizando las hojas y acariciando con delicadeza la hiedra. Bajo la luz de la luna, el césped parecía mullido y blanco como la niebla; daba la sensación de poder atravesarlo con la mano. Volví a estremecerme.

– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Acaso no te sugirió eso que iba a recuperarme?

– No -contestó Rafe-. En realidad, no, en absoluto. Estaba convencido de que en ese preciso instante acababas de morir. Ríete si quieres, pero ya te he explicado el grado de conmoción en que estábamos todos. Me pasé todo el día esperando a que Mackey apareciera por la puerta con actitud grave y compasiva y nos explicara que los médicos habían hecho todo cuanto estaba en su mano, pero blablablá. Cuando se presentó aquí el lunes, deshaciéndose en sonrisas, y nos explicó que habías recobrado la conciencia, al principio no me lo creí.

– Y eso es lo que pensaba Daniel, ¿no es cierto? -inquirí. No estaba segura de cómo lo sabía, pero no albergaba ninguna duda de ello-. Él creía que estaba muerta.

Transcurrido un momento, Rafe suspiró.

– Sí -respondió-. Sí, así es. Desde el principio. Creía que ni siquiera habías llegado con vida al hospital.

«Vigila con ése», me había aconsejado Frank. O bien Daniel era mucho más inteligente de lo que yo estaba dispuesta a admitir (aquel pequeño rifirrafe antes de salir a dar el paseo empezaba a preocuparme de nuevo) o tenía razones de peso para creer que Lexie no iba a regresar.

– ¿Por qué? -pregunté, haciéndome la ofendida-. Yo no soy ningún pelele. Hace falta algo más que un cortecito para quitarme de la circulación.

Noté a Rafe estremecerse, con un temblor mínimo, semioculto.

– ¡¿Quién sabe?! -exclamó-. Salió con una teoría truculenta según la cual la policía fingía que estabas viva para confundirnos a todos. No recuerdo los detalles, no tenía ganas de escucharla y, además, se mostraba muy críptico en todo. -Se encogió de hombros-. Ya sabes cómo es Daniel.

Por varias razones decidí que había llegado el momento de cambiar el cariz de aquella conversación.

– Vaya… teorías de la conspiración -observé-. Tendríamos que confeccionarle un gorro de estaño por si la pasma empieza a cifrar sus ondas cerebrales.

Sorprendí a Rafe con la guardia baja: estalló en carcajadas sin remedio.

– Es un paranoico, ¿verdad? -comentó-. ¿Te acuerdas de cuando encontramos la máscara de gas? ¿De cómo la miró pensativo y luego dijo: «Me pregunto si esto sería efectivo contra la gripe aviar»?

Yo también me eché a reír.

– Quedaría estupenda con el gorro de estaño. Podría llevar las dos cosas puestas a la universidad…

– Sí, y también podemos conseguirle un traje para riesgos biológicos…

– Abby podría hacerle unos bordaditos…

La verdad es que no tenía ninguna gracia, pero ni él ni yo podíamos contener la risa, como si fuéramos un par de adolescentes atolondrados.

– ¡Ay! -exclamó Rafe enjugándose los ojos-. ¿Sabes qué? Toda esta historia habría sido para desternillarse de risa de no haber sido tan espantosa. Era como una de esas terribles obras de teatro seudoionesco que siempre escriben los de tercero: montones de pasteles de carne abarrotando las encimeras y Justin tropezando con todo y tirándolos al suelo, yo sintiendo arcadas en un rincón, Abby dormida en la bañera como una especie de Ofelia posmoderna, Daniel aflorando a la superficie para explicarnos lo que Chaucer pensaba de nosotros y volviendo a desaparecer acto seguido, tu amigo el sargento Krupke [12] personándose en la puerta cada diez minutos para preguntar cuáles son tus M &M preferidos…

Soltó un largo y tembloroso bufido, a medio camino entre una risa y un sollozo. Sin mirarme, estiró un brazo y me alborotó el pelo.

– Te hemos echado de menos, borrica -confesó, casi con violencia-. No queremos perderte.

– Pues aquí estoy -repliqué-. Y no pienso irme a ningún sitio.

Evidentemente, hablaba a la ligera, pero en aquel vasto y lóbrego jardín mis palabras parecieron revolotear con vida propia, descender peinando la hierba y desaparecer entre los árboles. Rafe volvió lentamente el rostro hacia mí. El resplandor del salón me impedía ver su expresión, y lo único que pude apreciar fue un ligero destello blanco de luz de luna reflejándose en sus ojos.

– ¿No? -preguntó.

– No -contesté- Me gusta estar aquí.

La silueta de Rafe se movió, brevemente, mientras asentía con la cabeza.

– Eso está bien -sentenció.

Para mi completa sorpresa, alargó la mano y me acarició con la yema de los dedos, leve y deliberadamente, la mejilla. La luz de la luna perfiló un atisbo de sonrisa.

Una de las ventanas del salón se abrió y Justin asomó la cabeza.

– ¿De qué os reís?

Rafe bajó la mano.

– De nada -respondimos al unísono.

– Si os quedáis ahí sentados con este frío pillaréis una otitis los dos. Venid a ver esto.

Habían encontrado un álbum fotográfico antiguo en algún sitio: la familia March, los antepasados de Daniel, alrededor de 1860, con corsés asfixiantes y sombreros de copa y expresiones circunspectas. Me apretujé en el sofá junto a Daniel, tan cerca de él que nos rozábamos; tuve un pálpito, pero al instante recordé que llevaba el micro y el teléfono en el otro lado. Rafe se sentó en el brazo del sofá, a mi otro lado, y Justin se internó en la cocina y reapareció con unas copas de tallo alto llenas de oporto caliente, perfectamente envueltas en gruesas y suaves servilletas para que no nos quemáramos las manos.

– Para que no pilles un resfriado de muerte -me dijo-. Tienes que cuidarte. No tendrías que andar por ahí con este frío…

– Mirad la ropa que llevan -dijo Abby. El álbum estaba encuadernado en una piel marrón cuarteada y era lo bastante grande como para ocupar su regazo y el de Daniel. Las fotografías, enganchadas con esquineras de papel, estaban manchadas y empezaban a amarillear por los bordes-. Quiero este sombrero. Creo que me he enamorado de este sombrero.

El sombrero en sí parecía una especie de pieza arquitectónica con flecos que coronaba a una dama corpulenta con una pechera inmensa y mirada recelosa.

вернуться

[11] Cita de la obra teatral clásica de John Webster La duquesa de Amalfi (acto V, escena III, w. 49-50). (N. de la T.)

вернуться

[12] El sargento Krupke es el policía de West Side Story que previene a los Jets acerca de la delincuencia juvenil. Ellos satirizan posteriormente sus comentarios en la canción Gee, Officer Krupke. (N. de la T.)