– Pero ¿eso no es la pantalla de la lámpara que tenemos en el salón? -pregunté-. Te la traigo si me prometes que la llevarás puesta a la universidad mañana.
– ¡Madre del amor hermoso! -exclamó Justin, asomándose desde el otro brazo del sofá sobre el hombro de Abby-, todos tienen pinta de estar terriblemente deprimidos, ¿no creéis? No te pareces en nada a ellos, Daniel.
– ¡Por suerte! -añadió Rafe. Soplaba su oporto caliente y tenía el brazo que le quedaba libre echado sobre mi espalda; parecía haberme perdonado por lo que fuera que creyera que Lexie o yo habíamos hecho-. Nunca he visto a seres con los ojos más desorbitados. Quizá tuvieran problemas de tiroides y por eso estaban deprimidos.
– En realidad -aclaró Daniel-, tanto los ojos saltones como las expresiones sombrías son característicos de las fotografías de esa época. Me pregunto si tiene cierta relación con los tiempos de exposición prolongados. Las cámaras victorianas…
Rafe fingió sufrir un ataque narcoléptico sobre mi hombro, Justin bostezó sin miramientos, y Abby y yo (yo un segundo después que ella) nos tapamos una oreja con la mano que nos quedaba libre y empezamos a canturrear.
– Está bien, está bien -se rindió Daniel con una sonrisa. Nunca antes había estado tan cerca de él. Olía bien, a cedro y a lana limpia-. Simplemente defiendo a mis antepasados. Además, yo opino que sí me parezco a uno de ellos. ¿Dónde está? Mirad, es éste.
A juzgar por la vestimenta, la fotografía se había tomado hacía unos cien años. El antepasado en cuestión era más joven que Daniel, a lo sumo debía de tener veinte años, y se encontraba de pie delante de Whitethorn House, también más joven y luminosa: la hiedra aún no revestía las paredes, la puerta y las verjas, recién pintadas, brillaban, y los peldaños de piedra tenían un contorno más definido y eran de un tono más pálido. Se parecían, era cierto: tenían el mismo mentón cuadrado y la frente ancha, pero la de su ancestro semejaba aún más ancha, porque su pelo castaño estaba repeinado hacia atrás con fiereza; ambos tenían los mismos labios finos. Sin embargo, aquel tipo estaba apoyado en la verja con una indulgencia vaga, casi peligrosa, que nada tenía que ver con la pose rígida y simétrica de Daniel, y sus ojos abiertos de par en par proyectaban una mirada distinta, inquieta y atormentada.
– Guau -exclamé. El parecido, aquel rostro de hacía un siglo, me provocaba sensaciones extrañas; habría envidiado a Daniel, con una envidia malsana, de no haber existido Lexie-. Te pareces mucho a él.
– Sólo que estás menos traumatizado -opinó Abby-. Este hombre no era feliz.
– Pero mirad la casa -apuntó Justin en voz baja-. ¿No es maravillosa?
– Sí que lo es -convino Daniel, sonriendo mientras la contemplaba-. De verdad que lo es. Conseguiremos que vuelva a lucir ese aspecto.
Abby deslizó una uña por debajo de la fotografía, la soltó de las esquineras y le dio la vuelta. En el dorso había escrita la siguiente inscripción con una pluma aguada: «William, mayo de 1914».
– Se avecinaba la Primera Guerra Mundial -observé-. Quizá muriera en el frente.
– En realidad -explicó Daniel, tomando la fotografía de las manos de Abby y examinándola más de cerca-, creo que no lo hizo. Por todos los cielos. Si éste es el mismo William, y podría no serlo, por supuesto, porque mi familia siempre ha sido especialmente poco imaginativa a la hora de poner nombres pero, si lo es, me han hablado mucho de él. Cuando era niño, mi padre y mis tías lo mencionaban esporádicamente. Era el tío de mi abuelo, creo, aunque podría equivocarme. William era…, bueno, no es que fuese la oveja negra exactamente, era más bien un hombre lleno de secretos.
– Entonces os parecéis fijo -intervino Rafe, y luego exclamó-: ¡Ay!
Abby le había dado un manotazo en el brazo.
– De hecho, sí que luchó en la guerra -continuó Daniel-, pero regresó, con algún tipo de dolencia. Nadie mencionó nunca de qué se trataba con exactitud, lo cual me incita a pensar que probablemente se tratara de algo psicológico, en lugar de físico. Hubo algún escándalo; no recuerdo bien los detalles, siempre corrían un tupido velo sobre ello, pero pasó cierto tiempo en una especie de sanatorio, que en la época supongo que era un eufemismo para aludir a un manicomio.
– Quizá vivió un apasionado romance con Wilfred Owen [13] en las trincheras -sugirió Justin.
Rafe resopló.
– Siempre he tenido la sensación de que se trató más bien de un intento de suicidio -explicó Daniel-. Cuando salió del psiquiátrico, emigró, si mal no recuerdo. Vivió hasta muy anciano; de hecho, falleció cuando yo era niño. Como veréis, no es precisamente el antepasado al que uno elegiría parecerse. Tienes razón, Abby: no fue un hombre feliz.
Daniel colocó de nuevo la fotografía en su sitio y la acarició con ternura, con la yema de uno de sus largos dedos de punta cuadrada, antes de pasar página. El oporto caliente era espeso y dulce, con gajos de limón con clavos de olor espetados, y notaba el brazo de Daniel, cálido y sólido, en contacto con el mío. Pasaba las páginas lentamente: mostachos del tamaño de una mascota, eduardianos vestidos de encaje en el jardín de hierbas en flor («Madre mía -exclamó Abby, con un largo suspiro-, ése es el aspecto que se supone que debe tener»), muchachas a la moda de los años veinte con los hombros cuidadosamente caídos. Algunas de aquellas personas tenían un físico parecido a Daniel y a William: altas y recias, con una línea de la mandíbula que quedaba mejor en hombres que en mujeres, pero la mayoría de ellas eran de estatura baja, posaban muy erguidas y presentaban sobre todo ángulos afilados, barbillas, codos y narices protuberantes.
– Este álbum es sensacional -opiné-. ¿Dónde lo habéis encontrado?
Un silencio repentino de terror.
«Dios mío -pensé-, no, ahora no, justo ahora que empezaba a sentirme como…»
– ¡Pero si lo encontraste tú! -exclamó Justin, apoyándose la copa en la rodilla-. En el trastero de arriba. ¿No…?
No concluyó la frase. Y nadie lo hizo por él.
«Nunca -me había indicado Frank-, pase lo que pase, nunca des marcha atrás. Si metes la pata, culpa al coma, al síndrome de estrés postraumático, a la luna llena, a lo que quieras, pero no te rindas.»
– No -dije-. Si lo hubiera visto antes, me acordaría.
Todos me miraban. Daniel, a sólo unos centímetros de mí, lo hacía con ojos penetrantes, curiosos y enormes tras las lentes de sus gafas. Yo era consciente de haber empalidecido y sabía que a él no se le había pasado por alto. «Creía que ni siquiera habías llegado con vida al hospital. Salió con una teoría truculenta…»
– Lo encontraste tú, Lexie -aclaró Abby en voz baja, inclinándose hacia delante para mirarme-. Tú y Justin andabais hurgando por ahí, después de cenar, y tú encontraste esto. Fue la misma noche que…
Hizo un ademán leve, indescriptible, y lanzó una mirada rápida a Daniel.
– Fue justo horas antes del incidente -explicó Daniel. Me pareció apreciar un leve movimiento en su cuerpo, un estremecimiento contenido apenas perceptible, pero no estaba segura de ello; estaba demasiado ocupada intentando ocultar mi propio rubor de puro alivio-. No me extraña que no lo recuerdes.
– Bueno -dijo Rafe, en un tono demasiado alto y efusivo-, ahí tienes la explicación.
– ¡Pues vaya gaita! -exclamé-. Me siento como una idiota. No me importa haber olvidado los malos momentos, pero no me apetece andar por ahí preguntándome qué más no recuerdo. ¿Qué pasaría si hubiera ganado la lotería y hubiera escondido el boleto en algún sitio?
– Chis -musitó Daniel. Me sonreía con aquella extraordinaria sonrisa suya-. No te preocupes. Nosotros también nos habíamos olvidado de que existía este álbum, hasta esta noche. Ni siquiera lo habíamos abierto. -Me tomó la mano, me abrió los dedos con dulzura (yo ni siquiera me había dado cuenta de que había apretado los puños) y enlazó nuestros brazos-. Me alegra que lo encontraras. Esta casa tiene más historia que un pueblo entero, y sería una pena que se perdiera. Mirad esta foto: son los cerezos, los acaban de plantar.
[13] Wilfred Owen (1893-1918) es el más famoso de los poetas de guerra ingleses. Luchó en la Primera Guerra Mundial pero, tras algunas experiencias traumáticas, se le diagnosticó trastorno de estrés postraumático y fue enviado al hospital de guerra de Craiglockhart, en Edimburgo, donde conoció a otro poeta, Siegfried Sassoon. Varios incidentes de su vida han llevado a concluir que era homosexual no declarado y que Sassoon lo atraía no sólo como poeta, sino también como hombre.