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En la planta de abajo, Abby tarareaba ensimismada; Justin estornudó, una cadena de gañidos pequeños y molestos, y alguien cerró un cajón de golpe. Yo estaba en la cama, medio adormilada, cuando caí en la cuenta: se me había olvidado por completo telefonear a Sam.

Capítulo 8

Dios, aquella primera semana. Sólo de pensar en ella me gustaría darle un mordisco como si fuera la manzana más roja y lustrosa del mundo. En medio de una investigación suprema por homicidio, mientras Sam se abría camino minuciosamente entre cabronazos de toda índole y Frank intentaba exponer nuestra situación al FBI sin que lo tildaran de lunático, lo único que se suponía que yo debía hacer era vivir la vida de Lexie. Me generaba una sensación de júbilo, pereza y osadía que me recorría de los pies a la cabeza, como hacer campana en la escuela en el día más esplendoroso de la primavera sabiendo que tus compañeros tienen que diseccionar ranas.

El martes regresé a la universidad. Pese al abanico de nuevas oportunidades de meter la pata que se abría ante mí, me apetecía. Me encantaba el Trinity, al menos la primera vez que estudié allí. Aún conserva sus seculares y elegantes piedra gris, ladrillo rojo y adoquines; se perciben las oleadas de estudiantes perdidos que fluyen a través de la plaza frontal, junto a uno mismo, la propia impronta impresa en el aire, archivada, guardada. De no haber sido porque alguien decidió echarme de la universidad, podría haberme convertido perfectamente en una estudiante sempiterna como aquellos cuatro. En vez de ello, y probablemente impulsada por esa misma persona, me hice policía. Acariciaba el pensamiento de que aquello cerraba el círculo, que me devolvía a reclamar el puesto que había perdido. Se me antojaba una victoria extraña, pospuesta, rescatada contra todo pronóstico.

– Probablemente deberías saber -me informó Abby en el coche- que la fábrica de los chismorreos está que echa humo. Se rumorea que participabas en la compra de un enorme cargamento de cocaína que se fue al traste; también que te apuñaló un inmigrante ilegal (con quien te casaste por dinero y a quien luego empezaste a hacer chantaje), y que tenías un ex novio maltratador a quien se le fue la mano dándote una paliza. Prepárate para lo que se avecina.

– Además -añadió Daniel, al tiempo que adelantaba a un todoterreno Explorer que bloqueaba dos carriles-, supongo que también se contempla la posibilidad de que los agresores hayamos sido nosotros, por separado o en múltiples combinaciones y por varios motivos. Nadie nos lo ha dicho a la cara, por supuesto, pero la inferencia es inevitable. -Dobló en la entrada del aparcamiento del Trinity y sostuvo en alto su tarjeta de identificación para el guarda de seguridad-. Si la gente te pregunta, ¿qué piensas explicarles?

– Aún no lo he decidido -contesté-. Había pensado decir que soy la heredera perdida de un trono y una facción rival vino en mi busca, pero que aún no sé por qué dinastía decantarme. ¿Tengo aspecto de Romanov?

– Sin duda -respondió Rafe-. Los Romanov son una sarta de tipos raros sin barbilla. A mí me parece una buena idea.

– Sé amable conmigo o le explicaré a todo el mundo que viniste tras de mí con una cuchilla de carnicero en pleno ataque de ira provocado por el consumo de drogas.

– No tiene gracia -observó Justin.

Justin no había cogido su coche (me dio la sensación de que querían hacer piña, sobre todo en aquellos momentos), de manera que viajaba en el asiento trasero, junto a mí y Rafe, rascando motas de roña de la luna de la ventanilla y limpiándose los dedos en su pañuelo.

– Bueno -opinó Abby-, no tenía gracia la semana pasada, eso es cierto. Pero ahora que has vuelto… -Volvió el rostro hacia mí y me sonrió por encima del hombro-. Brenda Cuatrotetas me preguntó, con ese aire de cotilla confidente tan propio de ella, si era «uno de esos juegos que salen mal». La dejé con la palabra en la boca, pero ahora creo que podía haberle alegrado el día.

– Lo que más me asombra de ella -intervino Daniel, mientras abría su puerta- es que esté tan convencida de que nosotros somos de lo más interesante. Si supiera la verdad…

Cuando descendimos del coche, entendí por vez primera qué había querido decir Frank al explicar la reacción que aquellas cuatro personas suscitaban en los extraños. Mientras recorríamos la larga avenida que separa las canchas de deportes, ocurrió algo, un cambio tan sutil y definitivo como el agua solidificándose en hielo: se acercaron aún más y caminaron hombro con hombro al mismo paso, con las espaldas rectas, las cabezas erguidas y una expresión inmutable en su rostro. Para cuando llegamos al edificio de Lengua y Literatura, la fachada se había erigido por completo y era ya una barricada tan impenetrable que casi podía verse, fría y resplandeciente como un diamante. Aquella semana en la universidad, cada vez que alguien intentaba mirarme abiertamente, avanzando por los estantes de la biblioteca hasta el rincón donde se hallaban nuestros cubículos, fisgoneando tras un periódico en la cola a la hora del té, esa barricada se desplegaba a mi alrededor como una formación de escuderos romanos, plantando cara al intruso con cuatro pares de ojos imperturbables, hasta que éste retrocedía. Conocer los rumores iba a resultar un gran problema; incluso Brenda Cuatrotetas se quedó con la palabra en la boca, asomada sobre mi escritorio, y se limitó a preguntarme si le dejaba un bolígrafo.

La tesis de Lexie resultó ser mucho más entretenida de lo que había imaginado. Los fragmentos que Frank me había entregado trataban, básicamente, de las hermanas Brontë, de Currer Bell [14] en el papel de enajenada encerrada en un ático y liberándose de la recatada Charlotte, aunque fuera mediante un seudónimo; no era exactamente una lectura agradable, dadas las circunstancias, pero más o menos lo que uno esperaría. Sin embargo, justo antes de morir, Lexie había estado trabajando en un tema mucho más ameno: Rip Corelli, famosa por Vestida para matar, resultó ser un heterónimo de Bernice Matlock, una biblioteclaria de Ohio que había llevado una vida intachable y en su tiempo libre había escrito novelillas escabrosas que eran auténticas obras maestras. Empezaba a gustarme cómo funcionaba la cabeza de Lexie.

Me había preocupado que su supervisor pretendiera que fuera a visitarlo para llevarle material con sentido académico; Lexie no era ninguna tonta, sus planteamientos eran inteligentes y originales y estaban muy meditados, y yo llevaba años sin practicar. Lo cierto es que la cuestión del supervisor venía preocupándome desde hacía tiempo. Sus alumnos de las tutorías no apreciarían la diferencia: cuando uno tiene dieciocho años, la mayoría de las personas mayores de veinticinco no son más que ruido blanco adulto genérico, pero alguien que hubiera pasado tiempo cara a cara con ella constituía una historia aparte. Mi primera reunión con él me sosegó. Era un tipo huesudo, amable e incoherente que se había quedado tan conmocionado por todo aquel «incidente desafortunado» que prácticamente no se atrevía a mirarme a los ojos, y me recomendó que me tomara todo el tiempo que necesitara para recuperarme y que no me preocupara en absoluto por los plazos de entrega. Se me ocurrió que podía pasarme unas cuantas semanas acurrucada en la biblioteca leyendo acerca de investigadores privados curtidos y damas que eran una fuente de problemas.

Y por las noches estaba la casa. Prácticamente cada día dedicábamos un tiempo para adecentarla, una o dos horas, a veces sólo veinte minutos: lijar las escaleras, vaciar una caja del tesoro del tío Simon, subir por turnos a la escalera de mano para cambiar los viejos y frágiles portalámparas de las bombillas… A las tareas más fastidiosas, léase frotar las manchas de los inodoros, les dedicábamos el mismo tiempo y esmero que a las interesantes; mis cuatro compañeros trataban la casa como si fuera un instrumento musical maravilloso, un Stradivarius o un Bosendorfer que hubieran encontrado en una cueva del tesoro perdida en el amanecer de los tiempos y lo anduvieran restaurando con un amor paciente, encandilado y absoluto. Creo que la vez que vi más relajado a Daniel fue cuando estaba tumbado boca abajo en el suelo de la cocina, con sus pantalones viejos y raídos y una camisa de leñador, pintando los zócalos y riendo de alguna anécdota que le contaba Rafe, mientras Abby se inclinaba sobre él para mojar su pincel y la coleta le azotaba pintura sobre la mejilla como si fuera un látigo.

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[14] Seudónimo utilizado por Charlotte Brontë en fecha de la publicación original de Jane Eyre. (N. de la T.)