Rafe me observaba, con sus ojos dorados entornados apartados de las cartas del solitario.
– Yo no dejaba de repetirle que ni siquiera me gustaban las muñecas -añadí, elevando la voz por encima de los grititos de terror de Justin-, pero nunca lo entendió. Solía…
Daniel alzó la mirada de su libro.
– Nada de pasados -atajó.
Su rotundidad y precisión me indicaron que no era la primera vez que lo decía.
Se produjo un silencio prolongado e incómodo. El fuego crepitaba en la chimenea. Abby volvía a comprobar qué retal quedaría mejor para el vestido de su muñeca. Rafe seguía mirándome; yo agaché la cabeza sobre mi libro (Rip Corelli, Le gustaban casados), pero notaba sus ojos clavados en mí.
Por algún motivo, el pasado, cualquiera de nuestros pasados, era zona prohibida. Eran como los espeluznantes conejos de La colina de Watership [16], que no respondían a ninguna pregunta que comenzara con «dónde».
Y había algo más. Rafe sin duda lo sabía y, pese a ello, había estado forzando esa frontera a propósito. No estaba segura de a quién intentaba provocar exactamente o por qué; quizás a todo el mundo, quizás estuviera puntilloso, pero sabía que había detectado una pequeña fisura en aquella superficie inmaculada.
El amigo de Frank en el FBI reapareció el miércoles. Desde el preciso instante en que Frank descolgó el teléfono supe que algo había ocurrido, algo importante.
– ¿Dónde estás? -me preguntó.
– En un camino, no lo sé muy bien. ¿Por qué?
Una lechuza ululó cerca de mí, a mis espaldas; volví la vista a tiempo para verla desaparecer entre los árboles, a pocos metros de distancia, con las alas extendidas, liviana como la ceniza.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Frank inquieto.
– Sólo es una lechuza. Traquilo, Frank.
– ¿Llevas tu revólver encima?
No. Había estado tan absorta en la historia de Lexie y los Cuatro Magníficos que me había olvidado por completo de lo que se suponía que debía buscar fuera de Whitethorn House, en lugar de dentro, y de que probablemente también anduviera buscándome a mí. Aquel desliz, incluso más que el tono de la voz de Frank, me provocó un retortijón de alerta en el estómago: «Tienes que centrarte».
Frank interpretó acertadamente mi titubeo y saltó inmediatamente con un:
– Vuelve a casa. Ahora mismo.
– Sólo llevo fuera diez minutos. Los demás se preguntarán…
– Que se pregunten lo que les venga en gana. No quiero que salgas a pasear desarmada.
Giré sobre mis talones y retomé el camino de regreso, bajo la mirada de la lechuza, que se balanceaba en una rama, con el perfil recortado contra el cielo. Tomé un atajo hacia la fachada frontal de la casa, puesto que los caminos por ese lado son más anchos y más difíciles para tender una emboscada.
– ¿Qué ha pasado?
– ¿Estás regresando a casa?
– Sí, ¿qué ha pasado?
Frank soltó un resoplido.
– Agárrate bien, cariño. Mi colega en Estados Finidos siguió la pista a los padres de May-Ruth Thibodeaux: viven en algún lugar en las montañas de Suputamadre, en Carolina del Norte; ni siquiera tienen teléfono. Envió allí a uno de sus hombres para explicarles lo ocurrido y ver qué podía averiguar. Y adivina lo que descubrió.
Antes de tener tiempo a decirle que se dejara de jueguecitos y fuera directo al grano, lo supe:
– No es ella.
– ¡Bingo! May-Ruth Thibodeaux falleció de meningitis a los cuatro años. Nuestro hombre les mostró a los padres la fotografía de la identificación; nunca antes habían visto a la víctima.
Fue como si me sacudiera una bocanada de oxígeno puro; me invadieron unas ganas tales de estallar en carcajadas que casi me mareé, como una adolescente enamorada. Me había tomado el pelo a su antojo (camionetas y camiones de helados, ¡chúpate ésa!) y, sin embargo, lo único que se me ocurría era: «Bien jugado, guapa». Entonces pensé que había vivido a la ligera; súbitamente todo me pareció un juego adolescente, como una niñata rica jugando a ser pobre mientras se acumula su fondo fiduciario, porque aquella chica había sido auténtica. Había llevado su vida, toda su existencia, con la ligereza de una flor silvestre decorando su cabello, dispuesta a tirarla por la borda y poner pies en polvorosa a la menor señal de peligro. Lo que yo no había logrado hacer ni una sola vez en toda mi vida, ella lo había hecho reiteradamente con la misma facilidad que cepillarse los dientes. Nadie, ni mis amigos ni mis parientes ni Sam ni ningún otro hombre había conseguido sorprenderme de aquella manera. Quería sentir aquel fuego recorrer mis venas, quería que ese vendaval me rascara la piel como una lija, quería averiguar si esa clase de libertad olía como el ozono, como las tormentas eléctricas o como la pólvora.
– ¡Caramba! -exclamé-. ¿Cuántas veces lo hizo?
– Lo que a mí me interesa es el porqué. Todo esto respalda mi teoría: alguien la perseguía y se resignaba a darse por vencida. Asumió la identidad de May-Ruth en algún lugar, probablemente un cementario o un obituario de un periódico antiguo, y volvió a empezar. Él la localizó de nuevo y ella volvió a escapar, en esta ocasión fuera del país. Nadie actúa así a menos que huya por miedo. Pero él seguía teniéndola en mente.
Llegué a la verja de la entrada, apoyé la espalda contra uno de los pilares y respiré hondo. Bajo la luz de la luna, el camino de acceso tenía un aspecto muy extraño, con las flores del cerezo y las sombras sembrando un blanco y negro tan espesos que el suelo se fusionaba con los árboles de manera imperceptible, como si de un magnífico túnel estampado se tratara.
– Sí -repliqué-. Y al final la pilló.
– Y no quiero que te pille a ti -suspiró Frank-. Detesto admitirlo, pero cabe la posibilidad de que nuestro Sammy tuviera razón, Cass. Si quieres que te saque de ahí, puedes empezar a hacerte la enferma esta misma noche y estarás fuera mañana por la mañana.
Era una noche plácida; ni una sola brizna de brisa agitaba los cerezos. Un hilo de voz descendió por el camino, muy tenue y muy dulce: era la voz de una chica. Cantaba: «El corcel a cuyo lomo cabalga mi amado…». Sentí un cosquilleo en los brazos. Me pregunté entonces, y me lo pregunto ahora, si Frank se estaba marcando un farol, si realmente estaba dispuesto a sacarme de allí o si sabía, antes de ofrecerse a hacerlo, que llegado a aquel punto yo podía dar sólo una respuesta.
– No -repliqué-. Estaré bien. Me quedo.
«Con herraduras de plata…»
– De acuerdo -musitó Frank, sin el menor atisbo de sorpresa en su voz-. Lleva el arma siempre encima y mantente ojo avizor. Si descubrimos algo, lo que sea, te lo haré saber.
– Gracias, Frank. Te llamo mañana. A la misma hora, en el mismo lugar.
Quien cantaba era Abby. La ventana de su dormitorio resplandecía por la luz de la lámpara y se la veía cepillándose el cabello, despacio, con aire ausente. «En tu verde colina moran…» En el comedor, los muchachos quitaban la mesa; Daniel tenía las mangas remangadas hasta los codos y Rafe esgrimía un tenedor para reforzar alguno de sus argumentos; Justin negaba con la cabeza. Me apoyé en el ancho tronco de un cerezo y escuché la voz de Abby, colándose bajo el cristal de la ventana de guillotina y elevándose hacia el inmenso cielo negro.
Sólo Dios sabía cuántas vidas había dejado aquella muchacha detrás hasta llegar a aquel lugar, a casa. «Yo puedo entrar ahí -pensé-. Siempre que quiera puedo subir corriendo esos escalones, abrir esa puerta y entrar.»
Pequeñas fisuras. El jueves por la tarde nos encontrábamos todos de nuevo en el jardín, después de regalarnos un festín a base de cerdo asado, patatas y hortalizas al horno y, de postre, tarta de manzana; no me extrañaba que Lexie pesara más que yo. Bebíamos vino e intentábamos recabar la energía necesaria para hacer algo de utilidad. Se me había soltado la cinta del reloj, de manera que me había sentado en la hierba y estaba intentando volver a engancharla con la lima de uñas de Lexie, la misma que había utilizado para pasar las hojas de su agenda. El remache saltaba todo el rato.
[16] La colina de Watership