– ¿Te explicaron algo acerca de Whitethorn House?
Hubo un breve silencio.
– Sí -contestó Sam-. Esa casa no tiene muy buena reputación, ni en Rathowen ni en Glenskehy. Parece que guarda relación con ese tal Simon March. El viejo era un loco y un cabrón, de eso no cabe duda; dos tipos lo recordaban disparándoles con su arma cuando, de críos, se habían acercado a fisgonear en los terrenos del caserío. Pero el asunto se remonta a mucho tiempo atrás.
– El bebé muerto -aventuré. Y aquellas palabras hicieron que una sensación suave y fría me recorriera de arriba abajo-. ¿Sabían algo sobre eso?
– Un poco. No estoy seguro de que los datos que barajan sean exactos (comprobarás a qué me refiero en un minuto), pero sólo con que sean aproximados, ya te prevengo que no es una historia agradable… agradable para la gente de Whitethorn House, quiero decir.
Sam hizo una pausa.
– Cuéntame -lo insté-. Estas personas no son mi familia, Sam. Y, a menos que se trate de algo que ha ocurrido en los últimos seis meses, que presumo que no será así o ya tendríamos noticia de ello, no tiene nada que ver con nadie a quien yo haya conocido. No me voy a sentir herida por algo que el bisabuelo de Daniel hizo hace cien años. Te lo prometo.
– Me alegro -replicó Sam-. La versión de Rathowen (hay algunas variantes, pero lo esencial es esto) es que hace un tiempo un joven descendiente de Whitethorn House mantuvo un romance con una muchacha de Glenskehy, a quien dejó encinta. Era algo que sucedía con frecuencia en aquellos tiempos, claro está. El problema es que la muchacha en cuestión se negaba a desaparecer en un convento o a casarse con algún pobre diablo a toda prisa antes de que alguien se percatase de su estado.
– Una de las mías -puntualicé.
Aquella historia no podía acabar bien.
– Lástima que el bueno de March no pensara de la misma forma. Montó en cólera; estaba previsto que se casara con una joven angloirlandesa bella y rica, y aquel asunto podría haber tirado por tierra todos sus planes. Le dijo a la chica que no quería saber nada con ella ni con el bebé. Ella ya era bastante impopular en el pueblo, no sólo por haberse quedado embarazada sin estar casada, cosa que en aquel entonces ya transgredía todas las normas, sino porque el padre fuera un March… Poco después la hallaron muerta. Se ahorcó.
La historia de nuestro país está salpicada de relatos como éste. La mayoría de ellos se encuentran enterrados en las profundidades, acallados como las hojas del año pasado, transmutados desde hace largo tiempo en viejos romances y cuentos para las noches invernales. Pensé que aquél se había mantenido latente durante más de un siglo, germinando lentamente como una semilla oscura, hasta florecer al fin con vidrios rotos, cuchillos y bayas envenenadas de sangre entre los setos de espino. Me pinché en la espalda con el tronco del árbol. Apagué el cigarrillo contra la suela de mi zapato y guardé la colilla en el paquete.
– ¿Tenemos alguna confirmación de que sea una historia verídica? -quise saber-. Aparte de parecer un cuento que explican a los niños de Rathowen para que no se acerquen a Whitethorn House.
Sam resopló sonoramente.
– Nada. Coloqué a un par de refuerzos a revisar los expedientes, pero no han descubierto nada de nada. Y está descartado que algún lugareño de Glenskehy me cuente su versión. Parece como si prefirieran olvidar lo ocurrido.
– Pues salta a la vista que alguien no lo ha olvidado -objeté.
– En los próximos días debería tener una idea más clara sobre quién es nuestro hombre; estoy recabando toda la información posible acerca de los habitantes de Glenskehy para cotejarla con el perfil que trazaste. Aunque me gustaría tener más datos sobre el problema que tiene nuestro hombre antes de hablar con él. Pero no tengo ni idea de por dónde empezar. Uno de los tipos de Rathowen afirma que todo esto ocurrió en tiempos de su bisabuela, lo cual, lógicamente, no resulta de gran ayuda: la mujer vivió hasta los ochenta años. Otro jura que sucedió en el siglo xix, durante la Gran Hambruna, pero… no sé qué pensar al respecto. Tengo la sensación de que le interesa que el episodio se remonte tanto cuanto sea posible; sería capaz de afirmar que sucedió en la época de Brian Boru [17] si con ello pensara que iba a creerlo. Así que tengo una horquilla temporal que abarca desde 1847 hasta aproximadamente 1950, y no tengo a nadie para que me la delimite un poco más.
– Bueno, tal vez yo pueda ayudarte -apunté, aunque me sentía sucia, como una traidora-. Dame un par de días y veré si consigo información más precisa.
Una pequeña pausa, como un interrogante, hasta que Sam cayó en la cuenta de que no tenía intención de entrar en más detalle.
– Fantástico. Cualquier cosa que descubras nos irá de perlas. -Y, luego, en un tono distinto, casi tímido, añadió-: Escucha, había pensado pedirte algo antes de que todo esto ocurriera. Pensaba… Nunca he ido de vacaciones, salvo la vez que visité Youghal siendo un niño. ¿Tú?
– Pasaba los veranos en Francia.
– Pero se trataba de visitas familiares, ¿no? Me refiero a unas vacaciones de verdad, como las de la tele, con playa, buceo y cócteles a gogó en un bar con una cantante de salón cutre entonando el «I Will Survive».
Era consciente de adónde quería llegar.
– Pero ¿qué diantre has estado viendo en la tele?
Sam soltó una carcajada.
– Descubre Ibiza. ¿Ves lo que le ocurre a mi sentido del gusto cuando no te tengo cerca?
– Tú lo que quieres es ver tías en topless -atajé-. Emma, Susanna y yo siempre hemos querido ir al extranjero de vacaciones, desde que estábamos en la escuela, pero aún no lo hemos logrado. Quizás este verano.
– Pero ellas ahora tienen hijos, ¿no? Aún os resultará más difícil disfrutar de una escapada femenina. Había pensado… -Otra vez esa nota tímida-. Tengo un par de folletos de agencias de viaje. De Italia, en concreto; sé que te gusta la arqueología. ¿Me dejarás que te invite a unas vacaciones cuando todo esto termine?
Yo no tenía ni idea de qué pensar sobre aquello y, además, no podía invertir energía en hacerlo.
– Suena genial -contesté-. Eres maravilloso por proponérmelo. ¿Podemos decidirlo cuando vuelva a casa? La verdad es que no sé cuánto tiempo nos va a llevar esta misión.
Se produjo un brevísimo silencio que yo lidié con un mohín. Detesto hacerle daño a Sam; es como pegarle una patada a un perro demasiado bueno para morderte.
– Ya hace más de dos semanas. Creía que Mackey había dicho que duraría un mes como máximo.
Frank dice lo que más le conviene en cada momento. Las investigaciones encubiertas pueden prolongarse durante meses, incluso años y, aunque yo no pensaba que fuera a ser éste el caso, puesto que las operaciones largas se impulsan para desentrañar una actividad delictiva constante, y no para delitos esporádicos, casi podía asegurar que un mes era el plazo que Frank había calculado aleatoriamente para desembarazarse de Sam. Por un instante, casi deseé que así fuera. La mera idea de abandonar todo aquello, regresar de nuevo a Violencia Doméstica, a las muchedumbres de Dublín y a los trajes sastre me deprimía hasta lo indecible.
– En teoría, sí -contesté-, pero es imposible fijar una fecha exacta a una operación como ésta. Podría ser menos de un mes, podría regresar a casa en cualquier momento, si alguno de nosotros descubre algo consistente. Pero si detecto una pista lo suficientemente fiable como para seguirla, podría requerir una o dos semanas adicionales.
Sam emitió un sonido furioso, de frustración.
– Si alguna vez vuelvo a tener la brillante idea de emprender una investigación conjunta, enciérrame en un armario hasta que recupere la cordura. Necesito una fecha límite. Tengo en suspenso un montón de cosas, como tomar muestras de ADN de tus compañeros de casa para contrastarlas con las del bebé… Hasta que tú no salgas de ahí no puedo decirle a nadie que tenemos un homicidio entre manos. Unas cuantas semanas es una cosa…