Aquellos dedos volvieron a buscar mis ojos. Yo busqué a tientas, encontré una mandíbula con barba de unos días, liberé un brazo y le propiné un puñetazo con toda la fuerza de la que fui capaz. Algo golpeó mis costillas, con dureza, pero no me dolió; nada me dolía, aquel tipo podría haberme abierto en canal y no lo habría notado; lo único que quería era pegarle, una y otra vez. La vocecilla fría de mi conciencia me advirtió: «Podríais matarlo, tal como estáis, entre los tres podríais matarlo», pero no me importó. Mi pecho era un gran estallido de blanco cegador y vi el arco temerario y letal de la garganta de Lexie, vi el dulce destello del salón profanado por el vidrio hecho añicos, vi el rostro de Rob frío y cerrado y podría haber seguido peleando hasta el fin de los días: quería que la sangre de aquel tipo llenase mi boca, quería notar su cara reventar y hacerse papilla, astiarse bajo mis puños, y seguir golpeándolo.
Se retorcía como un gato y mis nudillos impactaban contra la tierra yla grava. Me esquivaba. Busqué a tientas en la oscuridad, agarré la camisa de alguien y la oí desgarrarse mientras se zafaba de mí. Era un barullo desesperado, malvado, guijarros volando por los aires; un ruido sordo y enfermo como de una bota golpeando carne, un gruñido animal furioso, y luego pasos corriendo, rápidos e irregulares, desvaneciéndose.
– ¿Dónde…?
Alguien me agarró del pelo; le aparté el brazo de un manotazo y tanteé en busca de su cara, aquella mandíbula áspera, encontré una tela, una piel cálida y luego nada.
– Aparta…
Un gruñido de esfuerzo y un peso apartándose de mi espalda, seguido de un silencio repentino y nítido como una explosión.
– ¿Adónde ha ido…?
La luna salió de entre las nubes y nos miramos fijamente unos a otros, con los ojos como platos, sucios, jadeantes. Tardé un instante en reconocerlos. Rafe poniéndose en pie con dificultad, resollando y con una mancha oscura de sangre bajo la nariz; Daniel con el pelo tapándole la cara y rayajos de barro o sangre como pintura de guerra en las mejillas: sus ojos eran agujeros negros en la delicada luz blanca y me parecieron extraños letales, guerreros fantasmales de la última resistencia de una tribu perdida y salvaje.
– ¿Dónde está? -susurró Rafe, con un aliento hosco y peligroso.
Ni un movimiento; sólo una tímida brisa ondeando el espino. Daniel y Rafe estaban acuclillados como luchadores, con los puños semicerrados, listos para atacar, y entonces caí en la cuenta de que yo también lo estaba. En aquel momento podríamos haber saltado el uno sobre el otro.
La luna volvió a esconderse. Algo pareció filtrarse en el aire, un repiqueteo demasiado agudo para escucharlo. De repente, mis músculos parecieron convertirse en agua, drenarse en la tierra; de no haberme agarrado a un seto, me habría caído. Uno de los muchachos exhaló una larga respiración entrecortada, como un sollozo.
Unas pisadas retumbaban en el camino, delante de nosotros, todos saltamos y nos detuvimos derrapando unos pasos más adelante.
– ¿Daniel? -susurró Justin, sin aliento y nervioso-. ¿Lexie?
– Estamos aquí -contesté.
Me temblaba todo el cuerpo con violencia, como si estuviera sufriendo un ataque de epilepsia; tenía el corazón tan arriba que por una milésima de segundo pensé que iba a vomitar. En algún lugar a mi lado, Rafe sintió arcadas, se dobló por la cintura, tosiendo, y luego espetó:
– Tengo tierra por todos sitios…
– Madre mía. ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado? ¿Lo habéis cogido?
– Lo atrapamos -contestó Daniel, con un jadeo profundo y tosco-, pero no se veía nada y, en medio de la confusión, ha conseguido huir. No tiene sentido perseguirlo: a estas alturas ya estará a medio camino de Glenskehy.
– Madre mía. ¿Os ha hecho daño? ¡Lexie! ¿Y tus puntos…?
Justin estaba al borde de un ataque de pánico.
– Estoy perfectamente -respondí, alto y fuerte para asegurarme de que me oyeran bien a través del micrófono. Las costillas me dolían horrores, pero no podía arriesgarme a que alguien quisiera echarles un vistazo-. Lo que me está matando son las manos. He conseguido asestarle unos cuantos puñetazos.
– De hecho, creo que uno me lo has endiñado a mí, idiota -se quejó Rafe en un tono entre la exaltación y el aturdimiento-. Espero que se te hinchen los puños y te salgan unos buenos morados.
– Calla esa boca o te arreo otra vez -repliqué. Me palpé las costillas: la mano me temblaba tanto que no estaba segura, pero no me pareció que hubiera nada roto-. Justin, deberías haber oído a Daniel. Ha estado genial.
– Y tanto -se sumó Rafe, empezando a reír-. ¿Unos «latigazos con el fuete»? ¿Cómo se te ha ocurrido eso?
– ¿Fuete? -preguntó Justin acelerado-. ¿Qué fuete? ¿Quién tenía un fuete?
Rafe y yo habíamos estallado en carcajadas y casi no podíamos responderle.
– Oh, Dios -conseguí decir al fin-. «En tiempos de mi bisabuelo…»
– «Campesinos con exceso de celo…»
– ¿Qué campesinos? ¿De qué demonios habláis?
– Me ha parecido que encajaba a la perfección -contestó Daniel-. ¿Dónde está Abby?
– Se ha quedado junto a la verja, por si ese tipo regresaba. ¡Dios mío! No creéis que lo haya hecho, ¿verdad?
– Lo dudo mucho -respondió Daniel. Su voz indicaba que estaba también a punto de estallar en carcajadas. Adrenalina, nos corría por las venas-. Diría que ya ha tenido suficiente por una noche. ¿Todo el mundo se encuentra bien?
– Yo no, gracias a la fierecilla indomable -contestó Rafe, y alargó la mano para estirarme del pelo pero, en su lugar, me dio un tirón de orejas.
– Me encuentro bien -gruñí, apartando la mano de Rafe de un manotazo.
Justin, en el fondo, seguía farfullando:
– Madre mía, madre mía…
– Bien -añadió Daniel-. Entonces regresemos a casa.
No había rastro de Abby en la verja trasera; nada salvo los arbustos de espino temblando y el crujido perezoso y embrujado de las bisagras bajo la fría brisa. Justin empezó a hiperventilar cuando Daniel gritó en la oscuridad:
– ¡Abby, somos nosotros!
Y Abby apareció de entre las sombras: un óvalo blanco, el frufrú de una falda y una barra de bronce. Sostenía el atizador con ambas manos.
– ¿Lo habéis atrapado? -susurró, con voz baja y furiosa-. ¿Lo habéis atrapado?
– Por todos los santos, estoy rodeado de guerreras -exclamó Rafe-. Recordadme que no me meta con vosotras.
Su voz sonaba amortiguada, como si se estuviera tapando la nariz.
– Juana de Arco y Boudica [20] -apuntó Daniel, con una sonrisa; noté su mano apoyarse en mi hombro un segundo y vi la otra extenderse para acariciar el cabello de Abby-. Luchando por defender su hogar. Lo atrapamos, aunque sólo temporalmente, pero creo que ya sabe con quién se las gasta.
– Me habría gustado traerlo hasta aquí, rellenarlo y asarlo a fuego lento en la chimenea -dije, mientras intentaba sacudirme la tierra de los pantalones con las muñecas-, pero se nos ha escapado.
– Maldito cabrón -dijo Abby. Exhaló una larga y tosca respiración y bajó el atizador-. Yo casi tenía ganas de que regresara.