– ¿Yo? -pregunté perpleja-. No tengo nada en contra del Brogan. La verdad es que no le dedico ni un solo segundo de mi pensamiento; sólo lo he dicho porque está justo enfrente de donde él trabaja.
Daniel se encogió de hombros.
– Debo de haberlo confundido con otro lugar -contestó. Me sonreía, con esa extraordinaria sonrisa dulce suya, y volví a percibirlo: esa repentina relajación del ambiente, un suspiro de alivio-. Tú y tus rarezas; voy a acabar confeccionándome una lista. Le puse una mueca.
– Pero ¿qué haces tú ligando con polis? -preguntó Rafe-. Es lo peor que puedes hacer, en muchos aspectos.
– ¿Qué pasa? Es guapo.
Me temblaban las manos; no me atrevía a coger las cartas. Tardé un segundo en procesarlo: Daniel había intentado tenderme una trampa. Había estado a una milésima de segundo de picar su anzuelo.
– Eres incorregible -se burló Justin, mientras me rellenaba la copa de vino-. Además, el otro es mucho más atractivo, un capullo atractivo, ya sabes. Ese tal Mackey.
– Vaya, vaya… -dije. Aquellas malditas cebollas; estaba segura, a juzgar por aquella sonrisa, de que esta vez había acertado, pero no sabía si había bastado para tranquilizar a Daniel; con él nunca se sabía…-. ¿Qué dices; Justin? Me apuesto lo que sea a que tiene la espalda peluda. Abby, secúndame en esto, por favor.
– Sobre gustos no hay nada escrito -respondió Abby con parsimonia-. Además, los dos sois incorregibles.
– Mackey es un imbécil -sentenció Rafe- y O'Neill es un palurdo. Vamos a diamantes y le toca a Abby.
Logré coger mi baza e intenté hacerlo lo mejor que pude. Observé atentamente a Daniel toda la noche, procurando que no se diera cuenta, pero se mostró como siempre: amable, educado, distante; no me prestó más atención que a los demás. Cuando apoyé mi mano en su hombro, al dirigirme a la cocina en busca de otra botella de vino, la cubrió con la suya y me dio un apretón.
Capítulo 15
Eran casi las once cuando llegué al castillo de Dublín. Quería cumplir la rutina diaria: desayuno, el trayecto en coche hasta el pueblo, todo el mundo yendo a estudiar a la biblioteca; imaginé que eso apaciguaría a los demás y les quitaría las ganas de acompañarme. Y funcionó. De hecho, Daniel sí preguntó, cuando vio que me ponía en pie y empezaba a ponerme la chaqueta:
– ¿Quieres que te acompañe para darte apoyo moral?
Pero yo negué con la cabeza y él se limitó a asentir y enfrascarse de nuevo en su lectura.
– No te olvides de señalar con el dedo temblequeante -me recomendó Rafe-. Dale ese gusto a O'Neill.
Una vez ante las puertas del edificio de la brigada de Homicidios, me amilané. Me sentía incapaz de franquear la entrada: registrarme en la recepción como visitante; mantener una charla trivial, alegre e insoportable con Bernadette, la administrativa; la espera bajo la mirada fascinada de alguien que pasaba por los pasillos como si nunca antes me hubiera visto. Telefoneé a Frank y le pedí que bajara a recogerme.
– Has llegado en un buen momento -comentó cuando asomó la cabeza por la puerta-. Justo estamos tomándonos una pausa para reevaluar la situación, por decirlo de algún modo.
– ¿Qué hay que reevaluar? -pregunté.
Sostuvo la puerta abierta para franquearme el paso, apartándose a un lado.
– Ya lo verás. Ha sido una mañana de lo más entretenida. La verdad es que le habéis dejado la cara hecha un cromo a nuestro hombre.
Tenía razón. John Naylor estaba sentado a la mesa de una sala de interrogatorios con los brazos cruzados, vestido con los mismos tejanos viejos y jersey de color indefinido, pero había perdido todo rastro de hermosura. Tenía los dos ojos a la funerala; un pómulo inflamado y morado; el labio inferior reventado, con una marca de sangre oscura, y el puente de su nariz lucía un aspecto blando terrible. Intenté recordar cómo sus dedos habían buscado mis ojos y su rodilla mi estómago, pero era incapaz de encajarlos con aquel tipo apaleado que se mecía sobre las patas traseras de la silla mientras canturreaba «The Rising of the Moon» [21] para sí mismo. Al verlo, al ver lo que le habíamos hecho, se me cerró la garganta.
Sam estaba en la sala de observación, apoyado en el vidrio espejado, con las manos embutidas en los bolsillos de su chaqueta y la vista fija en Naylor.
– Cassie -me saludó, con un pestañeo. Parecía agotado-. Hola.
– Madre mía -dije, señalando con la cabeza en dirección a Naylor.
– Dímelo a mí. Dice que se cayó de la bici y fue a dar de bruces contra un muro. Y no baja del burro.
– Le estaba explicando a Cassie -intervino Frank- que nos encontramos en una situación espinosa.
– Sí -convino Sam. Se frotó los ojos, como si acabara de despertarse-. Espinosa para calificarla de un modo suave. Hemos traído a Naylor en torno a ¿qué hora era?, ¿las ocho de la mañana? Y desde entonces lo estamos interrogando, pero no conseguimos sonsacarle nada; se limita a mirar la pared y tararear en voz baja. Canciones rebeldes, en su mayoría.
– Ha hecho una excepción en mi honor -añadió Frank-. Ha interrumpido el concierto el tiempo necesario para llamarme asqueroso capullo dublinés que debería avergonzarse de sí mismo por lamerle el culo a este británico occidental. Creo que le caigo bien. Pero el problema es el siguiente: conseguimos una orden de registro de su casa y la policía científica acaba de traernos lo que ha encontrado. Evidentemente, esperábamos hallar un cuchillo con rastros de sangre, ropa manchada de sangre o lo que sea, pero no han encontrado nada de nada. En su lugar… sorpresa, sorpresa. -Cogió un puñado de bolsitas de muestras de la mesa que había en un rincón y las agitó en el aire-. Échale un vistazo a esto.
Había un juego de dados de marfil, un espejo de mano con estructura de carey, una acuarela de un sendero rural pequeña y malísima, y un azucarero de plata. Incluso antes de darle la vuelta al azucarero y ver el monograma (una delicada M con floritura) supe de dónde procedían. Sólo conocía un lugar donde hubiera tal variedad de cachivaches: el alijo del tío Simon.
– Estaban bajo la cama de Naylor -informó Frank-, muy bien guardados en una caja de zapatos. Te garantizo que si buscas bien en la casa encontrarás un tarro para la crema a conjunto. Lo cual nos conduce a la siguiente pregunta: ¿cómo acabó todo este lote en el dormitorio de Naylor?
– Entró en la casa a robar -indicó Sam. Volvía a tener la vista clavada en Naylor, que estaba repantingado en su silla mirando el techo-. En cuatro ocasiones.
– Pero no se llevó nada.
– Eso no lo sabemos. Es lo que aseguraba Simon March, que vivía como un gorrino y se pasaba la mayor parte del tiempo borracho como una cuba. Naylor podría haber llenado una maleta con lo que le hubiera venido en gana y March ni se habría enterado.
– O… podría habérselo comprado a Lexie -aventuró Frank.
– Claro -dijo Sam- o a Daniel o a Abby o a Cómosellamen, o incluso al viejo Simon, ya puestos. Salvo porque no tenemos ninguna prueba que indique que así fue.
– Ninguno de los demás acabó apuñalado y registrado a ochocientos metros de la casa de Naylor.
Saltaba a la vista que estaban enzarzados en la misma discusión desde hacía rato; sus voces tenían un ritmo pesado, muy entrenado. Dejé las bolsas con las pruebas de nuevo en la mesa, me apoyé en la pared y me mantuve al margen.
– Naylor trabaja por poco más del salario mínimo y mantiene a sus padres, ambos enfermos -explicó Sam-. ¿De dónde diablos iba a sacar el dinero para comprar antigüedades caras? Y, además, ¿qué interés podría tener en ello?
– Tal vez lo haga -insinuó Frank- porque odia a la familia March con todas sus fuerzas y aprovecharía cualquier oportunidad para fastidiarles o porque, como bien has apuntado, está sin blanca. Es posible que él no tenga dinero, pero hay un montón de gente ahí fuera que sí lo tiene.