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Tardé todo ese rato en darme cuenta de por qué discutían, de por qué el aire en aquella estancia podía cortarse con un cuchillo, de a qué venía tanta tensión. La brigada de Arte y Antigüedades puede parecer una estupidez, un puñado de eruditos con ínfulas de superioridad y chapas, pero su trabajo no es ninguna broma. El mercado negro se extiende por todo el mundo y está enmarañado con el crimen organizado en todas sus variantes. Hay gente que resulta herida en una red de tráfico donde la moneda de cambio engloba desde Picassos hasta Kalashnikovs o heroína; muchas personas mueren.

Sam emitió un ruido furioso de frustración, sacudió la cabeza y volvió a apoyarla contra el vidrio.

– Lo único que quiero -indicó- es descubrir si ese tipo es un asesino y, si es así, arrestarlo. Me importa un bledo a qué dedica el tiempo libre. Podría haber comerciado con la Mona Lisa y a mí me resbalaría. Si realmente crees que trafica con antigüedades, podemos entregárselo a la brigada de Arte una vez hayamos acabado con él pero, por el momento, es sospechoso de un homicidio. Y punto.

Frank enarcó una ceja.

– Das por sentado que no existe conexión. Observa el patrón. Hasta que esos cinco se mudaron a la casa, Naylor había estado arrojando ladrillos y realizando pintadas reivindicativas. Pero una vez se instalaron allí, lo intentó una o dos veces más y luego, así, sin más -chasqueó los dedos-, todo tranquilo en el Frente Occidental. ¿Por qué? ¿Crees acaso que aquellos cinco le caían simpáticos? ¿Que los vio renovar la casa y no quería estropear la nueva decoración?

– Lo persiguieron -argumentó Sam. Por el gesto de su boca interpreté que estaba a punto de perder los estribos-. No le gustó que se le encararan.

Frank soltó una carcajada.

– ¿Crees que una rencilla de ese tipo se desvanece así como así, de la noche a la mañana? Ni hablar del peluquín. Naylor encontró otro modo de causar estragos en Whitethorn House; de no ser así, no habría abandonado los actos vandálicos ni en un millón de años. Y mira qué ocurrió en cuanto Lexie dejó de servirle para robar antigüedades a hurtadillas. Dejó transcurrir unas cuantas semanas, por si ella se ponía en contacto de nuevo con él y, al no hacerlo, volvió a romper un cristal de una pedrada. El otro día no parecía que le importara mucho que se le encararan, ¿no te parece?

– ¿Quieres hablar de patrones de conducta? Bien, pues te voy a exponer yo uno. Cuando los cinco muchachos lo persiguieron, el diciembre pasado, su rencilla no hizo más que agravarse. No podía arremeter contra todos ellos a la vez, así que se dedicó a espiarlos y descubrió que una de las chicas tenía la costumbre de salir a pasear durante su ventana de acción, se dedicó a acecharla durante un tiempo y acabó matándola. Sin embargo, al descubrir que ni siquiera eso había hecho a derechas, la rabia volvió a apoderarse de él, hasta que perdió el control y lanzó una piedra por la ventana con la amenaza de incendiar la casa. ¿Qué crees que opina de lo que ocurrió la otra noche? Si la chica sigue merodeando por esos caminos sola, ¿qué crees que va a hacer él?

Frank hizo caso omiso de la pregunta.

– Lo que importa -me dijo a mí- es qué hacemos ahora con el Pequeño Johnny. Podemos arrestarlo por robo con allanamiento de morada, por vandalismo, por hurto o por lo que se nos antoje y cruzar los dedos para que acabe cediendo y nos revele datos sobre el apuñalamiento. O podemos volver a colocar todos estos artilugios debajo de su cama, agradecerle su amable colaboración con nuestras pesquisas, enviarlo a casa y comprobar adonde nos conduce.

En cierto sentido, tal vez aquella discusión era inevitable desde el principio, desde el mismísimo instante en que Frank y Sam se personaron en la escena del crimen. Los detectives de Homicidios son decididos y concentran sus esfuerzos en ir cercando la investigación de manera lenta e inexorable hasta suprimir los elementos superfluos y quedarse sólo con el asesino en el punto de mira. Los agentes encubiertos se alimentan en cambio de todo lo superfluo, de multiplicar sus apuestas y mantener todas las opciones abiertas: nunca se sabe dónde puede conducirte una tangente, qué fauna inesperada puede asomar la cabeza entre los matorrales si uno observa cada ángulo durante el tiempo suficiente; prenden todas las mechas que encuentran y aguardan a ver cuál hace explosión.

– ¿Y después qué, Mackey? -preguntó Sam-. Supongamos por un segundo que tienes razón, que Lexie le pasaba a ese tipo antigüedades para que las vendiera y que Cassie retoma su pequeño negocio. ¿Qué pasará entonces?

– Entonces -contestó Frank- yo mantendré una agradable conversación con la brigada de Arte y Antigüedades, me dirigiré a Francis Street y le compraré a Cassie un puñado de preciosas baratijas brillantes y replantearemos nuestra estrategia.

Sonreía, pero tenía los ojos posados en Sam, lo escudriñaba, lo observaba atentamente.

– ¿Durante cuánto tiempo?

– El que haga falta.

La brigada de Arte y Antigüedades utiliza agentes de incógnito todo el tiempo, los cuales ejercen de compradores, de marchantes y de vendedores con soplones, y poco a poco se abren camino hacia los mandamases. Sus operaciones se prolongan durante meses, años incluso.

– Yo estoy investigando un maldito homicidio -espetó Sam-. ¿Recuerdas? Y no puedo arrestar a nadie por dicho homicidio mientras la víctima siga con vida y trapicheando con azucareros de plata.

– ¿Y? Arréstalo cuando se acabe la trama de las antigüedades, invéntate algo. En el mejor de los escenarios, estableceremos un móvil y un vínculo entre él y la víctima, y lo utilizaremos como palanca para obtener una confesión. En el peor de los supuestos, perderemos un poco más de tiempo. Que yo sepa, la Ley de Prescripción no corre en nuestra contra.

No había ni la más remota posibilidad de que Lexie se hubiera pasado los últimos tres meses vendiéndole a John Naylor el contenido de Whitethorn House por simple placer. Una vez que el resultado de su embarazo dio positivo, habría vendido lo que fuera necesario para levantar el vuelo, pero hasta entonces no.

Podría haberlo dicho; debería haberlo dicho. Pero Frank tenía razón en un aspecto: Naylor haría cualquier cosa por perjudicar Whitethorn House. Su impotencia lo estaba volviendo loco, como un gato enjaulado, y había decidido arremeter contra esa casa cargada con siglos de poder con rocas y latas de spray como únicas armas. Si alguien se le había acercado con unas cuantas baratijas hurtadas de la casa, algunas ideas brillantes acerca de posibles puntos de venta y una promesa de nuevos suministros, existía la posibilidad, una posibilidad nada desdeñable, de que no hubiera sido capaz de resistirse.

– Te propongo un trato -planteó Frank-. Vuelve a intentarlo con Naylor, pero en esta ocasión entra tú solo; es evidente que conmigo no congenia. Tómate todo el tiempo que necesites. Si suelta algo sobre el asesinato, lo que sea, aunque sea una simple pista, lo arrestamos, nos olvidamos por completo del asunto de las antigüedades, sacamos a Cassie de la casa y finiquitamos la investigación. Y si no suelta prenda…

– ¿Entonces qué? -quiso saber Sam.

Frank se encogió de hombros.

– Si tu plan no funciona, regresas aquí y mantenemos una pequeña charla acerca del mío.

Sam lo miró largamente.

– Nada de trucos.

– ¿Trucos?

– De entrar sin avisar. De llamar a la puerta cuando estoy a punto de obtener una confesión. Ese tipo de cosas.

Vi cómo a Frank se le tensaba un músculo de la mandíbula, pero se limitó a decir con insulsez:

– Nada de trucos.

– Está bien -replicó Sam, tras tomar aire-. Pondré toda la carne en el asador. ¿Te importa esperar por aquí un rato? La pregunta iba dirigida a mí.

– Claro que no -respondí.

– Es posible que necesite recurrir a ti, hacerte entrar, quizá. Se me ocurrirá algo en función de cómo evolucione la situación. -Posó los ojos en Naylor, que ahora canturreaba Follow Me Up to Carlow [22] a un volumen suficiente como para resultar molesto-. Deséame suerte.

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[22] Canción tradicional irlandesa que celebra la derrota de un ejército de tres mil soldados ingleses por parte de Fiach McHugh O'Byrne en la batalla Glenmalure, durante la Segunda Rebelión en 1580. (N. de la T.)