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Cuando Ruth volvió a aparecer, iba vestida con una minifalda de cuero negra, blusa blanca y medias negras, y se había puesto demasiado maquillaje, incluso para Brighton.

Max miró sus piernas. No estaban nada mal para una mujer de treinta y ocho años, pensó, aunque la falda era demasiado ceñida y, desde luego, demasiado corta.

– Estás guapísima -dijo-. ¿Vamos?

Ruth se reunió con él en el muelle, y los dos caminaron hacia la ciudad, hablando de trivialidades, hasta que se desviaron por una calle lateral y se detuvieron ante un restaurante llamado Venitici. Cuando Max abrió la puerta para dejarla entrar, Ruth no pudo ocultar su decepción al descubrir que la sala estaba abarrotada.

– Nunca conseguiremos una mesa -dijo.

– Oh, yo no estaría tan seguro -dijo Max, mientras el jefe de comedor se dirigía hacia ellos.

– ¿La mesa de siempre, señor Bennett?

– Gracias, Valerio -dijo Max, y les condujeron a un rincón tranquilo de la sala.

Una vez sentados, Max preguntó:

– ¿Qué te apetece beber, Ruth? ¿Una copa de champán?

– Estupendo -dijo la mujer, como si lo hiciera cada día.

De hecho, muy pocas veces tomaba champán antes de comer, pues jamás habría pasado por la mente de Angus tal extravagancia, salvo quizá el día de su cumpleaños.

Max abrió la carta.

– La comida de este lugar siempre es excelente, sobre todo los ñoquis, que prepara la mujer de Valerio. Se disuelven en la boca.

– Me parece fantástico -dijo Ruth, sin molestarse en abrir su carta.

– ¿Y una ensalada mixta para compartir, tal vez?

– Inmejorable.

Max cerró la carta y miró a Ruth.

– Los chicos no pueden ser tuyos -dijo-, si están en un internado.

– ¿Por qué no? -preguntó Ruth con timidez.

– Porque… Debido a la edad de Angus. Di por sentado que debían ser de su primer matrimonio.

– No -dijo Ruth con una carcajada-. Angus no se casó hasta pasados los cuarenta años, y me sentí muy halagada cuando me pidió que fuera su esposa.

Max no hizo ningún comentario.

– ¿Y tú? -preguntó Ruth, mientras un camarero le ofrecía una selección de cuatro tipos diferentes de pan.

– Me he casado cuatro veces -dijo Max.

Ruth pareció sorprenderse, hasta que él estalló en carcajadas.

– Nunca, la verdad sea dicha -explicó Max-. Supongo que no he encontrado la mujer de mi vida.

– Pero aún eres lo bastante joven para conquistar cualquier mujer que te guste -dijo Ruth.

– Soy mayor que tú -repuso Max.

– En los hombres es diferente -dijo Ruth en tono nostálgico.

El jefe de comedor se materializó de nuevo a su lado, libreta en ristre.

– Dos de ñoquis y una botella de tu Barolo -dijo Max, al tiempo que le devolvía la carta-. Y una ensalada para dos: espárragos, aguacate, cogollos…, ya sabes lo que me gusta.

– Por supuesto, señor Bennett -contestó Valerio.

Max devolvió la atención a su invitada.

– ¿Alguien de tu edad no encuentra Jersey un poco aburrida? -preguntó, mientras se inclinaba sobre la mesa y apartaba un mechón rubio de la frente de Ruth.

Ruth sonrió con timidez.

– Tiene sus ventajas -dijo, muy poco convencida.

– ¿Por ejemplo? -insistió Max.

– El veinte por ciento de impuestos.

Me parece un buen motivo para que Angus viva en Jersey, pero tú no. En cualquier caso, yo preferiría vivir en Inglaterra y pagar el cuarenta por ciento.

– Ahora que se ha jubilado y vive de unos ingresos fijos, nos va bien. Si se hubiera quedado en Edimburgo, no habríamos podido mantener el mismo tren de vida.

– Pues Brighton no está nada mal -dijo Max con una sonrisa.

El jefe de comedor regresó con dos platos de ñoquis, que dejó delante de ellos, mientras otro camarero depositaba una bandeja de ensalada en el centro de la mesa.

– No me quejo -dijo Ruth, mientras bebía champán-. Angus siempre ha sido muy considerado. No echo en falta nada.

– ¿Nada? -repitió Max, mientras su mano desaparecía bajo la mesa y se apoyaba sobre la rodilla de Ruth.

Ruth sabía que habría debido apartarla de inmediato, pero no lo hizo.

Cuando Max retiró la mano y se concentró en los ñoquis, Ruth intentó comportarse como si no hubiera pasado nada.

– ¿Hay algo que valga la pena ver en el West End? -preguntó-. Me han dicho que Llama un inspector es buena.

– Lo es -contestó Max-. Fui al estreno.

– ¿Cuándo fue? -preguntó Ruth en tono inocente.

– Hace unos cinco años -fue la respuesta de Max.

Ruth rió.

– Bien, ahora que sabes lo muy despistada que soy, dime qué debería ir a ver.

– El mes que viene se estrena un nuevo Stoppard. [7] -Hizo una pausa-. Si pudieras escaparte un par de días, podríamos ir a verla juntos.

– No es tan fácil, Max. Angus quiere que me quede con él en Jersey. No venimos tan a menudo.

Max contempló su plato vacío.

– Parece que los ñoquis estaban a la altura de mis expectativas.

Ruth asintió.

– Deberías probar la crême brulée, que también hace la mujer del dueño.

– Ni hablar. Este viaje significa que faltaré al gimnasio tres días, como mínimo, de modo que me conformaré con un café -dijo Ruth, mientras dejaban a su lado otra copa de champán. Frunció el ceño.

– Finge que es tu cumpleaños -dijo Max, al tiempo que su mano desaparecía bajo la mesa, y esta vez descansaba unos centímetros más arriba de la rodilla, sobre el muslo.

Pensándolo bien, fue en aquel momento cuando habría tenido que levantarse y marchar.

– ¿Desde cuándo eres agente de bienes raíces? -preguntó en cambio, fingiendo todavía que no estaba pasando nada.

– Desde que dejé el colegio. Empecé por abajo, preparando tés, y el año pasado me convertí en socio.

– Felicidades. ¿Dónde está tu oficina?

– En el centro de Mayfair. ¿Por qué no vienes algún día? La próxima vez que vayas a Londres, quizá.

– No voy a Londres con tanta frecuencia -dijo Ruth.

Cuando Max vio que un camarero se dirigía hacia su mesa, apartó la mano de su pierna. Después de que el camarero dejara dos capuchinos ante ellos, Max sonrió.

– La cuenta, por favor -dijo.

– ¿Tienes prisa? -preguntó Ruth.

– Sí -contestó él-. Acabo de recordar que tengo escondida una botella de coñac añejo en el Sea Urchin, y esta sería una ocasión ideal para abrirla. -Se inclinó sobre la mesa y cogió su mano-. He reservado esta botella en concreto para algo o alguien especial.

– No me parece prudente.

– ¿Siempre te comportas con prudencia? -preguntó Max, sin soltar su mano.

– Es que debería volver al Scottish Belle.

– ¿Vas a desperdiciar tres horas, esperando a que Angus vuelva?

– No. Es que…

– Tienes miedo de que intente seducirte.

– ¿Es esa tu intención? -preguntó Ruth, y liberó su mano.

– Sí, pero no antes de probar el coñac -dijo Max, justo cuando le entregaban la cuenta.

Repasó la factura, sacó la cartera y dejó un billete de diez libras en la bandeja de plata.

Angus le había dicho en una ocasión que quien paga en metálico en un restaurante no necesita tarjeta de crédito, o bien gana demasiado poco para merecer una.

Max se levantó, dio las gracias al jefe de camareros con excesiva ostentación y le deslizó un billete de cinco libras cuando les abrieron la puerta. No hablaron mientras regresaban al muelle. Ruth creyó ver que alguien bajaba del Sea Urchin, pero cuando volvió a mirar no había nadie a la vista. Al llegar al barco, Ruth había pensado decir adiós, pero se descubrió subiendo con Max a bordo y bajando al camarote.

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[7] Tom Stoppard, famoso dramaturgo y guionista de cine inglés. (N. del T.)