Avery también era así, y aún recordaba el sentimiento de dolor que le provocaba su arrolladora confianza en sí mismo y la indiferencia que le demostró cuando ella se sintió herida. Ahora reconocía que debería haber interpretado esos defectos de su carácter como lo que eran, pero en esos momentos no hizo caso de las señales de alerta: cómo observaba a las mujeres demasiado rato, o con qué efusividad abrazaba a otras mujeres, aunque él le aseguraba que sólo se trataba de amigas. Al principio quiso creerlo cuando le dijo que sólo había sido infiel una vez, pero poco a poco fue atando cabos con la ayuda de conversaciones olvidadas que emergieron de nuevo: una vez, una de sus amigas de la universidad le confesó que había oído rumores acerca de una historia tórrida entre Avery y otra estudiante; uno de sus compañeros de trabajo mencionó unas cuantas ausencias laborales injustificadas de Avery. Odiaba verse en el papel de una pobre inocentona, pero lo cierto era que lo había sido, y le dolía más la decepción que había sentido consigo misma que la decepción que sintió con él. Supuso que no tardaría en reponerse, que conocería a un buen chico…, alguien como el señor sabelotodo, quien le demostró de una vez por todas que no era una buena psicóloga a la hora de juzgar a los hombres. Parecía incapaz de mantener una relación estable.
No era fácil admitir esa cuestión, y había momentos en los que se preguntaba qué era lo que había hecho mal para que sus dos relaciones más serias hubieran fracasado. Bueno, quizá no podía incluir al señor sabelotodo, ya que lo suyo no llegó a ser una relación seria; pero ¿y con Avery? Lo había amado y había creído que él la amaba. Era fácil afirmar que Avery era un sinvergüenza y que todo había sido culpa suya, pero al mismo tiempo pensaba que probablemente él notó que faltaba algo en esa relación, que a ella le faltaba algo. Pero ¿en qué sentido? ¿Había sido demasiado quisquillosa? ¿Era aburrida? ¿No se sentía satisfecho en la cama? ¿Por qué después no fue en su busca, para rogarle que lo perdonara? Nunca encontró una respuesta a tales cuestiones. Sus amigas le aseguraban que ella no tenía la culpa, y Doris le decía lo mismo. Aun así, no acertaba a comprender lo que había sucedido. Después de todo, existían dos versiones de una misma historia, e incluso ahora a veces fantaseaba con la idea de llamarle para preguntarle qué era lo que ella tendría que haber hecho de un modo distinto. Tal y como una de sus amigas le indicó, el sentimiento de culpa en esos temas era algo muy propio de las mujeres. Los hombres parecían inmunes a esa clase de inseguridades. Aunque no fuera así, lo cierto era que los hombres habían aprendido a enmascarar sus sentimientos o a enterrarlos en lo más profundo de su ser para no sentirse coaccionados por ellos. Normalmente Lexie intentaba hacer lo mismo, y normalmente funcionaba. Normalmente.
En la distancia, con el sol hundiéndose en las aguas del Pamlico Sound, la ciudad de Buxton, con sus casitas blancas de madera, parecía una postal. Estaba mirando en dirección al faro, y tal y como suponía, vio un pequeño grupo de caballos paciendo en la hierba que se extendía alrededor de la base. Había más o menos una docena de ejemplares, con el pelaje pardo y rojizo principalmente. En el centro de la manada distinguió a dos potrillos que meneaban la cola al unísono.
Lexie se detuvo para contemplarlos y metió las manos en los bolsillos de su chaqueta. Ahora que la noche se le echaba encima, empezaba a refrescar, y sintió el frío en las mejillas y en la nariz. El aire era gélido y, aunque le hubiera gustado quedarse más rato, se sentía cansada. Había sido un día muy largo, y en esos momentos incluso le parecía todavía más largo. A pesar de su agotamiento, se preguntó qué debía de estar haciendo Jeremy. ¿Se estaba preparando para filmar las luces de nuevo? ¿O se disponía a ir a cenar? ¿Estaba haciendo la maleta? ¿Y por qué diantre no conseguía dejar de pensar en él?
Suspiró con resignación, puesto que sabía perfectamente la respuesta. A pesar de que había ansiado mucho ver los caballos, la fantástica panorámica que se extendía delante de sus ojos le recordó la pura y dura realidad: estaba sola. Si bien se había acostumbrado a ser independiente y a intentar contrarrestar los constantes ataques de Doris sobre esa cuestión, no podía evitar no querer estar sola, sin compañía. Ni siquiera pensaba en casarse con alguien; a veces lo único que deseaba era que fuese viernes o sábado por la noche. Anhelaba pasar la mañana entera holgazaneando, metida en la cama con un hombre de quien estuviera enamorada, y por mucho que le pareciera imposible la idea, Jeremy era el único al que se imaginaba a su lado, en la cama.
Lexie sacudió la cabeza, esforzándose por cambiar de pensamiento. Se había refugiado allí para no pensar en él, pero en esos momentos, de pie cerca del faro, contemplando cómo pacían los caballos, sintió que el mundo le pesaba demasiado sobre los hombros. Tenía treinta y un años, estaba sola y vivía en un lugar sin porvenir. Su abuelo y sus padres formaban parte de su memoria, el estado de salud de Doris era una fuente de preocupación constante para ella, y el único hombre que le había parecido mínimamente interesante en los últimos años habría desaparecido para siempre cuando regresara a Boone Creek.
Entonces empezó a llorar, durante un largo rato, sin poderse contener. Mas justo cuando empezaba a calmarse, fijó la vista en una figura que se acercaba, y todo lo que pudo hacer fue continuar con la vista clavada en esa figura cuando se dio cuenta de quién era.
Capítulo 14
Lexie pestañeó varias veces seguidas para confirmar que no estaba soñando. No, no podía ser él, simplemente porque él no podía estar allí. La idea le parecía tan descabellada, tan inesperada, que se sintió como si estuviera presenciando la escena a través de los ojos de otra persona.
Jeremy sonrió cuando depositó su bolsa de viaje en el suelo.
– ¿Sabes? No deberías mirarme de ese modo tan descarado -dijo él-. A los hombres nos gustan las mujeres que saben comportarse con más sutileza.
Lexie continuaba mirándolo, estupefacta.
– Eres… tú -acertó a pronunciar.
– Soy yo -asintió Jeremy con un movimiento de la cabeza.
– Estás… aquí.
– Estoy aquí -volvió a asentir.
Ella lo observó fijamente bajo la tenue luz del atardecer, y Jeremy pensó que Lexie era incluso mucho más guapa de cómo la recordaba.
– ¿Qué estás…? -Lexie se quedó dubitativa, intentando encontrar el sentido a su repentina aparición-. Quiero decir, ¿cómo has conseguido…?
– Es una larga historia -admitió él. Ella no hizo ningún gesto para aproximarse a él, y Jeremy señaló con la cabeza hacia el faro-. ¿Así que éste es el faro donde se casaron tus padres?
– Vaya, recuerdas ese detalle.
– Lo recuerdo todo -dijo él, dándose un golpecito en la sien-. Es cuestión de activar algunas neuronas aquí arriba y ya está. ¿Dónde se casaron exactamente?
Jeremy hablaba con un tono relajado, como si se tratara de la situación y de la conversación más normal del mundo, lo cual sólo consiguió incrementar la sensación de surrealismo que sentía Lexie.
– Ahí -respondió ella, señalando con un dedo-, al lado del océano, cerca de donde rompen las olas.
– Debió de ser una ceremonia preciosa -comentó él, mirando hacia esa dirección-. Todo esto es precioso. Ahora entiendo por qué estás enamorada de este lugar.
En lugar de responder, Lexie soltó un prolongado suspiro, intentando contener sus emociones turbulentas.
– ¿Qué haces aquí, Jeremy?
El tardó unos instantes en responder.
– No sabía si regresarías, así que pensé que si quería volver a verte, lo mejor que podía hacer era venir a buscarte.