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Jeremy se quedó de pie, en medio de la niebla, con la mirada fija en la carretera hasta que el coche se convirtió en una sombra y sólo los focos fueron visibles. Y entonces desapareció completamente; el sonido del motor quedó amortiguado por los susurros de la vegetación que lo envolvía.

Capítulo 20

El resto del día pasó como si Jeremy lo estuviera contemplando a través de los ojos de otra persona. Apenas recordaba cómo había seguido a Alvin por la autopista de vuelta a Raleigh, y en más de una ocasión se sorprendió a sí mismo mirando por el retrovisor, esperando que uno de los coches que lo seguía a distancia fuera el de Lexie. Ella había sido perfectamente explícita en su deseo de dar por acabada la relación, pero incluso así, Jeremy podía sentir cómo le subía la adrenalina cada vez que veía un coche parecido al suyo; entonces aminoraba la marcha para poder verlo mejor. Alvin, mientras tanto, se alejaba considerablemente de él. Jeremy sabía que debería prestar atención a la carretera que tenía delante, pero en lugar de eso, se pasó casi todo el trayecto mirando hacia atrás.

Después de devolver el coche alquilado, enfiló hacia la terminal y se encaminó a la puerta de embarque. Mientras pasaba por delante de numerosas tiendas llenas de gente y se abría paso entre las personas que se desplazaban a toda prisa por el largo pasillo, se preguntó de nuevo por qué Lexie había decidido sacrificar todo lo que habían empezado a edificar juntos.

En el avión, sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Alvin ocupó el asiento contiguo.

– Gracias por reservarme un asiento a tu lado -le recriminó Alvin con un tono lleno de sarcasmo. Luego guardó su bolsa de mano en el compartimento superior.

– ¿Cómo? -balbuceó Jeremy.

– Los asientos. Pensé que te ibas a encargar de reservar dos asientos juntos en el momento en que facturabas el equipaje. Suerte que se me ocurrió preguntar cuando me dieron la tarjeta de embarque. Me habían dado un asiento en la última fila.

– Lo siento. Supongo que me olvidé -se excusó Jeremy.

– Ya, claro -contestó Alvin, dejándose caer en el asiento próximo al de su amigo. Acto seguido, miró a Jeremy-. ¿Quieres que hablemos?

Jeremy dudó unos instantes.

– No creo que haya nada de que hablar.

– Eso es lo que me has dicho antes. Pero tengo entendido que expresar los sentimientos abiertamente resulta una terapia muy efectiva. ¿No miras los programas de la tele? Sí, hombre, esos en los que la gente va y suelta sus penas delante de todo el mundo. Mira, se trata de expresar lo que sientes, de purgar tus sentimientos, de buscar respuestas.

– Quizá más tarde -lo interrumpió Jeremy.

– Muy bien; como quieras. Entonces aprovecharé para echar una siestecita. -Alvin se acomodó en el asiento y entornó los ojos.

Jeremy fijó la vista en la ventana mientras Alvin dormía durante casi todo el vuelo.

En el aeropuerto de La Guardia, Jeremy tomó un taxi y súbitamente se vio abordado por el barullo y el ritmo frenético de la ciudad: hombres trajeados y con maletines que caminaban por las aceras a grandes zancadas; mamás que arrastraban literalmente a sus hijos pequeños al tiempo que hacían malabarismos para no desparramar las bolsas de la compra; el olor del humo de los tubos de escape de los automóviles; el ruido de las bocinas, y de las sirenas de los coches de policía. Era perfectamente normal, el mundo en el que había crecido y que hasta hacía poco le había parecido absolutamente lógico. Lo que le sorprendió fue que mientras contemplaba la escena a través de la ventana del taxi, intentando orientarse de nuevo en su vida cotidiana, se acordó del Greenleaf y del absoluto silencio que había experimentado en ese lugar.

Cuando entró en el edificio donde residía, vio su buzón abarrotado de propaganda y de facturas. Agarró el fajo de papeles y subió las escaleras. En su apartamento todo estaba tal como lo había dejado: el comedor, inundado de revistas; su despacho, anegado de papeles como siempre; y todavía le quedaban tres botellas de Heineken en la nevera. Tras dejar la maleta en su habitación, abrió una botella de cerveza y llevó su portátil y su bolsa de mano hasta la mesa del despacho.

La bolsa contenía toda la información que había acumulado en los últimos días: sus notas y copias de los artículos, la cámara digital que contenía las fotos que había tomado en el cementerio, el mapa, y el diario. Mientras empezaba a separar los objetos, un paquete de postales cayó sobre la mesa, y necesitó un momento para recordar que las había comprado en su primer día en Boone Creek. La primera postal ofrecía una panorámica del pueblo desde el río. Rompió el envoltorio y empezó a ojear el resto. Encontró postales en las que aparecía el Ayuntamiento, una vista brumosa de una garza azul sobre las aguas poco profundas de Boone Creek, y unos veleros congregados en un atardecer tempestuoso. De repente se detuvo para contemplar una foto de la biblioteca.

Se sentó lentamente, pensando en Lexie y dándose cuenta de nuevo de cuánto la quería.

Pero tuvo que recordarse a sí mismo que todo se había acabado, y continuó ojeando las postales. Vio una fotografía del Herbs y otra de la localidad tomada desde Riker's Hill. La última postal presentaba una foto de la zona comercial de Boone Creek, y de nuevo se quedó mirándola con aire pensativo.

La postal, una reproducción de una foto en blanco y negro, mostraba el pueblo hacia 1950. En un primer plano se podía ver el teatro con unas personas elegantemente vestidas que hacían cola delante de la taquilla; al fondo se apreciaba un árbol decorado con adornos navideños en el pequeño parque que se extendía justo al final de la calle principal. En las aceras, las parejas contemplaban los escaparates ornamentados con guirnaldas y luces de colores, o paseaban cogidas de la mano. Mientras Jeremy se dedicaba a estudiar la foto con más detenimiento, se figuró cómo debían de haber sido las fiestas navideñas en Boone Creek cincuenta años antes. En lugar de tiendas vacías con escaparates empapelados con hojas de diario, imaginó un hervidero de gente pululando por las aceras, con mujeres ataviadas con bufandas y hombres luciendo sombreros y niños señalando hacia la bicicleta colgada a modo de poste de uno de los establecimientos.

Mientras contemplaba la postal, Jeremy se puso a pensar en el alcalde. La foto no sólo representaba cómo vivía la gente en Boone Creek medio siglo atrás, sino también el ambiente que Gherkin esperaba que el pueblo volviera a recuperar. Era una existencia plácida y serena, como una de las ilustraciones de una portada realizada por Norman Rockwell, si bien con un aire sureño. Durante un buen rato sostuvo la postal entre las manos, pensando en Lexie y preguntándose otra vez qué iba a hacer con la historia.

La reunión con los productores de televisión estaba programada para el martes por la tarde. Nate quedó con Jeremy unas horas antes en el asador Smith and Wollensky's, su restaurante favorito. Nate estaba tan boyante como de costumbre, contento de ver a Jeremy y aliviado de tenerlo de nuevo en la ciudad, bajo su atenta mirada. Tan pronto como se sentó, empezó a hablar de las imágenes que Alvin había filmado, describiéndolas como excepcionales, como «esa casa encantada en Amityville, pero real», y asegurándole que a los ejecutivos de la tele les encantarían. Jeremy se mantuvo todo el rato sentado, en silencio, escuchando la cháchara de Nate, pero de repente se fijó en una mujer morena que abandonaba el restaurante, con una melena muy parecida a la de Lexie; sintió un nudo en la garganta y se excusó para ir al lavabo.

Cuando regresó, Nate estaba repasando el menú. Jeremy añadió edulcorante al té helado que había pedido, acto seguido también se puso a consultar el menú y finalmente anunció que pediría pez espada. Nate levantó la vista.

– Pero hombre, si estamos en un asador -protestó.