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– No -murmuró, antes de zambullirse de nuevo en la lectura de Bleak House.

Desde luego, era una lectora voraz.

Si me hubieran preguntado, con mucho gusto les habría hablado de mi visita a papá, pero no me preguntaron nada. Si la situación en la que se hallaba papá iba a motivar quejas, yo no quería participar, eso lo tenía muy claro. Feely, Daffy y yo éramos tres larvas en tres capullos distintos, y a veces no podía evitar preguntarme por qué. Charles Darwin ya había señalado que la lucha más feroz por la supervivencia se daba siempre en la propia tribu y, como quinto o sexto hijo que era -con tres hermanas mayores, además-, es obvio que sabía muy bien de qué hablaba.

Para mí, era una cuestión de química elementaclass="underline" sabía muy bien que una sustancia tiende a diluirse por la acción de disolventes de composición química similar a la de dicha sustancia. No existía una explicación racionaclass="underline" era la naturaleza y punto.

Había sido un día muy largo y me notaba los párpados molidos, como si los hubieran utilizado a modo de rastrillos para recoger ostras.

– Me parece que me voy a la cama -dije-. Buenas noches, Feely. Buenas noches, Daffy.

Mi intento de sociabilidad recibió el silencio como respuesta y una especie de gruñido. Mientras subía la escalera, Dogger apareció como por arte de magia en lo alto, provisto de una palmatoria que parecía rescatada de una subasta de objetos en Manderley.

– ¿Coronel De Luce? -susurró.

– El coronel está bien, Dogger -respondí.

Él asintió con gesto preocupado y ambos nos dirigimos con paso cansino a nuestros respectivos aposentos.

Dieciocho

Greyminster School holgazaneaba al sol, como si estuviera soñando con su esplendor de antaño. El lugar era exactamente tal y como me lo había imaginado: espléndidos edificios antiguos de piedra, cuidados prados verdes que descendían hacia el lánguido río e inmensos campos vacíos de deporte de los que parecían brotar los ecos silenciosos de partidos de criquet, cuyos jugadores llevaban ya mucho tiempo muertos.

Apoyé a Gladys contra un árbol en el camino lateral por el que me había adentrado en los terrenos del colegio. Tras un seto se oía el motor al ralentí de un ocioso tractor de cuyo conductor no había ni rastro.

Desde la capilla llegaban, flotando sobre los padres, las voces de los muchachos del coro. A pesar de que era una radiante mañana de sol, cantaban:

Softly now the light of day

Fades upon my sight away… [12]

Me quedé escuchando unos instantes, hasta que de repente cesaron las voces. Luego, tras una pausa, comenzó a sonar de nuevo el órgano, un tanto irritado, y el coro empezó desde el principio.

Mientras caminaba despacio sobre la hierba de lo que sin duda papá habría llamado «el patio interior», los ventanales del colegio me observaban con frialdad y, de repente, experimenté la extraña sensación que debe de experimentar un insecto cuando lo colocan bajo el microscopio -es decir, la sensación de tener sobre la cabeza una lente invisible-, y percibí también algo extraño en la luz.

A excepción de un estudiante que pasó corriendo y de un par de profesores con toga negra que caminaban con las cabezas muy juntas, los amplios prados y los sinuosos senderos de Greyminster se hallaban desiertos bajo un cielo intensamente azul. El lugar en sí tenía un aire ligeramente irreal, como una imagen Agfacolor desmesuradamente ampliada: la clase de fotografías que se ven en libros con títulos del estilo La Inglaterra pintoresca.

El caserón de piedra caliza que se hallaba en el lado este del patio interior -el que tenía una torre del reloj- debía de ser la Residencia Anson, me dije: el lugar en el que había vivido mi padre.

A medida que me acercaba, levanté una mano para protegerme los ojos del resplandor del sol. Desde algún lugar allí arriba, entre las tejas y las almenas, se había precipitado el señor Twining a los adoquines entre los que había hallado la muerte. Antiquísimos adoquines que estaban a pocas decenas de metros del lugar donde me hallaba.

Caminé por la hierba para echar un vistazo, pero me decepcionó no encontrar manchas de sangre. Por supuesto, era lógico que no las hubiera después de tantos años. Era de esperar que las hubieran limpiado lo antes posible: seguramente, antes incluso de que el maltrecho cuerpo del señor Twining hubiera hallado algo parecido al reposo eterno.

Esos adoquines no tenían ninguna historia que contar, a no ser la de su continuo desgaste tras dos siglos de ilustres pisadas. El sendero, que discurría pegado a los muros de la Residencia Anson, medía apenas dos metros de ancho.

Incliné la cabeza hacia atrás y contemplé la torre del reloj. Vista desde ese ángulo, se elevaba vertiginosamente, formando un escarpado muro de piedra que terminaba muy arriba, en una filigrana de elegante y decorativa mampostería. Las nubes blancas y mullidas que pasaban lánguidamente sobre los parapetos producían la extraña sensación de que la estructura al completo se inclinaba…, caía…, se desmoronaba sobre mí. La ilusión me mareó un poco y tuve que apartar la vista.

Unos desgastados escalones invitaban a subir desde el sendero adoquinado y conducían bajo una entrada en forma de arco hasta una puerta de doble hoja. A mi izquierda se hallaba la portería, cuyo ocupante estaba en ese momento encorvado sobre un teléfono. Ni siquiera se molestó en mirar cuando entré disimuladamente.

Un frío y oscuro pasillo iniciaba ante mí su recorrido hasta lo que parecía el infinito: me adentré por él, levantando cuidadosamente los pies para que las suelas de los zapatos no chirriaran sobre el suelo de pizarra.

A cada lado del pasillo descubrí una galería de rostros sonrientes, algunos de estudiantes y otros de profesores, que iban desapareciendo en la oscuridad. Todos aquellos rostros, cada uno en su marco negro barnizado, pertenecían a miembros de Greyminster que habían dado su vida por la patria. «Para que otros puedan vivir», decía en un pergamino dorado. Al final del pasillo, separadas de los otros retratos, vi las fotografías de tres muchachos cuyos nombres estaban grabados en rojo en pequeños rectángulos de bronce. Bajo los rectángulos se podía leer lo siguiente: «Desaparecido en combate.»

¿«Desaparecido en combate»? Me pregunté por qué no estaba allí la foto de papá, pues por lo general mi padre estaba tan ausente como aquellos jóvenes, cuyos huesos descansaban en alguna parte de Francia. Ese pensamiento me hizo sentir un poco culpable, pero no era ninguna mentira.

Creo que fue en ese momento, en aquel sombrío vestíbulo de Greyminster, cuando empecé a ser consciente del verdadero alcance del carácter distante de papá. El día anterior había sentido la imperiosa necesidad de echarle los brazos al cuello y estrujarlo tanto como pudiera, pero en ese momento entendí que la íntima escena del calabozo no había sido en realidad un diálogo, sino tan sólo un atormentado monólogo. No hablaba conmigo, sino con Harriet. Y, como ya había sucedido con el moribundo Horace Bonepenny, mi papel no había sido más que el de un involuntario confesor.

Greyminster, el lugar donde habían empezado los problemas de mi padre, se me antojó en ese momento frío, remoto y muy poco hospitalario.

Más allá de las fotos, en la penumbra, divisé una escalinata que conducía al primer piso. Subí por ella y me hallé en otro corredor que, como el que había dejado abajo, recorría el edificio en toda su longitud. Aunque las puertas que se veían a ambos lados estaban cerradas, estaban provistas de un pequeño panel de cristal que me permitía echar un vistazo al interior: todas las habitaciones eran aulas…, y todas exactamente iguales.

Al final del pasillo se veía una habitación esquinera que parecía más interesante. El rótulo de la puerta decía: «Laboratorio de química.» Probé suerte y la puerta se abrió. ¡La maldición se había roto!

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[12] «Lentamente, la luz del día / se va apagando ante mis ojos.» (N. de la t.)