—Supongo que tiene que ser Jill, pero… Miren, chicos, ésta sigue siendo su casa. El cerrojo nunca estará corrido para vosotros.
—Lo sabemos, y volveremos. Compartiremos el agua otra vez.
—Así será, hijo.
—Sí, padre.
—¿Eh?
—Jubal, no existe palabra marciana para «padre». Pero últimamente he asimilado que es usted mi padre. Y el padre de Jill.
Jubal lanzó una mirada a Jill.
—Hum, asimilo. Cuídense.
—Lo haremos. Vamos, Jill.
Se habían ido antes de que Jubal se levantase de la mesa.
26
Se trataba de la feria de costumbre, en el tipo de ciudad de costumbre. Las atracciones eran las mismas, el algodón de azúcar tenía el sabor de siempre, los timadores profesionales practicaban —con una moderación aceptable para las leyes locales— su oficio de despojar a los primos de sus medios dólares, ya fuera con sus pelotas de béisbol que había que arrojar contra dianas o con sus ruedas de la fortuna o cualquier otro artilugio…, pero el despojo se producía de todos modos. La conferencia sexual fue recortada para encajar con los criterios locales relativos a las opiniones de Charles Darwin, las chicas del espectáculo llevaban encima la cantidad adecuada de gasas que las costumbres locales requerían, y Fenton el Intrépido ejecutaba cada noche su Doble Salto Mortal Desafiando a la Muerte —real y auténtico— justo antes de la última función.
El espectáculo diez-en-uno[7] era también estándar. La plantilla no incluía un mentalista, pero llevaba un mago; no había mujer barbuda, pero sí un fenómeno mitad hombre y mitad mujer; faltaba el tragasables, aunque no el comefuego. En vez de marino tatuado el espectáculo presentaba a una dama tatuada que, además, era encantadora de serpientes y, como remate del show —y por medio dólar adicional— aparecía «¡absolutamente desnuda…, cubierta tan sólo por piel viva y llena de exóticos dibujos!»…, y cualquier cliente que descubriese en su cuerpo, del cuello para abajo, un solo centímetro cuadrado de piel sin tatuar, sería recompensado con un billete de veinte dólares.
Temporada tras temporada nadie reclamaba el premio, porque el desafío era lanzado honestamente. La señora Paiwonski permanecía perfectamente inmóvil y completamente desnuda, «cubierta tan sólo por piel viva»…, en este caso la de una boa constrictora de cuatro metros de largo conocida como «Cariñito». Cariñito permanecía enroscada en torno de la señora P. de un modo tan estratégico que ni siquiera la alianza ministerial local tuvo motivo de queja, sobre todo teniendo en cuenta que algunas de sus propias hijas no llevaban tanto, y lo poco que llevaban cubría aún menos, cuando asistían a la feria. Para impedir que la plácida y dócil Cariñito fuera molestada, la señora P. tomaba la precaución de subirse a una pequeña plataforma en el centro de un tanque de lona…, en cuyo suelo había más de una docena de cobras.
Cualquier borracho ocasional, convencido de que a todas las serpientes de los encantadores de serpientes les habían sido extirpados los colmillos, e impulsado por esta idea intentaba meterse en el tanque en busca de ese centímetro cuadrado no decorado, cambiaba invariablemente de opinión tan pronto como una cobra le veía, se alzaba y desplegaba su capucha.
Además, la luz era escasa.
De todos modos, el borracho no hubiera cobrado los veinte dólares en ningún caso. La afirmación de la señora P. era más firme que el dólar. Ella y su ahora difunto esposo habían tenido durante muchos años un estudio de tatuaje en San Pedro; cuando la clientela flojeaba, el matrimonio pasaba el rato tatuándose mutuamente. Al cabo del tiempo, con una cierta sensación de pesar, la señora P. descubrió que la obra de arte dibujada sobre su cuerpo estaba tan definitivamente completa desde el cuello hacia abajo que ya no quedaba espacio para un pinchazo más. La señora P. se enorgullecía del hecho de ser la mujer más decorada del mundo —y por el mejor artista del mundo, pues tal era la humilde opinión que tenía de su difunto esposo—, y además tenía la certeza de que ganaba cada dólar de forma honesta, porque su integridad se conservaba incólume, pese a estar asociada con pecadores y truhanes. Ella y su esposo habían sido convertidos por el propio Foster; se mantenía registrada como miembro en San Pedro y, dondequiera que se encontrase, acudía al templo más próximo de la Iglesia de la Nueva Revelación.
Patricia Paiwonski hubiera prescindido alegremente de la protección de Cariñito durante la apoteosis de su actuación, no solamente para demostrar que era honesta —lo cual no necesitaba ninguna prueba, puesto que ella sabía que era cierto—, sino porque estaba serenamente convencida de que ella era la tela para un cuadro de arte religioso más grande que cualquiera de las paredes o techos del Vaticano. Cuando ella y George vieron la luz de Foster, todavía quedaban en la piel de Patricia como unos treinta centímetros cuadrados en blanco; antes de que George muriese, su esposa exhibía una completa historia gráfica de la vida de Foster desde la cuna, rodeada de ángeles revoloteando, hasta el glorioso día en que el profeta fue a ocupar el lugar que tenía destinado entre los arcángeles.
Lamentablemente (puesto que hubiera podido convertir a muchos pecadores en buscadores de la luz), gran parte de esa sagrada historia tenía que permanecer cubierta; hasta tal punto dependía ya de las leyes y de los legisladores locales. Pero podía exhibirla en las reuniones de Felicidad a puerta cerrada de las iglesias locales a las que asistía, siempre y cuando lo deseara el pastor, cosa que ocurría en casi todas las ocasiones. Pero, aunque siempre era bueno añadir algo a la Felicidad, los salvados no lo necesitaban; Patricia hubiera preferido salvar a los pecadores. No sabía predicar, no sabía cantar, nunca había sido llamada a hablar en lenguas…, pero era un testigo viviente de la luz.
En el espectáculo de diez-en-uno, su número venía después del último, y justo antes estaba el del mago; eso le daba tiempo de recoger sus fotografías no vendidas. Un cuarto de dólar las fotos en blanco y negro, medio dólar las de color, y una colección de fotos especiales por cinco dólares en un sobre cerrado. Éste último sólo podía venderse a los clientes que firmaran un impreso en el que alegaban que eran doctores en medicina, psicólogos, sociólogos, o tenían alguna otra profesión que les permitía adquirir un material no disponible al público en general. Tal era la integridad de Patricia que no las vendía si el cliente no cumplía con ese requisito; incluso a veces les solicitaba que le mostraran su tarjeta profesional… ¡no quería que unos sucios dólares la pusieran a ella al alcance de los chicos que iban al colegio! Eso también le daba tiempo de deslizarse por la entrada trasera de la tienda y prepararse —ella y las serpientes— para la salida.
El mago, el Doctor Apolo, actuaba en la última tarima junto al faldón de lona que conducía a la salida. Empezaba pasando a su audiencia una docena de brillantes anillas de acero, cada una de ellas grande como un plato, y les invitaba a que comprobasen que cada anilla era sólida y recia y no tenía aberturas ni puntos de unión. Luego les hacía sostener las anillas de tal modo que montaran en sus extremos unas sobre otras. El Doctor Apolo caminaba a lo largo de la plataforma, tendía su varita y tocaba con ella cada punto donde dos anillas se superponían…, y los sólidos eslabones de acero formaban una cadena.
Alzaba casualmente su varita en el aire, se subía las mangas, aceptaba un bol de huevos que le ofrecía su ayudante y empezaba a juguetear con una docena de ellos. Sus malabarismos no atraían muchas miradas, puesto que la mayor parte de los espectadores no separaba la vista de su ayudante. Era un espléndido ejemplo de diseño moderno funcional y, aunque iba más vestida que el resto del elenco femenino del espectáculo, no parecían existir muchas probabilidades de que su cuerpo estuviese tatuado en ninguna parte.
7
Se trata de diez espectáculos circenses dados en una misma carpa, bajo una misma entrada a pagar. Se presentan todos al mismo tiempo, y la gente se acerca a uno u otro.