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—Sí, querido. Pero tú no tienes la culpa…

—¡Oh, sí que la tengo!

—Bueno…, si tú lo dices… Pero no se trata sólo de una ciudad: son cinco mil millones de personas o más. No puedes ayudar a cinco mil millones de personas.

—Eso es lo que me pregunto.

Avanzó unos pasos y se sentó junto a ella.

—Ahora los asimilo, puedo hablarles. Jill, ahora podría preparar bien nuestro número…, y conseguir que los primos se pasaran riendo todos los minutos de nuestra actuación. Estoy seguro.

—Entonces, ¿por qué no lo haces? A Patty le encantaría…, y a mí también. Me gustaba ese ambiente. Y ahora que hemos compartido el agua con Patty, sería como estar en casa.

Mike no respondió. Jill tanteó su mente y se dio cuenta de que estaba contemplando, intentando asimilar. Aguardó.

—¿Jill? ¿Qué tengo que hacer para ser ordenado?

CUARTA PARTE

Su escandalosa carrera

30

El primer cargamento mixto de colonos permanentes llegó a Marte; seis de los diecisiete supervivientes del grupo de los veintitrés originales regresaron a la Tierra. Más colonos en perspectiva se entrenaban en Perú, a cinco mil metros de altura. El presidente de Argentina se trasladó una noche a Montevideo, cargado con dos maletas llenas con lo que pudo meter en ellas; el nuevo presidente inició los trámites de extradición ante el Tribunal Supremo, a fin de obligarle a regresar o, por lo menos, recuperar las dos maletas. Los ritos póstumos para Alice Douglas se celebraron privadamente en la Catedral Nacional con asistencia de menos de dos mil personas, y los comentaristas y locutores de la estéreo fueron unánimes en alabar la digna resignación y fortaleza de ánimo con que el secretario general había aceptado tan terrible pérdida. Un potro de tres años llamado Inflación, cargado con cincuenta y cinco kilos, ganó el Derby de Kentucky y pagó cincuenta y cuatro a uno, y dos huéspedes del Colony Airotel en Louisville, Kentucky, se descorporizaron, el uno voluntariamente, el otro por un fallo cardíaco.

Otra edición pirata de la biografía (no autorizada) El diablo y el reverendo Foster apareció simultáneamente en todas las librerías de Estados Unidos. Al anochecer del mismo día todos los ejemplares habían sido quemados y las planchas destruidas, además de producirse como represalia diversos daños incidentales en bienes inmuebles, más una cierta cantidad de destrozos, mutilaciones y asaltos. Se rumoreaba que el Museo Británico poseía una copia de la primera edición —lo cual era falso—, y la Biblioteca Vaticana otra —lo cual era cierto, aunque la obra sólo estaba disponible para los estudiantes eclesiásticos—.

En la legislatura de Tennessee se presentó de nuevo un proyecto de ley solicitando que pi fuese exactamente igual a tres; fue defendido por el comité de educación y moral públicas, pasó sin objeciones por la Cámara Baja, y murió en comité en la Cámara Alta. Un grupo de fun-damentalistas intereclesiales abrió oficinas en Van Buren, Arkansas, con el fin de recaudar fondos para enviar misioneros a los marcianos; el doctor Jubal Harshaw les envió alegremente un espléndido donativo, pero tomó la precaución de remitirlo con el nombre —y la dirección— del director del Nuevo Humanista, un fanático ateo y su amigo más íntimo.

Aparte esto, el doctor Harshaw tenía pocos motivos por los que sentirse satisfecho: llegaban demasiadas noticias relativas a Mike últimamente, y todas ellas eran deprimentes. Recordaba con añoranza las ocasionales visitas a casa de Jill y Mike, y se sentía muy interesado por los progresos del Hombre de Marte, sobre todo después de que desarrollara un cierto sentido del humor. Pero ahora acudían a su casa cada vez con menos frecuencia, y a Jubal no le gustaban mucho las últimas novedades.

No se alteró en absoluto cuando Mike fue expulsado del seminario de la Unión Teológica y sometido a una encarnizada persecución intelectual por parte de un grupo de furiosos teólogos, algunos de los cuales estaban frenéticos porque creían en Dios y otros porque no creían…, pero todos parecían unidos en detestar al Hombre de Marte. Jubal evaluaba honestamente que cualquier cosa que pudiera pasarle a un teólogo —excepto romperle todos los huesos en el potro— no era otra cosa que lo que él mismo se había buscado, y la experiencia resultaría edificante para el muchacho; la próxima vez lo haría mejor.

Tampoco se sintió preocupado cuando Mike —con la ayuda de Douglas— se alistó bajo un nombre supuesto en las Fuerzas Armadas de la Federación. Tenía la absoluta certeza —gracias a su conocimiento privado— de que ningún sargento sería capaz de poner a Mike en ningún aprieto serio, y por otro lado no le preocupaba en absoluto lo que pudiera ocurrirles a los sargentos u otros rangos militares; era un viejo e implacable reaccionario. Jubal había quemado su honorable licencia y todo lo que iba con ella el día en que Estados Unidos dejaron de tener sus propias Fuerzas Armadas.

En realidad, a Jubal le habían sorprendido los escasos destrozos creados por Mike como «soldado Jones» y lo mucho que aguantó en las filas: casi tres semanas. Coronó su carrera militar el día que, en el coloquio subsiguiente a una conferencia de orientación, afirmó y sostuvo la absoluta inutilidad del empleo de la fuerza y la violencia —con algunos comentarios adicionales acerca de lo deseable de reducir el exceso de población mediante el canibalismo—; luego se ofreció voluntario como conejillo de Indias frente a cualquier arma de cualquier naturaleza, a fin de demostrar que la fuerza no sólo era innecesaria, sino también literalmente imposible cuando se pretendía emplear contra una persona autodisciplinada. No aceptaron su ofrecimiento, y le expulsaron a patadas.

Pero había habido un poco más que eso. Douglas permitió a Jubal echar un vistazo a un informe supersecreto de alto nivel, accesible sólo a contadísimas personas del más alto rango, tras advertirle que nadie, ni siquiera el jefe supremo del Estado Mayor, sabía que el «soldado Jones» era el Hombre de Marte. Jubal se limitó a ojear los testimonios del expediente, en su mayor parte informes contradictorios de testigos oculares relativos a lo sucedido en diversas ocasiones mientras «Jones» era «entrenado» en el manejo de diversas armas; lo único asombroso para Jubal fue que algunos testigos tuvieran el valor y la confianza suficientes como para declarar bajo juramento que habían visto desaparecer las armas. «Jones» también aparecía tres veces en el informe por haber perdido armas de propiedad de la Federación.

Pero el final del informe era todo lo que a Jubal le interesaba leer meticulosamente para recordar: «Conclusión: El sujeto es un hipnotista natural de extremado talento y, como tal, podría ser concebiblemente útil en los Servicios de Información, aunque es por completo incompetente para cualquier cuerpo de combate. De todos modos, su bajo cociente intelectual (rozando la imbecilidad), su extremadamente baja clasificación general, y sus tendencias paranoicas (ilusiones de grandeza) hacen poco aconsejable explotar su talento de idiot-savant[8]. Recomendación: Licencia inmediata por ineptitud, sin pensión ni beneficio alguno».

Estas pequeñas travesuras eran buenas para el muchacho, y Jubal había disfrutado enormemente con la poco gloriosa carrera de Mike como soldado, puesto que Jill había pasado todo aquel tiempo en la casa. Cuando Mike apareció para pasar unos pocos días después de haber sido licenciado, no pareció dolido por ello: alardeó ante Jubal de que había obedecido con exactitud los deseos de Jill y no había hecho desaparecer a nadie, sólo unas pocas cosas muertas. Aunque, según asimilaba Mike, había habido varias ocasiones en las que hubiera podido hacer que la Tierra fuese un mejor lugar, si Jill no fuera tan pusilánime. Jubal no lo discutió; él también tenía una larga lista, aunque inactiva, de «mejor estarían muertos».

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8

Sabio idiota, en francés. (N. del Rev.)