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—Ben, una noche como esta última, ayudando a un grupo a dar el gran salto al Octavo Círculo…, me deja terriblemente conectado. Permíteme que te diga algo que forma parte de las lecciones para el Sexto. Nosotros los humanos poseemos algo que mi antiguo pueblo jamás soñó. No puede. Y debo confesarte lo precioso que es, lo especialmente precioso que sé que es…, porque he sabido lo que es el no tenerlo. Se trata de la bendición que supone ser macho y hembra. Hombre y Mujer los creó Él…, el mayor tesoro jamás inventado por Nosotros-Que-Somos-Dios. ¿Correcto, Jill?

—Hermosamente correcto, Mike…, y Ben sabe que es verdad. Pero haz una canción para Dawn también, querido.

—De acuerdo…

Ardiente es nuestra encantadora Dawn; Ben lo asimiló en su mirada… Compra nuevos vestidos cada mañana, ¡pero nunca se compra bragas!

Jill rió y se retorció en las rodillas de Mike.

—¿Se la has cantado ya?

—Sí, y me obsequió con un gran ¡hurra! del Bronx…, acompañado de un beso para Ben. Dime, ¿no hay nadie en la cocina esta mañana? Acabo de recordar que no he comido nada en los dos últimos días. O en los dos últimos años, quizá; no estoy seguro.

—Creo que está Ruth —dijo Ben, soltándose del brazo que lo sujetaba y poniéndose en pie—. Iré a ver.

—Duque puede hacerlo. ¡Hey, Duque! Mira a ver si puedes encontrar a alguien capaz de prepararme un montón de tortas de trigo tan alto como tú, y un barrilito de jarabe de arce.

—¡Ahora mismo, Mike! —respondió Duque.

Ben Caxton dudó, ya camino de la cocina, sin una excusa que le valiera para marcharse con el pretexto de hacer alguna gestión. Pensó en alguna otra disculpa y miró hacia atrás por encima del hombro…

—Jubal —dijo Caxton, muy serio—, no le hubiera contado esto en absoluto…, si no fuera imprescindible para explicarle cómo me siento respecto a todo el asunto, y por qué estoy preocupado por ellos…, por todos ellos, Duque y Mike y Jill, así como el resto de las víctimas de Mike. Aquella mañana yo mismo me había quedado medio convencido, y había llegado a pensar que todo estaba bien…, extraño como un demonio en algunos aspectos, pero delicioso. El propio Mike me había fascinado; su nueva personalidad es absolutamente poderosa. Autoritario y a la vez persuasivo como un supervendedor, y muy convincente. Pero luego él…, o los dos…, me dejaron más bien azarado, así que aproveché aquella ocasión para levantarme del diván.

«Entonces me volví para mirarles…, y no pude creer lo que veían mis ojos. No me había vuelto en otra dirección ni cinco segundos, y Mike se las había arreglado para librarse de todas sus ropas…, y, Dios me ayude, lo estaban haciendo, mientras yo y otros tres o cuatro en la habitación mirábamos…, ¡tan osadamente como unos monos en el zoo!

»Jubal, me impresioné tanto que casi vomité el desayuno.

33

—¿Y bien? —inquirió Jubal—. ¿Qué hizo usted? ¿Aplaudir?

—Y un infierno. Me largué de inmediato de allí. Fui corriendo a la puerta de salida, agarré mis ropas y mis zapatos, olvidé mi maleta y no volví por ella, hice caso omiso del letrero, salí y me precipité a ese tubo impulsor con mi ropa en los brazos. ¡Vaya! Me fui sin siquiera decirles adiós.

—Una actitud más bien brusca.

—Me sentía brusco. Tenía que irme. De hecho, me fui tan aprisa que casi estuve a punto de matarme. Ya sabe cómo son los tubos impulsores normales…

—No, no lo sé.

—Bueno, a menos que aprietes el botón correspondiente para subir o bajar hasta un cierto nivel, simplemente te hundes con suavidad, como a través de melaza fría. Pero yo no me hundí, yo caí…, y estaba a unos seis pisos de altura. Pero justo cuando ya pensaba que había cometido mi último error, algo me atrapó. No una red de seguridad, sino un campo de alguna especie. Ni siquiera reboté. Pero Mike necesita pulir un poco ese artilugio, o poner en su lugar un tubo de impulso normal.

—Yo me limito a las escaleras y, cuando es inevitable, a los ascensores —dijo Jubal.

—Bueno, yo no me había dado cuenta de que aquél pudiera ser tan arriesgado. Pero el único inspector de seguridad allí es Duque…, y para Duque todo lo que dice Mike es el Evangelio. Jubal, todo ese lugar se encamina al desastre. Están todos hipnotizados por un solo hombre…, que no está en sus cabales. ¿Qué se puede hacer al respecto?

Jubal proyectó los labios hacia delante y luego frunció el entrecejo.

—Veamos primero si lo ha analizado bien. ¿Exactamente qué aspectos de la situación le parecen inquietantes?

—¿Eh? ¡Todo el asunto!

—¿De veras? En realidad, ¿no fue sólo una cosa? Y ésa cosa es un acto esencialmente inofensivo que ambos sabemos que no es nada nuevo…, y que fue, puedo suponer de una forma bastante definitiva, realizado inicialmente en esta casa o sobre estos terrenos hará un par de años. Entonces yo no puse ninguna objeción…, ni usted tampoco, cuando supo de él, fuera cuando fuese. De hecho, tuve la sensación de que usted mismo había participado en otras ocasiones en ese mismo acto con la misma joven dama…, y ella es una dama, pese a lo que cuenta usted ahora. Usted ni negó mi suposición, ni actuó ofendido por ella. Para decirlo claramente, hijo…, ¿qué es lo que le remuerde las tripas?

—Bueno, por el amor de Dios, Jubal… ¿Lo aceptaría usted, en su propia sala de estar?

—Decididamente no…, a menos que lo hubiera hecho, si ha tenido lugar tan clandestinamente, de noche tal vez, de modo que nadie se haya dado cuenta. En cuyo caso hubiera sido, o ha sido quizá, algo que no me ha despellejado la nariz. Pero el asunto es que no fue en mi sala de estar, ni presumo que haya roto las reglas de la sala de estar de ninguna otra persona. Fue en casa de Mike…, y con su esposa, según la ley común o cualquier otra; no hace falta ahondar en el asunto. Así que, ¿qué me importa eso a mí? ¿O a usted, de hecho? Si entra usted en la casa de un hombre, acepta las reglas de su hospitalidad. Ésa es una ley universal del comportamiento civilizado.

—¿Quiere decir que no lo encuentra ofensivo?

—Oh, acaba de plantear usted un tema completamente distinto. La exhibición pública de la lujuria es algo que considero muy desagradable, ya sea como participante o como espectador; pero asimilo que esto refleja mi educación primaria, nada más. Una minoría muy grande de la humanidad, posiblemente una mayoría, no comparte mis gustos sobre esta materia. Decididamente no…, porque la orgía posee una historia larga y amplísima, aunque no sea de mi agrado. Pero, ¿ofensiva?… Mi querido señor, sólo puedo considerar ofensivo lo que me ofende éticamente. Las cuestiones éticas están sujetas a la lógica; pero éste es un asunto de gusto y cabe aplicarle el viejo dicho: de gustibus non est disputandum[14].

—¿Opina usted que una copulación en público es un simple «asunto de gusto»?

—Exactamente. Respecto a lo cual admito que mi propio gusto, arraigado en mis enseñanzas primarias, reforzado por algo así como tres generaciones de hábito, y ahora, creo, calcificado más allá de toda posibilidad de cambio, no es más sagrado que el muy diferente gusto de Nerón. Menos sagrado aún, puesto que Nerón era un dios; yo no lo soy.

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14

«Sobre gustos no hay nada escrito», en traducción libre. (N. del Rev.)