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—Larry, ¿está electrificada la cerca?

—No.

—Conéctala. Luego, antes de que oscurezca, limpia todas las huellas dactilares de este trasto. Tan pronto como haya oscurecido lo llevas hasta el otro lado de Reading… mejor vete hasta casi Lancaster, y lo dejas en alguna cuneta. Después vas a Filadelfia, coges la lanzadera para Scranton y vuelves a casa desde allí.

—Por supuesto, Jubal. Eh… Dígame, ¿es realmente el Hombre de Marte?

—Por tu bien sería mejor que no lo fuera, porque si lo es y te pescan antes de que puedas librarte de este trasto y te relacionan con él, probablemente te interrogarán con una antorcha encendida. Pero creo que sí lo es.

—Entiendo. ¿Robo unos cuantos bancos en el camino de regreso?

—Probablemente es lo mejor que podrías hacer.

—De acuerdo, jefe —Larry titubeó—. ¿Le importa si me quedo esta noche en Fily?

—En nombre de Dios, ¿qué puede hacer un hombre de noche en Filadelfia?

—Muchas cosas, si uno sabe dónde mirar.

—Tú mismo —Harshaw se dio la vuelta—. ¡Primera!

Jill durmió hasta poco antes de la cena, que en aquella casa era a las confortables ocho de la noche. Despertó fresca y alerta, hasta el punto que olfateó el aire que brotaba de la rejilla sobre su cabeza y supuso correctamente que el médico había eliminado los efectos del hipnótico con un estimulante. Mientras dormía, alguien se había llevado las sucias y arrugadas prendas que llevaba y le había dejado un sencillo vestido de tarde completamente blanco y unas sandalias. El vestido le iba a la perfección; Jill supuso que debía pertenecer a la chica que el doctor había llamado Miriam. Tomó un baño, se maquilló un poco y se peinó, y bajó al salón sintiéndose una mujer nueva.

Dorcas estaba acurrucada en un gran sillón, haciendo punto; alzó la vista, saludó amistosamente como si Jill hubiera formado siempre parte de la casa y dedicó de nuevo toda su atención a su trabajo. Harshaw estaba de pie y agitaba suavemente una mezcla de bebidas en una jarra alta de aspecto helado.

—¿Una copa? —invitó.

—Oh, sí, gracias.

El hombre sirvió hasta el borde dos vasos largos de cóctel y le tendió uno.

—¿Qué es? —preguntó ella.

—Una receta propia, un cóctel cometa. Un tercio de vodka, un tercio de ácido clorhídrico y un tercio de líquido de batería…, dos pulgaradas de sal y un escarabajo en adobo.

—Será mejor que tome un highball[4] —aconsejó Dorcas.

—Tú ocúpate de tus cosas —aconsejó Harshaw sin rencor—. El ácido hidroclorhídrico es bueno para la digestión; los escarabajos aportan vitaminas y proteínas —alzó su vaso hacia Jill y dijo con aire solemne—. ¡Por nuestra propia nobleza! Quedamos condenadamente pocos… —vació casi por completo su vaso, y lo volvió a llenar antes de dejarlo.

Jill tomó un cauteloso sorbo y luego un trago mucho más largo. Cualesquiera que fuesen los auténticos ingredientes, la bebida parecía ser lo que necesitaba: una cálida sensación de bienestar se extendió suavemente desde su centro de gravedad hacia sus extremidades. Bebió más de la mitad del contenido del vaso, y dejó que Harshaw le sirviera una generosa dosis adicional.

—¿Ha visto a nuestro paciente? —preguntó el hombre.

—No, señor. No sabía dónde estaba.

—Le examiné hace unos minutos. Duerme como un bebé… Me parece que lo rebautizaré Lazarus. Por lo de Lázaro, ya sabe. ¿Cree que le gustará bajar a cenar con nosotros?

Jill pareció pensativa.

—De veras no lo sé, doctor.

—Bueno, si se despierta lo sabré. Puede acompañarnos o hacer que le suban una bandeja, lo que prefiera. Éste es el Palacio de la Libertad, querida. Todo el mundo hace absolutamente lo que quiere… Luego, si eso es algo que no me gusta, me limito a echarlo a patadas y en paz. Lo cual me recuerda: no me gusta que me llamen doctor.

—¿Cómo?

—Oh, no me siento ofendido. Pero cuando empezaron a conceder doctorados a personas comparativamente más bien vulgares, yo empecé a considerarme a mi vez demasiado apestosamente orgulloso para usar el título. No tomo el whisky con agua y tampoco me enorgullecen los títulos aguados. Llámeme Jubal.

—Oh. Pero la graduación en medicina no ha sido… aguada, como dice usted.

—No. Pero ya es hora de que la llamen de alguna otra manera, para no mezclarla con los supervisores de jardín de infancia. No importa. Jovencita, ¿cuál es con exactitud su interés hacia este paciente?

—¿Eh? Ya se lo dije, doct…, Jubal.

—Me dijo lo que había sucedido; no me dijo por qué. Jill, me di cuenta de la forma como le miraba y le hablaba. ¿Cree que está enamorada de él?

Jill se sobresaltó. Miró a Dorcas; la otra muchacha parecía no estar escuchando la conversación.

—Pero… ¡eso es ridículo!

—No veo nada ridículo en ello. Usted es una chica; él es un muchacho…, normalmente eso es una espléndida combinación.

—Pero… No, Jubal, no es eso en absoluto… Yo…, bueno, creí que lo mantenían prisionero y pensé…, mejor dicho, Ben pensó…, que podía estar en peligro. Quise asegurarme de hacer prevalecer sus derechos.

—Hum… Querida, siempre recelo de todo acto desinteresado. Parece como si poseyera usted un equilibrio glandular normal, así que sospecho que se trata de Ben, o de este pobre chico de Marte, o de los dos. Será mejor que analice sus motivos en privado y les eche una buena mirada. Entonces podrá juzgar mejor qué camino seguir. Mientras tanto, ¿qué es lo que desea que haga yo?

El alcance no cualificado de la pregunta hizo que a Jill le resultara difícil contestarla. ¿Qué era lo que deseaba? ¿Qué esperaba? Desde el momento en que cruzó su Rubicón no había pensado en otra cosa más que en escapar…, y llegar a casa de Harshaw. Carecía de planes.

—No lo sé.

—Eso supuse. Me dijo usted lo suficiente como para permitirme suponer que se había ausentado sin permiso de su hospital, así que, bajo la hipótesis de que desearía conservar su licencia, me he tomado la libertad, mientras usted dormía, de enviar un mensaje desde Montreal a su enfermera jefe. En este mensaje solicita usted dos semanas de permiso sin previo aviso a causa de una repentina enfermedad grave en su familia. ¿De acuerdo? Más tarde podrá elaborar todos los detalles.

Jill experimentó un repentino y tembloroso alivio. Por temperamento había enterrado toda preocupación relativa a su propio bienestar una vez tomada su decisión; no obstante, en lo más profundo de ella había sentido un enorme peso, debido a lo que le había hecho a su hasta entonces excelente carrera profesional.

—¡Oh, Jubal, muchas gracias! —dijo, y añadió—. En realidad todavía no he cometido ninguna falta: hoy era mi día libre.

—Estupendo. Entonces queda cubierta como por una tienda. ¿Qué desea hacer ahora?

—Todavía no he tenido tiempo para reflexionar. Oh, supongo que deberé ponerme en contacto con mi banco y conseguir algo de dinero… —hizo una pausa mientras intentaba recordar cuál era el saldo de su cuenta. Nunca había sido abundante, y a veces olvidaba…

Jubal cortó en seco sus pensamientos.

—Si se pone en contacto con su banco, pronto va a tener polis saliéndole por las orejas. ¿No sería mejor que se quedara aquí hasta que las cosas se calmaran?

—Oh, Jubal, no quisiera abusar de su amabilidad.

—En realidad ya lo ha hecho. No se preocupe por ello, chiquilla. Siempre hay invitados por aquí, yendo y viniendo…, hubo una familia que se quedó diecisiete meses. Pero nadie abusa de mí en contra de mi volun tad, así que relájese. Si resulta que es usted útil además de ornamental, puede quedarse para siempre. Ahora hablemos de nuestro paciente: dijo usted que deseaba que se respetasen sus «derechos». Supongo que esperaba mi ayuda en eso, ¿no?

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4

Bola alta, en inglés. Es el nombre de un cóctel. (N. del Rev.)