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—No estoy segura de que pueda, todavía. Pero me gustaría lavarme. Pensé que sería mejor no usar la ducha mientras no estuviera usted aquí, por si la tienen controlada.

—Bien pensado. Adelante.

Ella se frotó el muslo inerte, la tela negra pegajosa de sangre.

—Esto… ¿tiene una buena muda de ropa para mí? Ésta está hecha una porquería. Además, era de Vorrutyer. Tiene hedor psíquico.

—Cierto. —Su rostro se ensombreció—. ¿Esa sangre es suya?

—Sí, Vorrutyer jugó a los médicos. No duele. No tengo nervios aquí.

—Mm. —Vorkosigan se acarició su propia cicatriz y sonrió un poco—. Sí, creo que tengo lo adecuado para usted.

Abrió uno de sus cajones con un código de ocho dígitos y, para asombro de Cordelia, sacó del fondo la ropa de faena de Exploración que ella había dejado en la General Vorkraft, ahora limpia, zurcida, planchada y perfectamente doblada.

—No tengo las botas, y las insignias están obsoletas, pero imagino que le vendrán bien —observó Vorkosigan tímidamente, entregándoselas.

—Usted… ¿guardó mi ropa?

—Ya lo ve.

—Santo cielo. Pero… ¿por qué?

Él hizo una mueca triste.

—Bueno… fue todo lo que dejó usted. Aparte de la lanzadera que abandonaron ustedes en tierra, que sería un recuerdo bastante embarazoso.

Ella pasó la mano por la ropa parda, sintiéndose tímida de pronto. Pero justo antes de desaparecer en el cuarto de baño con las ropas y un botiquín de primeros auxilios, dijo bruscamente:

—Todavía tengo en casa mi uniforme barrayarés. Envuelto en papel, en un cajón. —Hizo un gesto firme con la cabeza; los ojos de él se iluminaron.

Cuando Cordelia salió de la ducha, la habitación estaba tenuemente iluminada y tranquila, a excepción de una luz sobre el escritorio donde Vorkosigan estaba estudiando un disco en su interfaz informática.

Cordelia saltó a la cama y se sentó de nuevo con las piernas cruzadas, meneando los dedos descalzos.

—¿Qué es todo eso?

—Trabajo. Es mi función oficial como miembro del personal de Vorrutyer… del difunto almirante Vorrutyer. —Sonrió un poco mientras se corregía, como el famoso tigre del poemita cuando regresaba de cabalgar con la damisela en la panza—. Tengo que planificar y mantener al día las órdenes de contingencia, por si nos vemos obligados a replegarnos. Como dijo el emperador en la reunión del Consejo, ya que yo estaba tan convencido de que iba a ser un desastre, bien podía encargarme de los planes de contingencia. En este momento soy considerado una especie de quinta rueda.

—Las cosas van bien para su bando, ¿no? —preguntó ella, deprimida.

—Nos estamos extendiendo demasiado. Algunos consideran eso un progreso. —Introdujo nuevos datos, y luego desconectó el ordenador.

Ella intentó apartar el tema de conversación del peligroso presente.

—¿Deduzco que entonces no le acusaron de traición? —preguntó, pensando en su última conversación, tan lejos en el tiempo ya, en otro mundo.

—Ah, en eso quedamos en tablas. Me mandaron regresar a Barrayar después de que usted escapara. El ministro Grishnov (el jefe de Educación Política, y el tercero en el poder después del emperador y el capitán Negri) estaba prácticamente babeando, tan convencido se hallaba de que por fin me tenía. Pero mi caso contra Radnov era intachable.

»El emperador intervino antes de que llegáramos a las manos, y forzó a un compromiso, o más concretamente a una suspensión. No me han llegado a declarar inocente, los cargos están todavía pendientes en algún limbo legal.

—¿Cómo lo logró?

—Juegos malabares. Dio a Grishnov y a todo el partido de la guerra cuanto pedían, todo el plan de Escobar en bandeja y más. Les dio al príncipe. Y todo el crédito. Después de la conquista de Escobar, Grishnov y el príncipe piensan que serán cada uno de ellos el gobernante de facto de Barrayar.

»Incluso hizo que Vorrutyer se tragara mi ascenso. Recalcó que me tendría directamente a sus órdenes. Vorrutyer vio la luz de inmediato. —Los dientes de Vorkosigan destellaron ante algún recuerdo doloroso, y su mano se abrió y se cerró una vez, inconscientemente.

—¿Cuánto tiempo hace que le conoce? —preguntó ella con cautela, pensando en el insondable pozo de odio en el que había caído.

Él apartó la mirada.

—Fuimos a la academia, y nos graduamos juntos como tenientes, cuando él no era más que un voyeur corriente. Empeoró, según tengo entendido, en los últimos años, desde que empezó a asociarse con el príncipe Serg, y llegó a pensar que podría salir de rositas con todo. Dios nos ayude, casi tenía razón. Bothari ha hecho un gran servicio público.

Lo conocías mejor que eso, pensó Cordelia. ¿Era ésa tu infección de la imaginación, tan dura de combatir? Bothari ha hecho un gran servicio privado, también, según parece…

—Hablando de Bothari. La próxima vez, sédelo usted. Se puso como loco cuando me acerqué con la ampolla.

—Ah. Sí. Creo que comprendo por qué. Estaba en uno de los informes del capitán Negri. Vorrutyer tenía la costumbre de drogar a sus, uh, jugadores, con diversos productos, porque quería tener un espectáculo mejor. Estoy seguro de que Bothari fue una de sus víctimas.

—Repugnante. —Cordelia se sintió enferma. Sus músculos se agarrotaron en el costado dolorido—. ¿Quién es ese capitán Negri del que no para de hablar?

—¿Negri? No le gusta llamar la atención, pero no es ningún secreto. Es el jefe del equipo de seguridad personal del emperador. El jefe de Illyan. Lo llaman el familiar de Ezar Vorbarra.

»Si consideramos que el Ministerio de Educación Política es la mano derecha del emperador, entonces Negri es la izquierda, la que no se permite que conozca la derecha. Se encarga de la seguridad interna en los más altos niveles… los jefes de ministerios, los condes, la familia del emperador, el príncipe… —Vorkosigan frunció el ceño, introspectivo—. Llegué a conocerlo bastante bien durante los preparativos de esta pesadilla estratégica. Un tipo curioso. Podría tener el rango que quisiera. Pero las formalidades no le importan. Sólo le interesa la sustancia.

—¿Es un buen tipo o un mal tipo?

—¡Qué pregunta tan absurda!

—Pensé que podría ser el poder detrás del trono.

—Difícilmente. Si Ezar Vorbarra dijera «Eres una rana», él saltaría y croaría. No. Sólo hay un emperador en Barrayar, y no permite que haya nadie tras él. Todavía recuerda cómo llegó al poder.

Ella se desperezó y dio un respingo al notar el dolor de su costado.

—¿Algo va mal? —preguntó él, preocupado al instante.

—Oh, Bothari me golpeó con la rodilla, cuando le apliqué el sedante. Pensé que iban a oírnos. Me asusté de muerte.

—¿Puedo echarle un vistazo?

Sus dedos recorrieron lentamente sus costillas. Sólo en la imaginación de Cordelia dejaron un rastro de luz de arco iris.

—Ay.

—Sí. Tiene dos costillas rotas.

—Eso pensaba. Tengo suerte de que no fuera el cuello.

Cordelia se tendió, y él se las vendó con tiras de ropa, y luego se sentó junto a ella en la cama.

—¿Ha pensado alguna vez en mandarlo todo a paseo y marcharse a algún sitio donde nadie lo moleste? —preguntó Cordelia—. A la Tierra, por ejemplo.

Él sonrió.

—A menudo. Incluso tuve la pequeña fantasía de emigrar a la Colonia Beta y plantarme ante el umbral de su puerta. ¿Tiene usted umbral en la puerta?

—No exactamente, pero continúe.

—No puedo imaginar con qué me ganaría allí la vida. Soy estratega, no técnico ni navegante ni piloto, así que no podría entrar en su flota mercante. Difícilmente me aceptarían en el Ejército, y no me veo presentándome a ningún cargo político.