Asumiendo que ella simplemente tenía la mirada vidriosa por el hambre, él dijo, -Si tenemos suerte, ellos tendrán cranachan [7]. Usted nunca probará un budín más fino.
Ella no replicó nada, entonces él se encogió de hombros y se metió el resto del haggis en la boca. Jesús, whisky y Robert Bruce, sabía bien. No se había dado cuenta de cuan hambriento había estado, y realmente no había nada tan bueno como el haggis. Margaret no tenía idea de lo que se perdía.
Hablando de Margaret… la miró. Ella estaba ahora bizqueando hacia la ventana. Angus se preguntó si ella necesitaba gafas.
– Mi mamá hacía el cranachan más dulce a este lado del Loch [8] Lomond, -dijo, calculando que uno de ellos debía mantener la conversación. -Nata, harina de avena, azúcar, ron. Se me hace agua la boca solamente…
Margaret jadeó. Angus dejó caer su tenedor. Algo en el sonido de su aliento precipitándose por sus labios hizo que corriera un frío por su sangre.
– Edward, -susurró ella.
Entonces su semblante cambió de la sorpresa a algo considerablemente más negro, y con un ceño que habría vencido el monstruo del Loch Ness, ella se paró rápidamente y salió furiosa de la estancia.
Angus apoyó su tenedor y gimió. El dulce aroma del cranachan llevado por el aire desde la cocina. Angus quiso golpear su cabeza contra la mesa por la frustración.
¿Margaret? (Él miró la puerta por la cual ella acababa de salir.)
¿O cranachan? (Él miró con ansia a la puerta a la cocina.)
¿Margaret?
¿O cranachan?
– Maldición, -refunfuñó, parándose. Iba a tener que ser Margaret.
Y mientras iba alejándose del cranachan, él tenía la siniestra sensación de que su opción de algún modo había sellado su destino.
Capítulo 4
La lluvia había disminuido, pero el aire húmedo de la noche era una bofetada en el rostro, no obstante, Margaret salió precipitadamente por la puerta delantera de The Canny Man. Miró frenéticamente alrededor, torciendo su cuello a la derecha y a la izquierda. Ella había visto a Edward por la ventana. Estaba segura de ello.
Por el rabillo del ojo, vio a una pareja moverse rápidamente a través de la calle. Edward. El pelo rubio oro del hombre era una completa revelación.
– ¡Edward! -lo llamó, apresurándose en su dirección. -¡Edward Pennypacker!
Él no dio ningún indicio de haberla oído, entonces ella recogió sus faldas y corrió por la calle, gritando su nombre mientras cerraba la distancia entre ellos.
– ¡Edward!
Él giró.
Y ella no lo conocía.
– L…l…lo lamento tanto, -tartamudeó, tropezando un paso. -Lo confundí con mi hermano.
El atractivo hombre rubio inclinó su cabeza gentilmente.
– Está todo bien…
– Es una noche brumosa, -explicó Margaret, -y yo estaba mirando por la ventana…
– Le aseguro que no ha hecho ningún daño. Pero si usted me disculpa -el joven puso su brazo alrededor del hombro de la mujer a su lado y la arrastró cerca -mi esposa y yo debemos continuar con nuestro camino.
Margaret asintió y los miró desaparecer alrededor de la esquina. Ellos eran recién casados. Por la forma en que su voz se había calentado al decir la palabra "esposa", ella sabía que tenía que ser así.
Estaban recién casados, y como todos los demás aquí en Gretna Green, ellos probablemente se habían fugado para casarse, y sus familias probablemente estaban furiosas con ellos. Pero se veían tan felices, y Margaret de repente se sintió insoportablemente cansada, y desolada, y vieja, y todas aquellas cosas tristes, solitarias que nunca pensó que sería.
– ¿Tuvo que irse justo antes del pudín?
Ella parpadeó y giró. Angus -¿cómo demonios un hombre tan grande se mueve tan silenciosamente?- surgía sobre ella, con los brazos en jarras, el ceño fruncido. Margaret no dijo nada. No tenía la energía para decir algo.
– Asumo que no era su hermano el que usted vio.
Ella sacudió la cabeza.
– ¿Entonces por el amor de Dios mujer, podemos terminar nuestra comida?
Una sonrisa bailaba de mala gana a través de sus labios. Ninguna recriminación, ningún -Es usted estúpida mujer, ¿por qué fue a escaparse en la noche?. Solamente -¿podemos terminar nuestra comida?.
Qué hombre.
– Sería una buena idea, -contestó ella, tomando su brazo cuando él lo ofreció. -Y hasta podría probar el haggis. Solo una muestra usted sabe. Estoy segura de que no va a gustarme, pero como usted dijo, es sólo cortés intentarlo.
Él levantó una ceja, y algo en su rostro, con aquellas grandes, espesas cejas, ojos oscuros, y la nariz ligeramente torcida, hizo que el corazón de Margaret se salteara dos latidos.
– Och, -le concedió, dando un paso hacia la posada. -¿No van a cesar nunca las maravillas? ¿Me está diciendo que en realidad me escuchaba?
– ¡Escucho casi todo que dice!
– Usted sólo se está ofreciendo a intentar el haggis porque sabe que comí su porción.
El rubor de Margaret la delató.
– ¡Ahá!. -Su sonrisa era sin duda lobuna. -Solo por eso, voy a hacerle comer hugga-muggie mañana.
– ¿No puedo intentar solamente el cranopoly del cual usted hablaba? ¿El que tiene la nata y el azúcar?
– Se llama cranachan, y si procura no fastidiarme el camino entero hacia la posada, yo podría estar dispuesto a pedirle al Sr. McCallum que le sirva un poco.
– Och, usted siempre tan bondadoso -dijo ella sarcásticamente.
Angus hizo un alto.
– ¿Precisamente dijo usted "och"?
Margaret parpadeó por la sorpresa.
– No lo sé. Podría haberlo hecho.
– Jesús, whisky y Robert Bruce, usted comienza a sonar como una escocesa.
– ¿Por qué sigue diciendo eso?
Era el turno de él de parpadear por la sorpresa.
– Estoy completamente seguro de que nunca la confundí a usted con un escocés hasta este mismo momento.
– No sea obtuso. Quise decir el trozo sobre el hijo de Dios, licores paganos, y su héroe escocés.
Él se encogió de hombros y empujó la puerta de The Canny Man.
– Es mi pequeña plegaria.
– De algún modo, dudo que su vicario encontrara esto particularmente sacrosanto.
– Los llamamos ministros por aquí, y ¿quién demonios piensa usted que me lo enseñó?
Margaret casi tropezó mientras ellos entraban de nuevo en el pequeño comedor.
– Usted bromea.
– Si planea pasar algo de tiempo en Escocia, va tener que aprender que somos gente más pragmática que vosotros los de climas más cálidos.
– Nunca he escuchado "los de climas más cálidos" utilizado como un insulto, -murmuró Margaret, -pero creo que usted acaba de conseguirlo.
Angus apartó la silla para ella, se sentó él mismo, y luego siguió con su pontificación.
– Cualquier hombre merecedor del pan que come rápidamente aprende que en tiempos de gran necesidad, debe regresar a las cosas en las que puede confiar, cosas de las que puede depender.
Margaret lo miró fijamente con una mezcla de incredulidad y repugnancia.
– ¿De qué habla usted?
– Cuando siento la necesidad de convocar un poder superior, digo, "Jesús, whisky, y Robert Bruce". Tiene sentido.
– Usted está loco de atar.
– Si yo fuera un hombre menos tolerante, -dijo él, haciéndole señas al posadero para que trajera algo de queso, -podría tomarlo como una ofensa.
– No puede rezarle a Robert Bruce, -persistió ella.
– Och, y ¿por qué no? Estoy seguro de que él tiene más tiempo para cuidarme que Jesús. Después de todo, Jesús tiene a todo el puñetero mundo para cuidar, hasta sassenachs como usted.
– Se equivoca, -dijo Margaret firmemente, negando con su cabeza junto con sus palabras. -Es sencillamente incorrecto.