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– ¿Por qué? -ella gimió. -¿Por qué?

– ¿Por qué no soy un experto? -él repitió, parpadeando en una manera algo confusa. -No estaba bajo la impresión de que usted pensaba que yo había recibido entrenamiento médico, pero la verdad es que, soy más un agricultor que cualquier otra cosa. Un caballero agricultor, puede estar segura…

– ¿Por qué me tortura? -gritó.

– ¿Por qué piensa usted, señorita Pennypacker, que eso es lo que hago?

Ella arrebató su mano de su apretón.

– Juro por Dios, no sé por qué estoy siendo castigada de este modo. No puedo imaginarme que pecado he cometido para garantizar tal…

– Margaret, -dijo enérgicamente, cortando su discurso con el empleo de su nombre de pila, -quizás está exagerando demasiado este asunto.

Ella se quedó parada, apenas moviéndose, al lado de la cómoda, durante todo un minuto. Su aliento era desigual, y tragaba más que lo normal, y luego ella comenzó a parpadear.

– Oh, no, -dijo Angus, cerrando sus ojos en agonía. -No llore.

Sniff

– No voy a llorar.

Él abrió sus ojos.

– Jesús, whisky y Robert Bruce, -murmuró. Ella ciertamente lo miró como si fuera a llorar. Él carraspeó. -¿Está segura?

Ella cabeceó, una vez, pero firmemente. -Nunca lloro.

Él suspiró sentido suspiro de alivio.

– Bien, porque nunca sé que hacer cuando… oh!, maldita sea, está llorando.

– No. No… lo… estoy. -Cada palabra salió como una pequeña oración propia, puntuada por unos ruidosos jadeos.

– Alto, -rogó, cambiando torpemente de un pie al otro. Nada lo hacía sentir más incompetente e incómodo, que las lágrimas de una mujer. Peor, él estaba bastante seguro de que esta mujer no había llorado en más de una década. Y peor aún, él era la causa.

– Todo lo que quería hacer… -jadeó. -Todo lo que quería hacer…

– ¿Era…? -incitó, desesperado por mantenerla conversando, cualquier cosa con tal de impedirle que llorase.

– Detener a mi hermano. -Ella tomó un profundo, estremecido suspiro y se dejó caer sobre la cama. -Sé que es lo mejor para él. Sé que suena condescendiente, pero de verdad lo sé. He estado cuidando de él desde que tenía yo diecisiete años.

Angus cruzó la habitación y se sentó al lado de ella, pero no tan cerca para ponerla nerviosa.

– ¿De verdad? -preguntó suavemente. Él supo desde el momento en que ella le pegó un rodillazo en la ingle a ese hombre que no era una mujer corriente, pero estaba empezando a comprender que ella era más que un carácter obstinado y un ingenio rápido. Margaret Pennypacker se preocupaba profundamente, era leal hasta el defecto, y daría su vida por aquellos que amaba sin un segundo de vacilación.

Ese entendimiento lo hizo sonreír irónicamente -y al mismo tiempo lo aterrorizó hasta el fondo de su corazón. Porque en términos de lealtad, preocupación y devoción familiar, Margaret Pennypacker podría haber sido una versión femenina de él. Y Angus nunca antes había conocido a una mujer que igualase esas normas que él se había impuesto.

Ahora que la había conocido, bien, ¿qué era lo que iba a hacer con ella?

Ella interrumpió sus pensamientos con una muy ruidosa sorbida. -¿Me está usted escuchando?

– Su hermano, -apuntó.

Ella asintió y suspiró. Entonces de pronto alzó la vista de su regazo y volvió su mirada fija sobre él.

– No voy a llorar.

Él acarició su hombro.

– Desde luego que no.

– Si él se casa con alguna de esas horribles muchachas, su vida estará arruinada para siempre.

– ¿Está usted segura? -Angus preguntó con delicadeza. Las hermanas tenían un modo de pensar que ellas sabían que era lo mejor.

– ¡Una de ellos aún no conoce el alfabeto entero!

Él hizo un sonido que salió más bien como -Eeee, -y su cabeza se echó atrás con piedad. -Eso es malo.

Ella asintió otra vez, esta vez con más vigor.

– ¿Ve usted? ¿Ve lo que quiero decir?

– ¿Cuántos años tiene su hermano?

– Él sólo tiene dieciocho.

Angus resopló.

– Entonces usted tiene razón. Él no tiene ni idea de lo que está haciendo. Ningún muchacho de dieciocho la tiene. Pensando en ello, ninguna muchacha de dieciocho, tampoco.

Margaret cabeceó su acuerdo.

– ¿Es esa la edad de su hermana? ¿Cuál es su nombre? ¿Anna?

– Sí, a ambas preguntas.

– ¿Por qué la persigue? ¿Qué hizo?

– Se escapó a Londres.

– ¿Sola? -preguntó Margaret, claramente horrorizada.

Angus la observó con una expresión perpleja.

– ¿Podría recordarle que usted se dirigió a Escocia por sí misma?

– Bien, sí, -balbuceó, -pero eso es completamente diferente. Londres es… Londres.

– Por así decirlo, ella no está completamente sola. Ella robó mi carruaje y tres de mis mejores criados, uno de ellos es un antiguo pugilista, que es la única razón de que no esté aterrorizado ahora mismo.

– ¿Pero qué planea hacer?

– Acudir ella misma con mi tía abuela. -Él se encogió de hombros. -Anna quiere una temporada.

– ¿Y hay alguna razón por la cual ella no pueda tenerla?

La expresión de Angus se puso severa.

– Le dije que ella podría tener una el próximo año. Hemos estado renovando nuestra casa, y estoy demasiado ocupado como para dejar todo e ir directamente a Londres.

– Ah.

Sus manos fueron a sus caderas.

– ¿Qué significa, ah?

Ella movió sus manos en un gesto que era de algún modo de desaprobación y sabiondo, todo en uno.

– Solamente que me parece que está poniendo sus necesidades antes que las de ella.

– ¡No hago tal cosa! No hay ninguna razón por la que ella no pueda esperar un año. Usted, usted misma, convino que las personas de dieciocho años no saben nada.

– Usted probablemente tiene razón, -estuvo de acuerdo, -pero es diferente para los hombres y las mujeres.

Su cara se acercó una fracción de pulgada [4] a la suya.

– ¿Le gustaría explicar cómo?

– Supongo es verdad que las muchachas de dieciocho años no saben nada. Pero los muchachos de dieciocho años saben menos que nada.

Para su sorpresa, Angus comenzó a reírse, cayendo en la cama y sacudiendo el colchón con sus risitas ahogadas.

– Oh, me debería sentir insultado, -jadeó él, -pero temo que usted tenga razón.

– ¡Sé que tengo razón! -replicó, con una sonrisa furtiva.

– Ah!! querido Señor, -él suspiró. -Qué noche. Qué lamentable, miserable y maravillosa noche.

Margaret levantó la cabeza ante sus palabras. ¿Qué quiso decir él con eso?

– Sí, lo sé, -dijo, con vacilación, ya que ella no estaba segura de con qué estaba de acuerdo. -Es una porquería. ¿Qué deberíamos hacer?

– Unir fuerzas, supongo, y buscar a nuestros errantes hermanos inmediatamente. Y en cuanto a esta noche, puedo dormir en el suelo.

Una tensión que Margaret no se había dado cuenta que cargaba se deslizó fuera de ella.

– Gracias, -dijo ella dijo con gran sentimiento. -Aprecio su generosidad.

Él se incorporó. -Y usted, mi querida Margaret, va tener que disfrutar de la vida de una actriz. Al menos por un día.

¿Una actriz? ¿No andaban ellas por todas partes a medio vestir tomando amantes? Margaret cogió aliento, sintiendo sus mejillas -y algunas muchas otras partes- ponerse calientes.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó, tan horrorizada que pareció sin aliento.

– Simplemente que si usted quiere comer esta noche -y estoy bastante seguro habrá más que haggis en el menú, de manera que puede respirar tranquila en ese sentido- entonces tendrá que pretender ser Lady Angus Greene.

Ella frunció el ceño.

– Y, -añadió él haciendo girar sus ojos, -usted va tener que fingir que la situación no es tan desagradable. Después de todo, nos arreglamos para hacer un bebé. No podemos desagradarnos demasiado.

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[4] Nota de la traductora: vale 2.54 cm.