– Me parece lógico. Yo habría llegado a la misma conclusión.
Ella sonrió con tristeza.
– Gracias. La mayoría de las veces, cuando me planteaba contarle todo esto a alguien, pensaba que creerían que estaba loca, que me lo inventaba todo. Y entonces…
– ¿Y entonces?
– Retiraba el ladrillo, lo justo para comprobar que los diarios seguían ahí y decirme que no estaba loca.
– ¿Cuándo fue la última vez que lo comprobó?
– El día en que desenterraron a su hermano y descubrieron que en su tumba había otra persona. Ese día pensé: «Tengo que contarlo. Alguien me creerá».
– Y ¿por qué no lo hizo? -preguntó él con amabilidad.
– Porque soy una cobarde. Esperaba que uno de ustedes lo descubriera, que vinieran y me obligaran a contarlo; así podría decirme a mí misma que no había tenido elección. Y por culpa de no haberlo contado en su momento, ahora esas mujeres están muertas. -Ella levantó la cabeza; tenía los ojos llenos de lágrimas-. Tendré que vivir con ese peso el resto de mis días. Seguro que no tiene ni idea de lo que supone una cosa así.
«Se sorprendería.»
– Ahora me lo ha contado; eso es lo que importa.
Ella pestañeó, y cuando las lágrimas rodaron por sus mejillas se las enjugó.
– Prestaré declaración.
– Gracias, señora O'Brien. ¿Sabe algo de alguna llave?
– Sí. Simon tomó fotos de todas las agresiones. Si uno lo contaba, caerían todos, y las fotos los obligaban a ser «honestos». Simon las guardó como garantía. Él no participó en las violaciones, solo tomó las fotos.
– ¿Y las llaves?
– Simon guardaba las fotos en una caja fuerte del banco. Era una caja especial y para abrirla hacían falta dos llaves. Simon tenía una y todos los demás tenían una copia de la otra; así el poder estaba repartido. La primera vez que dieron por muerto a Simon, Jared temía que todo acabara saliendo a la luz. Pero pasó el tiempo y no encontraron ninguna llave. ¿Por qué? ¿La tiene usted?
Daniel dejó la pregunta sin responder y formuló otra:
– ¿Encontró usted la llave de Jared?
– No, pero la dibujó en su diario, como si la hubiera perfilado.
– ¿Decía Jared a qué nombre estaba registrada la caja fuerte? -quiso saber Daniel, y contuvo el aliento hasta que ella asintió.
– Charles Wayne Bundy. Recuerdo que me sentí horrorizada. Y recuerdo que pensé que era importante retener esa información por si alguna vez me presionaban para que hablara, que tal vez eso les garantizara protección a mis hijos. Pero usted eso ya me lo había prometido así que… ahí lo tiene.
«Charles Manson. John Wayne Gacy. Y Ted Bundy.» Todo cuadraba. Simon se había sentido fascinado por los asesinos en serie desde la adolescencia, y había copiado sus obras. Susannah había descubierto los dibujos ocultos debajo de su cama hacía muchos años. Aquello era un auténtico tesoro. Si Simon había tomado fotos que delataban a los violadores para asegurarse de que cumplirían su parte del trato, Daniel obtendría las pruebas que necesitaba con solo acceder al contenido de la caja fuerte.
– ¿Tiene alguna idea de dónde puede estar escondido Mack?
– Si la tuviera, se lo diría. Sé que no está en su vieja casa, la derribaron mientras él estaba en la cárcel.
Daniel arqueó las cejas.
– ¿Por qué?
– Alguien entró y lo destrozó todo; las paredes, el suelo. Lo que quedaba no valía la pena mantenerlo en pie.
Daniel pensó en la casa de Alex.
– Estaban buscando la llave.
– Es probable. Rob Davis sacó provecho de ello. Cuando hubieron derribado la casa, compró el terreno a un precio irrisorio y construyó un almacén para la fábrica de papel. No me imagino a Mack escondiéndose allí; lo usan a diario.
De todos modos, lo comprobaría. Tenían que encontrar a Mack O'Brien antes de que volviera a matar. Además, solo le hacía falta una orden de registro para averiguar la identidad del último miembro del club de Simon. «La caja fuerte de Charles Wayne Bundy me está esperando.»
– Gracias, señora O'Brien. Me ha ayudado más de lo que cree. Vamos a buscar a sus hijos y luego los llevaremos a un lugar seguro. Después enviaremos a alguien a por sus cosas.
Annette asintió y lo siguió hasta la puerta, y al salir no se volvió a mirar atrás.
Capítulo 23
Arcadia, Georgia, viernes, 2 de febrero, 11.35 horas.
– Todo cuadra -dijo Luke por el altavoz del teléfono del despacho de Chase.
Daniel se encontraba en el despacho del sheriff Corchran, contando la historia de Annette O'Brien mientras aguardaba a que un agente se la llevara junto con sus dos hijos a una casa de incógnito.
– Hemos modificado la orden de busca y captura -explicó Chase-. La junta de libertad condicional nos ha facilitado su ficha; ahora está mucho más fuerte que cuando ingresó en prisión.
– Suele pasar -comentó Daniel en tono grave-. Es posible que también lleve el pelo diferente. De camino al despacho del sheriff Corchran, la señora O'Brien ha recordado que había echado en falta un bote de tinte rubio.
– Volveré a modificar la orden -dijo Luke-. Aquí hay algo más… Mientras cumplía condena, a Mack O'Brien lo destinaron varias veces a desbrozar las carreteras. Formó parte de equipos de limpieza en todas las zonas en las que ha dejado los cadáveres.
– Tenemos que registrar bien la fábrica de papel, sobre todo el almacén que han construido donde antes estaba la casa de los O'Brien.
– Ya he enviado a un equipo hacia allí -explicó Chase-. Se harán pasar por inspectores para no hacer saltar la alarma demasiado pronto. ¿Qué hay de lo de la orden para registrar la caja de seguridad?
– Chloe está en ello. En cuanto terminemos iré a Dutton para poder dirigirme al banco tan pronto como el juez haya firmado la orden. ¿Qué se sabe de Hatton?
– Aún lo están operando -explicó Chase-. Crighton se ha puesto en manos de su abogado; no quiere hablar con nosotros.
– Qué hijo de puta -masculló Daniel-. Ojalá lo trinquen por el asesinato de Kathy Tremaine.
– Después de tanto tiempo… -dijo Luke con cierta indiferencia en la voz-. No creo que eso pase.
– Ya lo sé. Pero al menos así Alex podría dar el asunto por concluido. ¿Ha pedido permiso para verlo?
– No -dijo Chase-. No lo ha mencionado en absoluto. No para de pasearse y de preguntar por Hatton, pero no ha dicho una palabra sobre Crighton.
Daniel suspiró.
– Lo hará cuando se sienta preparada para ello. Me voy a Dutton. Os llamaré en cuanto abra la caja de seguridad. Cruzad los dedos.
Atlanta, viernes, 2 de febrero, 12.30 horas.
Alex se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro del pequeño despacho situado en la parte anterior del edificio.
– Ya tendrían que haber llamado.
– La operación dura un rato -dijo Leigh en tono tranquilizador-. En cuanto Hatton salga del quirófano, llamarán.
Leigh tenía la expresión serena, pero en sus ojos se observaba miedo, y de algún modo eso sirvió para que Alex no se sintiera tan sola. Abrió la boca para decírselo cuando sonó su móvil. El número era de Cincinnati, pero no lo reconocía.
– ¿Diga?
– ¿Es la señorita Alex Fallon?
– Sí -respondió ella en tono cansino-. ¿Quién es usted?
– Soy el agente Morse, de la policía de Cincinnati.
– ¿Qué pasa?