Se respiraba cierta maldad en el ambiente, pensó Daniel. O tal vez todo fueran imaginaciones suyas. Sin embargo, el rostro de Alex había adquirido una expresión incómoda.
– Se percibe una especie de presencia, ¿verdad? -susurró, y él le estrechó la mano.
Susannah se situó frente a la puerta del vestidor. Tenía los brazos estirados y pegados al cuerpo, pero no paraba de abrir y cerrar los puños. Seguía estando pálida; no obstante, irguió la espalda con aire resuelto.
– Puede que esté equivocada. Tal vez aquí no haya nada -dijo, y abrió la puerta. El vestidor estaba vacío, pero ella entró de todos modos-. ¿Sabías que en esta casa había escondrijos, Daniel?
Algo en su tono de voz hizo que a él se le erizara el vello de la nuca.
– Sí. Creía que los conocía todos.
Ella se arrodilló y palpó los rodapiés.
– Encontré uno junto a mi armario una noche, cuando quería esconderme de Simon. Me arrimé a la pared y debí de empujar en el sitio adecuado porque el panel se movió y acabé al otro lado. -Ella no dejaba de palpar mientras hablaba-. Me preguntaba si en todos los vestidores existirían escondrijos como ese. Un día, mientras Simon no estaba, intenté abrir el suyo.
Su tono categórico atenazó el estómago de Daniel.
– Te pilló.
– Al principio pensé que no me descubriría. Lo oí subir la escalera y corrí a mi habitación. Pero lo descubrió -dijo, ahora en tono quedo-. Cuando me desperté con la botella de whisky en la mano estaba en mi escondrijo. Él me metió allí.
Alex pasó la mano por el brazo de Daniel y él se dio cuenta de que la asía con demasiada fuerza. Quiso soltarla, pero ella lo retuvo y lo reconfortó.
Daniel se aclaró la garganta.
– Conocía tu escondrijo.
Susannah se encogió de hombros con tal naturalidad que a Daniel se le rompió el corazón.
– No había ningún lugar donde esconderse -dijo ella-. Después me enseñó la foto que me había hecho con… -Volvió a encogerse de hombros-. Me dijo que lo dejara en paz con sus asuntos. Después de aquello, le hice caso. -Empujó el panel y este cedió-. Cuando murió, solo tenía ganas de olvidarme de todo. -Se inclinó para penetrar en el agujero y luego salió con una caja cubierta de polvo. Luke la tomó y la depositó en la cama de Simon, cuyo colchón también estaba rajado-. Gracias -musitó, y señaló la caja-. Creo que eso es lo que andas buscando.
Ahora que ya las tenía, a Daniel le daba miedo mirarlas. Con el corazón aporreándole el pecho, levantó la tapa. Y le entraron ganas de vomitar.
– Santo Dios -susurró Alex a su lado.
Viernes, 2 de febrero, 14.50 horas.
– Vamos. -Bailey tiró de la mano de la chica y la arrastró por los oscuros pasillos. Beardsley le había indicado que tomara esa dirección; no podía estar equivocado. «Beardsley.» Tenía el corazón en un puño. Él había sacrificado su libertad… «por mí». Ahora iba a morir. «Por mí.»
«Concéntrate, Bailey. Tienes que salir de aquí. No permitas que ese hombre sacrifique su vida en vano. Céntrate y busca la puerta.» Al cabo de unos minutos más, vislumbró luz.
«La luz al final del túnel.» Estuvo a punto de echarse a reír, pero en vez de eso arrastró a la chica con energía renovada. Abrió la puerta. Esperaba oír alguna alarma o ladridos de perros.
Sin embargo, allí solo había silencio. Y aire fresco, y árboles, y sol.
Y libertad. «Gracias, Beardsley.»
Y entonces todas sus esperanzas se frustraron. Frente a ella estaba Frank Loomis. Y tenía una pistola en la mano.
Capítulo 24
Dutton, viernes, 2 de febrero, 14.50 horas.
La caja estaba llena de fotografías y dibujos hechos por Simon. Daniel se percató de que algunas fotos eran idénticas a las que su padre había quemado, pero había muchas más. Cientos de ellas. Muy serio, extrajo un par de guantes de su bolsillo y empezó a sacar las fotografías de la caja. En ellas se veían los rostros de algunos de los jóvenes mientras cometían las obscenidades, y de algún modo habían conseguido que pareciera que algunos de los actos lascivos eran consentidos, tal como había dicho Annette O'Brien. Daniel apretó la mandíbula mientras revolvía cada montón. Ya sabía lo que iba a encontrar, pero la realidad era mucho peor de lo que había imaginado. Observó los rostros de los chicos, horrorizado y materialmente enfermo.
– Se están… riendo -susurró Alex-. Se incitan unos a otros.
Una oleada de ira se abrió paso en su interior, y con ella un genuino deseo de despojar de vida aquellos cuerpos viles y despreciables.
– Jared O'Brien y Rhett Porter. Y Garth Davis -dijo él en tono áspero, y recordó lo preocupado que se había mostrado el alcalde aquella noche en Presto's Pizza mientras le exigía respuestas acerca del hombre que había asesinado a las mujeres de Dutton-. Qué hijo de puta. Estaba en Presto's. Permitió tan tranquilo que Sheila le sirviera la comida sabiendo lo que le había hecho.
– Será un auténtico placer darle a Garth Davis su merecido -comentó Luke con gravedad.
Daniel miró la siguiente fotografía.
– Randy Mansfield. -Pensó en las malas noticias que había recibido de Chase mientras esperaba fuera de la casa a que llegaran Luke, Susannah y Alex. Mansfield había violado a chiquillas. Ahora Daniel sabía que también era un asesino.
A su lado, Alex se estremeció cuando destapó la siguiente fotografía. Era Wade, con Alicia.
– Lo siento -se disculpó Daniel, y colocó la fotografía al final de la pila-. No quería que la vieras.
– Ya la había visto -musitó ella-. En mi imaginación.
Daniel siguió revolviendo las fotos y se paró de golpe cuando vio a Susannah. Joven. Inconsciente. Violada. En un acto reflejo, le dio la vuelta. Y se quedó mirando el dorso de la espantosa foto mientras se debatía en las emociones.
La había dejado allí, sola. Sin protección. Con Simon. Y él… le había hecho aquello. Su agitado estómago empezó a contraerse. Entonces no lo sabía. Claro que eso no cambiaba en nada lo ocurrido. Simon había permitido… No. Simon había animado a aquellos bestias a violar a su propia hermana. «Mi hermana.» Ella estaba asustada; la habían violado. «Y yo no hice nada.»
La bilis le inundaba la garganta y las lágrimas le anegaban los ojos. Se guardó la foto en el bolsillo de la chaqueta, separándola de las otras. Apartó la vista.
– La quemaré -musitó con un hilo de voz-. Lo siento. Dios, Suze. -La voz se le quebró-. Lo siento mucho.
Nadie pronunció una palabra. Entonces Susannah sacó la foto de su bolsillo y la dejó con las otras. La colocó al final del montón, pero dentro de la caja.
– Si tengo que recuperar mi amor propio, tendré que aprender a vivir con eso -dijo con una calma que partió a Daniel por la mitad. Él, incapaz de responder, se limitó a asentir.
Luke se colocó a su lado y le tomó el relevo con las fotografías mientras Daniel recobraba la compostura. Luego Luke y él siguieron trabajando en silencio, y para cuando hubieron terminado habían conseguido identificar a cinco hombres, todos unos monstruos.
– Garth, Rhett, Jared y Randy. -Enumeró Alex en tono quedo-. Y Wade. Solo son cinco.
– El sexto era Simon, que fue quien tomó las fotos -comentó Daniel con una frustración que minaba su autocontrol-. Pero seguimos sin saber quién es el séptimo. Mierda.
– Creía que Annette había dicho que en las fotos salían todos -repuso Alex-. Que así era como Simon los controlaba.
Luke se despojó de los guantes.
– Puede que estuviera equivocada.
– Tenía razón en todo lo demás. -Daniel se esforzó por pensar, por hacer encajar todo lo que sabía-. Pero alguien más tenía las dos llaves de la caja de seguridad; si no, habríamos encontrado las fotos dentro. La última vez que alguien accedió a ella fue seis meses antes de que Simon se marchara, y de eso hace doce años. -Daniel señaló la caja con las fotos-. Estas fotos han estado aquí desde entonces, o sea que para empezar tenemos que suponer que por lo menos había dos copias de cada una.