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«¿Por qué?», le había preguntado ella la noche anterior. En ese momento no tenía respuesta, pero ahora sí. «Porque es mía.» Era una respuesta primaria y quizá muy prematura pero… no importaba. «De momento, es mía. Luego… ya veremos cómo nos va.»

Dio las gracias a los agentes y al hombre que la había apartado de la trayectoria del coche. Avanzó cinco manzanas antes de detener el vehículo junto a la acera, inclinarse hacia Alex y besarla con toda la pasión que había estado conteniendo. Cuando apartó la cabeza, ella exhaló un suspiro.

– Se te da bien -musitó.

– A ti también. -Y volvió a besarla, profundizando más en el beso y prolongándolo. Cuando se incorporó, ella se volvió a mirarlo con los ojos llenos de deseo y de temor.

– ¿Qué quieres de mí, Daniel?

«Todo», quiso decir, pero no lo hizo porque la noche anterior ella había dudado de sus intenciones. En vez de eso le pasó el dedo por los labios, y la sintió temblar.

– No lo sé. Lo que sí sé es que no será nada que tú no quieras y… estés deseosa de ofrecer.

Ella sonrió con tristeza.

– Ya -fue toda su respuesta.

– Te llevaré conmigo a la comisaría. A las dos y media tengo una conferencia de prensa; luego puedo tomarme la tarde libre y acompañarte a casa.

– Detesto que tengas que hacer eso.

– Haz el favor de callarte, Alex. -Imprimió suavidad a sus palabras para que no resultaran hirientes.

Ella se estremeció con un movimiento casi imperceptible. -¿Qué pasa? -quiso saber él-. ¿Alex?

Ella suspiró.

– En mis sueños oigo gritos. Y también los oigo cuando me pongo nerviosa, como hace un momento. -Lo miró con temor-. Seguro que piensas que estoy loca.

– Qué dices, no estás loca. Además, algunos gritos eran reales. Yo también los he oído antes de perder la conexión de tu móvil.

– Gracias. -Su sonrisa denotaba que desaprobaba su propia conducta-. Necesitaba oír eso.

Ella le había explicado que la noche anterior había estado soñando. «O sea que estabas allí.»

– Cuando oyes los gritos, ¿qué haces?

Ella encogió un hombro y apartó la mirada.

– Me concentro y hago que paren.

Daniel recordó el consejo que había dado a la niña en el centro de acogida.

– ¿Los encierras en el armario?

– Sí -admitió avergonzada.

Él le sujetó el rostro con la mano y le acarició la sonrojada mejilla con el pulgar.

– Debe de necesitarse mucho poder mental para hacer eso. Yo me sentiría agotado.

– No te imaginas lo que cansa. -Su voz se tornó más serena-. Tenemos que marcharnos. A ti te reclama el trabajo y yo tengo demasiadas cosas que hacer para quedarme aquí sentada y compadecerme. -Alzó la barbilla para apartarse de él-. Por favor.

Estaba aterrorizada, y era lógico que lo estuviera. Alguien había intentado matarla. La certeza atenazaba las entrañas de Daniel. No pensaba permitir que se desplazara sola de aquí para allá, no mientras a él le quedara aliento. Sin embargo, decidió posponer esa discusión. Se la veía frágil, por mucho que alzara la barbilla como si fuera un boxeador profesional desafiando a su contrincante.

Sin decir nada más, Daniel puso en marcha el motor del coche y se incorporó a la circulación.

Capítulo 9

Atlanta, martes, 30 de enero, 14.15 horas.

Había guardado su bolso en el maletero del coche y se había llevado las llaves. Alex se removió en la silla de la sala de espera de la oficina del GBI mientras trataba de no enfadarse ante los torpes intentos de Daniel por protegerla, consciente de que se le estaba acabando el tiempo.

Meredith se marcharía al cabo de pocas horas y ella todavía no había podido ir al parvulario de Hope ni hablar con Sissy, la amiga de Bailey. Al día siguiente no tendría ninguna posibilidad de buscar a su hermanastra. De momento no había llegado a ninguna conclusión, excepto que la gente de Atlanta adoraba a Bailey. En cambio la gente de Dutton la odiaba. La última persona que la había visto era Hope, y no hablaba.

El último lugar donde habían visto a Bailey era su antigua casa. «Tienes que entrar, Alex -se dijo-. Da igual lo que te cueste. Eres idiota por no haber entrado antes.»

Claro que alguien había tratado de matarla y no pensaba desatender la advertencia de Daniel en cuanto a no acudir sola a casa de los Crighton. «No soy una cobarde obsesiva pero tampoco soy imbécil.»

Sin embargo, llegaba tarde.

– Perdón -dijo a Leigh, la secretaria-. ¿Sabe cuánto tardará el agente Vartanian? Tiene las llaves de mi coche.

– No lo sé. Había tres personas esperándolo cuando ha llegado y dentro de unos minutos está prevista una conferencia de prensa. ¿Quiere que le traiga un vaso de agua o algo de comer?

A Alex le sonaron las tripas al oír mencionar la comida y recordó que no había tomado nada desde primera hora de la mañana.

– La verdad es que me muero de hambre. ¿Hay alguna cafetería cerca?

– A estas horas está cerrada, hace más de una hora que ya no sirven comida. Tengo unas barritas de queso y unos cuantos botellines de agua en mi escritorio. No es gran cosa, pero vale más eso que nada.

Alex estuvo a punto de rechazar el ofrecimiento, pero la sensación del estómago vacío pudo más que su intención.

– Gracias.

Leigh deslizó el agua y las barritas por encima del mostrador con una sonrisa.

– No vaya diciendo por ahí que la tenemos a pan y agua, ¿de acuerdo?

Alex le devolvió la sonrisa.

– Prometido.

La puerta se abrió tras ella y un hombre alto y delgado con gafas de montura metálica se dirigió a los despachos sin detenerse.

– ¿Ha vuelto Daniel?

– Sí, pero… Espera, Ed. -Leigh lo interrumpió-. Está con Chase y -dirigió una mirada a Alex-… unas cuantas personas más. Tienes que esperarte aquí.

– Esto no puede esperar. Yo… -dejó la frase sin terminar-. Usted es Alex Fallon -dijo, extrañado.

Alex asintió mientras tenía la impresión de ser la última adquisición del zoológico.

– Sí.

– Yo soy Ed Randall, de la policía científica. -Se estiró por encima del mostrador para estrecharle la mano y entonces se percató del vendaje-. Por lo que se ve ha tenido un accidente.

– A la señorita Fallon ha estado a punto de atropellada un coche esta tarde -explicó Leigh en tono quedo, y la expresión de Ed Randall cambió de repente.

– Dios mío. -Apretó la mandíbula-. Pero no está herida, ¿no? Aparte de lo de las manos, quiero decir.

– No. Un desconocido con buenos reflejos me apartó de en medio de un empujón.

Leigh desenroscó el tapón de la botella de agua para Alex.

– No tardarán en terminar, Ed. Tienen una conferencia de prensa en menos de veinte minutos. Si yo fuera tú, esperaría; en serio.

Alex tomó las barritas y el agua, y volvió a sentarse para dejar que aquel par se despachara a sus anchas. No había reconocido al hombre que estaba esperando cuando entraron. No paraba de andar de un lado a otro, nervioso, y estuvo a punto de abalanzarse sobre Daniel exigiendo «respuestas».

Se abrió una puerta por detrás del mostrador y por ella salieron Daniel y su jefe con el hombre nervioso y dos más. El hombre nervioso tenía un aspecto ceniciento, de lo que se deducía que las noticias no eran precisamente buenas.

– Lo siento, señor -dijo Daniel-. Lo llamaremos en cuanto tengamos más información. Ya sé que en estos momentos eso no le sirve de consuelo, pero estamos haciendo todo cuanto podemos.

– Gracias. ¿Cuándo podré…? -La voz del hombre se quebró y por primera vez en todo el día las lágrimas afloraron a los ojos de Alex. Apretó los labios y se esforzó por ocultar la súbita oleada de compasión que la invadía.