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– Eres la segunda persona que hoy me pregunta si han abusado de mí. No sé qué responder excepto que no recuerdo que me haya sucedido nada parecido, pero tampoco recuerdo la noche en que ella murió. Empecé a encontrarme mal cuando volvía de la escuela y en cuanto llegué a casa me metí en la cama. Lo siguiente que recuerdo es que por la mañana mi madre me despertó y me preguntó dónde estaba Alicia, pero no sangraba ni había ninguna botella de whisky. Creo que debe de resultar difícil olvidar detalles como esos.

Durante un momento los dos guardaron silencio. Luego Alex alzó la barbilla.

– No me has enseñado la foto de Alicia -dijo.

Él la miró horrorizado.

– ¿Quieres verla?

Ella se apresuró a negar con la cabeza.

– No. Pero había un rasgo que nos diferenciaba. -Se levantó la pernera izquierda de los pantalones-. ¿Puedes verlo a través del calcetín?

Daniel se inclinó sobre el cambio de marchas.

– Es un tatuaje, una oveja. Dijiste que Bailey llevaba uno. No, espera, dijiste que lo llevabais las tres; lo dijiste el lunes por la mañana, cuando viste el cadáver de Janet.

– Es un corderito, nos parecía más tierno que una oveja. Mi madre siempre decía que éramos sus tres ovejitas: Bailey y las dos hermanas Alicia y Alex. B-he-he. ¡Bee! El día en que cumplíamos dieciséis años a Alicia se le ocurrió lo de los tatuajes. Mirándolo en retrospectiva, creo que se pasó de la raya. Pero Bailey estaba dispuesta, y era nuestro cumpleaños, el de Alicia y el mío, y yo no quería quedarme atrás.

– ¿Está permitido hacerse un tatuaje con dieciséis años?

– No, pero Bailey conocía a un tipo y le dijo que teníamos diecisiete. A última hora estuve a punto de rajarme, pero Alicia me advirtió que no se me ocurriera.

Daniel esbozó una sonrisa ladeada.

– Las temidas amenazas de Alicia.

– Yo nunca hacía nada emocionante ni divertido, eso siempre era cosa de Alicia. Por eso me uní a ellas. ¿Se ve el tatuaje en la foto?

– No lo sé, no me he fijado en el tobillo.

– Pues míralo. Tiene que estar en el derecho.

Él arqueó las cejas.

– ¿No lo llevabais en el mismo lado?

Alex esbozó una tímida sonrisa de satisfacción.

– No. La primera en hacérselo fue Bailey. Luego fue Alicia. Ese era el orden habitual. Ellas estaban contemplando sus tatuajes cuando el hombre empezó a hacerme el mío, y le di expresamente el pie izquierdo. Estaba cansada de tener problemas por culpa de Alicia.

– Querías que la gente os distinguiera. ¿Qué dijo Alicia?

– Cuando se dio cuenta ya llevaba hecho medio tatuaje y era demasiado tarde, pero se puso histérica. Y a mi madre estuvo a punto de darle un ataque. Nos castigó a las tres, y por primera vez en mucho tiempo Alicia tuvo que asumir la responsabilidad de sus propios actos en lugar de culparme a mí. Por primera vez sentí que había ganado. -Pero luego mataron a Alicia y sus vidas se vinieron abajo. Su tímida sonrisa se desvaneció-. Vuelve a mirar la foto, Daniel, y dime qué ves.

– Muy bien. -Extrajo la foto del maletín y la sostuvo de modo que ella no pudiera verla. Luego se sacó del bolsillo una lupa.

Cuando suspiró aliviado Alex hizo lo mismo; hasta ese momento no fue consciente de que había estado conteniendo la respiración. Él dejó la foto y la miró a los ojos.

– Está en el tobillo derecho.

Alex se humedeció los labios y luego los frunció hasta estar segura de que la voz no le temblaría.

– Por lo menos ha quedado clara una cosa. -Eso no respondía a la pregunta de Meredith, pero ya se ocuparía de ello cuando llegara el momento-. Vamos.

Capítulo 16

Dutton, miércoles, 31 de enero, 15.45 horas.

Bien, bien. Se encontraba en la cámara del banco observando la caja de seguridad de Rhett Porter. Rió con amargura mientras leía la carta que este había dejado.

«Mi llave la tiene un abogado a quien no conocéis, en un lugar donde nunca habéis estado. Va acompañada de una carta sellada que relata nuestros pecados. Si a mi mujer o a mis hijos les ocurre algo, la carta se distribuirá a todos los principales periódicos del país y mi llave será entregada al fiscal del estado. Os veré en el infierno.»

Estaba fechada menos de una semana después de que hubiera arrojado a DJ a los caimanes. Pensó que Rhett Porter no era tan idiota después de todo.

Se guardó la carta en el bolsillo, salió de la cámara y saludó con la cabeza a Rob Davis, que aguardaba fuera. Davis era el propietario del banco y en condiciones normales habría delegado una tarea como la de acompañar un cliente a la cámara de seguridad en alguno de sus humildes empleados. Pero la cuestión era delicada y él había acudido sin ninguna orden de registro. Sabía que no le negaría la petición porque sabía más del viejo Rob Davis de lo que este sabía de él. En eso consistía el poder.

– Ya he terminado.

Davis le dirigió una mirada desdeñosa.

– Abusas de tu puesto.

– ¿Y tú no? Da recuerdos a tu esposa de mi parte, Rob -dijo con parsimonia-. Y si Garth te pregunta algo, dile que ya la tengo.

Rob Davis se mordió la parte interior de las mejillas.

– ¿Qué es lo que tienes?

– Tu sobrino lo comprenderá enseguida. Garth es listo para ese tipo de cosas. -Se llevó la mano al sombrero-. Adiós.

Macon, Georgia, miércoles, 31 de enero, 15.45 horas.

– Llegamos tarde -dijo Alex cuando Daniel firmó el registro de entrada.

– Ya lo sé. Quería que Fulmore y su abogado llegaran primero. Quiero hacer una entrada solemne.

– Dirá que no la mató, igual que lleva haciendo hace trece años.

– Puede que sí o puede que no. Gracias a ti y a los anuarios que hemos conseguido reunir, hemos identificado a diez de las quince mujeres de las fotos, y solo asesinaron a Alicia.

– También han asesinado a Sheila -corrigió ella-, pero entiendo tu jugada, Daniel. He leído cosas sobre el juicio. Tenían pruebas que vinculaban a Gary Fulmore con el cadáver de Alicia, llevaba la ropa manchada con su sangre. No es que lo juzgaran por asesinato sin más.

– Ya lo sé. Una de las cosas que quiero conseguir con esto es averiguar si existe una forma de saber si la foto de Alicia fue tomada la misma noche en que la mataron o en otro momento. Si fue esa misma noche y los violadores siguieron el mismo modus operandi, puede que la dejaran tirada en alguna parte y Fulmore llegara después y la encontrara.

– Ojalá recordara esa noche -dijo ella entre dientes-. Mierda.

– Ya te acordarás. Decías que te sentiste mal.

– Sí. Tenía calambres en el estómago y me fui a la cama. Era horrible.

– ¿Te ponías enferma a menudo?

Ella se tambaleó y lo miró con los ojos muy abiertos y expresión abatida.

– No, casi nunca. También es casualidad, ¿verdad? ¿Crees que a mí también me drogaron?

Él le pasó el brazo por los hombros y la estrechó con fuerza en el momento en que entraban en la pequeña sala donde se encontraría cara a cara con el hombre acusado de asfixiar a su hermana antes de destrozarle la cara con una llanta.

– Paso a paso. ¿Estás preparada?

Ella tragó saliva.

– Sí, como siempre.

– Entra tú primero. Quiero observar su reacción al verte.

Ella notó la tensión en los hombros y respiró hondo. Luego, con aire decidido, giró el pomo de la puerta y entró en la sala donde aguardaban un hombre con un mono naranja y otro con un traje sencillo. El del traje sencillo era Jordan Bell, el abogado de oficio.

Bell se puso en pie, enojado.

– Ya era hora de que… -Se interrumpió al oír el estrépito. Gary Fulmore se había apartado de la mesa de un empujón y su silla, sujeta a los escandalosos grilletes, había rebotado sobre el suelo de hormigón. Se quedó boquiabierto y más blanco que el papel.