– ¿Qué dice Craig? -preguntó Mary.
– Ella se lo ha buscado, con los pantalones tan cortos y esos tops que dejan toda la espalda al aire. Wade le ha dado su merecido.
– ¿Y tu madre? ¿Qué dice ahora?
Alex se puso en pie de repente y Mary hizo lo propio.
– El cabrón de tu hijo ha matado a mi pequeña. Y tú se lo has permitido, no has hecho nada por evitarlo. -Su respiración se aceleró y su voz se tornó más seca.
– Wade no la ha matado. -Bajó un escalón y Mary extendió los brazos para sujetarla si daba un paso en falso.
– Te la has llevado tú. Te la has llevado y la has dejado tirada en esa zanja. ¿Creías que no vería la manta? ¿Que no me daría cuenta?
Alex se detuvo y Daniel se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Se obligó a expulsar el aire y a inspirar de nuevo. Junto a él, Meredith estaba temblando.
– ¿Qué dicen? -la presionó Mary.
Alex negó con la cabeza.
– Nada. Ella ha roto el cristal.
– ¿Qué cristal?
– No lo sé. No lo veo.
– Pues colócate donde puedas verlo.
Alex bajó los escalones restantes y se dirigió a la puerta de la sala de estar.
– ¿Ahora lo ves? Alex asintió.
– El suelo está lleno de cristales. Yo los estoy pisando, me he cortado las plantas de los pies.
– ¿Gritas?
– No, no quiero que me oigan.
– ¿Qué cristal ha roto tu madre, Alex?
– El de la vitrina donde Craig guarda el arma. Ha sacado su pistola, lo apunta y grita.
– Santo Dios -musitó Daniel, y Meredith le aferró la mano muy, muy fuerte.
– ¿Qué grita, Alex?
– La has matado y la has envuelto con la manta de Tom, y luego la has tirado a la zanja como si fuera una bolsa de basura.
– ¿Quién es Tom? -susurró Daniel.
– El padre de Alex -musitó Meredith, horrorizada-. Murió cuando ella tenía cinco años.
Alex se había quedado quieta y callada, con la mano en el pomo de la puerta.
– Ella tiene la pistola, pero él quiere que se la devuelva.
– ¿Qué hace él? -preguntó Mary con voz muy tranquila.
– La agarra por las muñecas pero ella quiere soltarse. -Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Alex-. Te mataré. Te mataré igual que tú has matado a mi pequeña. -Sacudía la cabeza de un lado a otro-. Yo no la he matado, y Wade tampoco. No puedes decir eso, no te lo permitiré. -Dio un hondo suspiro.
– ¿Alex? -la llamó Mary-. ¿Qué ocurre?
– Ella te ha visto; te ha visto y me lo ha dicho.
– ¿Quién lo ha visto, Alex?
– Yo. Dice: «Alex te ha visto con la manta». -Crispó el rostro-. No, no, no.
– ¿Qué pasa? -preguntó Mary, pero Daniel ya lo sabía.
– Le ha dado la vuelta a la pistola y le ha apuntado en la barbilla. Le ha disparado. Mamá. -Alex apoyó la sien en la puerta, se abrazó a sí misma y empezó a mecerse-. Mamá.
Un sollozo hizo estremecerse a Meredith y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Daniel le apretó la mano con más fuerza; el nudo que se había formado en su garganta le impedía respirar.
Alex dejó de mecerse y volvió a quedarse quieta como una estatua.
– ¿Alex? -Mary recuperó su tono autoritario pero tranquilo-. ¿Qué ves?
– Él me ha visto. -El pánico le quebró la voz-. Corro. Corro.
– ¿Y luego?
Alex se volvió a mirar a Mary. Tenía el rostro pálido y angustiado.
– Nada.
– Dios mío. -Junto a Daniel, Meredith sollozaba en silencio mientras se presionaba los labios con el puño apretado-. Todo este tiempo… Ha vivido con eso todo este tiempo y no la hemos ayudado.
Daniel la atrajo hacia sí.
– No lo sabíais. ¿Cómo podíais saberlo? -Pero su voz era áfona, y cuando se llevó las manos a la cara notó que tenía las mejillas húmedas.
Meredith enterró el rostro en su hombro y se echó a llorar. Ed, situado junto al panel de control, tragó saliva con fuerza y siguió grabando. Mary, con apariencia serena y compuesta, guió a Alex hasta el sillón e inició el proceso para despertarla, pero cuando miro a la cámara su expresión era sombría y horrorizada.
Daniel, que aún rodeaba los convulsivos hombros de Meredith, sacó el móvil y marcó el número de Koenig.
– Soy Vartanian -dijo con voz fría, conteniendo a duras penas su furia-. ¿Has encontrado ya a Crighton?
– No -dijo Koenig en voz baja-. Justo ahora Hatton está hablando con unos pordioseros. Uno de ellos dice que lo ha visto hace dos horas. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
Daniel tragó saliva.
– Cuando lo encuentres, arréstalo.
– Claro -dijo Koenig despacio-, por agredir a la monja. -Hizo una pausa-. ¿Por qué más, Danny?
Daniel casi se había olvidado de la hermana Anne.
– Por el asesinato de Kathy Tremaine.
– Joder. Estás bromeando, ¿no? Mierda. -Koenig suspiró-. Lo haré. Te llamaré cuando Hatton sepa exactamente dónde para.
– Pide refuerzos antes de entrar a por él.
– Puedes tenerlo por seguro. Daniel, dile a Alex que siento lo de su madre.
– Lo haré. -Se guardó el móvil en el bolsillo y sacudió ligeramente a Meredith para que se moviera-. Vamos, Mary casi ha terminado. Tenemos que estar allí cuando Alex salga de la casa.
Capítulo 18
Dutton, miércoles, 31 de enero, 22.00 horas.
Era surrealista, pensó Alex. Ahora que todo había terminado y lo sabía…
Claro que en cierto grado siempre lo había sabido.
Miró a Daniel, que conducía de regreso de casa de Bailey hacia Main Street con los nudillos de ambas manos blancos de la fuerza con que aferraba el volante. Había estado dirigiendo a Alex lo que probablemente creía que eran miradas furtivas desde que la sentó en el coche y le abrochó el cinturón con tal delicadeza que hizo que a ella le entraran ganas de llorar.
Él lo había hecho. Había llorado. Lo había notado en sus ojos en el mismo instante en que saliera de la casa junto con Mary McCrady y se arrojara directa en sus brazos. La había abrazado tan fuerte… Y ella se había dejado abrazar porque necesitaba estar con él. Meredith también había llorado mientras esperaba para estrechar a Alex en sus brazos. Le había pedido que la perdonara, pero no había nada que perdonar.
Así eran las cosas. Así habían sido siempre, solo que ella no quería recordarlas.
Ahora lo recordaba todo, segundo a segundo, hasta que Crighton la agarró por el cuello y el mundo había quedado sumido en la negrura. Lo siguiente que recordaba era que estaba en el hospital con el estómago a punto de reventar de los tranquilizantes que la policía decía que se había tomado.
Sin embargo ella no recordaba haberlo hecho. En aquel momento ni se planteó que las cosas pudieran haber sucedido de otra manera, pero ahora…
«¿Cómo podría no hacerlo?»
Era posible que nunca llegara a saber la verdad al respecto. Lo único que sabía era que su madre no se había quitado la vida, y también que en esos momentos tenía en sus manos el arma que podría haberla salvado.
Esa era la imagen que más la angustiaba.
– Se quedó quieta -musitó-. Tenía el arma en la mano y se quedó quieta hasta que fue demasiado tarde. Si ella hubiera disparado primero, ahora estaría viva.
A Daniel le costó tragar saliva.
– A veces la gente es incapaz de reaccionar. Resulta muy difícil saber qué habrías hecho tú en la misma situación, pero también resulta extremadamente difícil no culpar a los demás por los mismos actos.
– Me siento un poco… distante, ¿sabes?
– Mary nos ha avisado de que te pasaría.
Ella lo observó de perfil. Se le veía rendido.