– Tiene su pelo -musitó.
– Ya lo sé, cariño.
El miedo se abrió paso dentro de ella y se instaló en su vientre.
– ¿De dónde lo habrá sacado, Daniel?
Él tensó el brazo a su alrededor con gesto protector.
– Todavía no lo sé. Pero pienso averiguarlo.
Jueves, 1 de febrero, 2.30 horas.
– Bailey -susurró Beardsley-. ¿Estás viva? Bailey inspiró con debilidad para comprobarlo.
– Sí.
– ¿Le has dicho algo más?
– No sé nada más -respondió ella, y su voz se quebró con un sollozo.
– Chis, no llores. Puede que Alex la haya escondido.
Bailey trató de que su cerebro pensara.
– Eso le dije en la carta.
– ¿La carta? ¿Quieres decir que le escribiste? -musitó él-. ¿A Ohio? ¿Cuándo?
– El día en que me raptaron. El jueves.
– Entonces puede que no llegara a recibirla. Llegó aquí el sábado.
Bailey volvió a inspirar con más rapidez.
– Entonces puede que no sepa nada de la llave.
– Tenemos que ganar tiempo. Si te ves obligada a hablar, dile que se la mandaste a Ohio. Aunque vayan a buscarla, ella no estará allí, o sea que Hope y ella estarán a salvo. ¿Lo entiendes?
– Sí.
Dutton, jueves, 1 de febrero, 5.30 horas.
Él se acercó en la furgoneta hasta la pequeña casa de una planta que habitaba Alex Fallon y entornó los ojos. Habían tendido cinta policial de lado a lado de la puerta de entrada. Se preguntaba si los cabrones que habían tratado de atropellarla dos días antes habrían por fin conseguido quitarla de en medio. Más les valía no haberlo hecho. La necesitaba viva para poder matarla con sus propias manos. De no ser así, no completaría del todo el círculo y eso sería una auténtica lástima.
Siguió acercándose a velocidad de tortuga e hizo aquello por lo que le pagaban. Unas cuantas casas más abajo, la anciana Violet Drummond salió cojeando a la puerta de la calle y él le tendió el periódico a través de la ventana.
– Buenos días, señorita Drummond.
– Buenos días -le deseó ella a su vez.
– ¿Qué ha pasado en esa casa? -preguntó con aire despreocupado.
Ella frunció los labios como si acabara de chupar un limón.
– Alguien ha entrado y le ha revuelto todas las cosas a esa Tremaine, y además ha envenenado a su perro. Le han dejado la casa hecha un desastre. Me olí que habría problemas en el momento en que puso los pies en la ciudad. Tendría que haberse quedado bien lejos.
Él miró la casa a través del retrovisor exterior. Habían sido muy descuidados. Se estaban asustando. Sonrió por dentro mientras fruncía el entrecejo.
– Sí. Que tenga un buen día, señorita Drummond.
Se alejó, contento de que Alex Fallon siguiera viva pero enfadado porque ahora estaría más en guardia que nunca y porque ya no vivía en un sitio tan conveniente como Main Street. No obstante, sabía dónde encontrarla; Vartanian y ella andaban siempre pegados de la cadera. Claro que Vartanian y él pronto se enfrentarían, y entonces se llevaría a Alex.
De momento tenía que ocuparse de acabar el trabajo y dormir un poco. Había sido una noche muy agitada.
Atlanta, jueves, 1 de febrero, 5.55 horas.
El teléfono sonó y Alex respondió medio atontada.
– Alex Fallon al habla. ¿Qué sucede, Letta?
– Mmm… No soy Letta y quiero hablar con Daniel. ¿Está en casa?
Alex se sentó, por fin despierta.
– Lo siento. Espere. -Dio un codazo a Daniel-. Me parece que es Chase. Tenía tanto sueño que creía que estaba en casa y que quien llamaba era la enfermera jefe.
Daniel levantó la cabeza, los ojos aún le pesaban.
– Joder. Dámelo.
Ella le pasó el teléfono y se preguntó si tendrían problemas por… sus apaños nocturnos. Miró el reloj con mala cara. No habían dormido mucho.
– Lo siento. Te he llamado por lo de su madre. -Daniel se sentó y encorvó la espalda mientras con la mano libre se masajeaba las sienes. Tan pronto y ya le dolía la cabeza-. Tendría que haberte avisado de que habían entrado en la casa pero tuve que llevar a Riley al veterinario. -Miró a Alex con gesto optimista y luego alzó los ojos, exasperado-. Sí, bueno, eso también.
Alex se incorporó de golpe, se colocó de rodillas rozando su cadera y le alzó la barbilla. Él tenía la mirada ensombrecida por el dolor. Le presionó las sienes con los pulgares y la frente con los labios hasta que lo notó relajarse. Luego se recostó hacia atrás y él asintió, pero a sus labios no asomó sonrisa alguna.
– ¿Cuándo? -dijo-. ¿Quién…? No he oído nunca ese nombre. ¿Por qué no nos ha avisado la policía de Atlanta? Creía que la foto del chico estaba colgada en todos los coches patrulla de la ciudad. -Suspiró-. Supongo que debía de costar verle la cara. Muy bien. -Se incorporó más y miró el reloj-. ¿Otra vez? O sea que hay otra. ¿Quién lo está siguiendo? Muy bien. Dile que me llame cuando Woolf se detenga. Me desplazaré hasta allí lo más rápido posible. -Se dispuso a colgar, pero hizo una pausa y miró a Alex-. Se lo diré. Gracias, Chase.
Le tendió el teléfono a Alex y ella colgó. Empezaba a tener el estómago revuelto.
– ¿De quién lleva una foto la policía de Atlanta?
– De un chico al que estábamos buscando. Lo han encontrado muerto en un callejón, a pocas manzanas de su coche. -Se pasó las manos por el rostro-. Le han disparado en la cabeza y tenía la cara cubierta de sangre. Nadie lo ha reconocido hasta que lo han llevado al depósito de cadáveres y lo han limpiado. Han encontrado su coche y están comprobando la matrícula. Pero nunca había oído su nombre.
– ¿Cómo se llamaba?
– Sean Romney.
– Yo tampoco lo he oído nunca. -Se esforzó por formular la pregunta más difícil-. ¿Woolf vuelve a la carga? -preguntó, y él asintió.
– Tengo que salir y tú no puedes quedarte aquí sola.
– Estaré lista en diez minutos -aseguró ella, y él la miró impresionado-. Cuando consigues superar un trauma, eres capaz de estar a punto en cualquier momento de crisis. Nos han tocado todos los casos más sanguinarios en un radio de más de cien kilómetros. Sé moverme rápido cuando hace falta. -Saltó de la cama, pero él se quedó allí unos instantes, observándola-. ¿Qué ocurre?
Él tenía los ojos del azul intenso que le ponía la piel de gallina.
– Eres preciosa.
– Tú también. Espero no haberte metido en ningún lío por contestar al teléfono como si tal cosa.
Él salió de la cama y estiró los hombros hacia uno y otro lado mientras ella lo contemplaba por el simple placer de hacerlo.
– No -respondió en tono cansino-. Chase ya sabía lo nuestro.
Ella abrió los ojos como platos.
– ¿Se lo has dicho? ¡Daniel!
– No -repitió, con el mismo tono cansino-. Soy un tío, Alex. Cuando practicamos sexo de infarto en el sofá se nos nota en la cara. Todo el mundo lo sabe.
– Muy bien, de acuerdo. -Notó que le ardían las mejillas-. ¿Qué te ha dicho Chase que me digas?
Daniel se puso serio de golpe.
– Que siente lo de tu madre. Corre, tenemos que marcharnos.
Capítulo 19
Tuliptree Hollow, Georgia, jueves, 1 de febrero, 7.00 horas.
Daniel se acercó a la zanja con el Review debajo del brazo. Ed ya había bajado y observaba cómo Malcolm y Trey colocaban el último cadáver sobre unas angarillas.
– Ed, sube -lo llamó Daniel-. Tengo que enseñarte una cosa.
Ed subió por la rampa de madera que habían apoyado en un lateral de la zanja.
– Estoy hasta los huevos de encontrar cadáveres envueltos con mantas -renegó. Miró hacia el coche de Daniel, donde Alex aguardaba arropada con uno de los abrigos de Daniel-. ¿Cómo lo lleva?
Daniel volvió la cabeza.