– Claro. -Siguió a Leigh hasta la entrada, donde aguardaba una mujer con un moderno traje. Alex escrutó su rostro y ella la miró a los ojos sin inmutarse. Luego Leigh la guió hasta la sala y Alex se acomodó en una silla dispuesta a esperar.
Capítulo 21
Atlanta, jueves, 1 de febrero, 17.45 horas.
Según la búsqueda que Luke había hecho en Google, Kate Davis era la directora del banco de su tío Rob. Apenas hacía un año que había terminado los estudios universitarios, pero tenía la mirada avejentada.
Daniel se puso en pie cuando Leigh la hizo entrar por la puerta.
– Señorita Davis. Siéntese, por favor.
Ella lo hizo.
– Anoche mataron al nieto de mi tío.
– Sí, el departamento de homicidios de Atlanta se está ocupando de la investigación -dijo Daniel sin alterarse.
– Era un buen chico, un poco cortito. No era precisamente un cerebro para tramar nada.
– No hemos dicho que creamos que lo fuera -repuso Daniel-. ¿En qué podemos ayudarla?
Ella exhaló un suspiro.
– Hace una hora he recibido una llamada de mi cuñada. Se ha marchado con mis dos sobrinos hacia el oeste.
Daniel arqueó las cejas.
– Deduzco que no ha salido de vacaciones.
– No. Se ha marchado de casa porque está asustada. Me ha llamado porque quiere que todo esto termine, porque quiere poder regresar a casa en algún momento. Garth y mi tío Rob han discutido esta mañana. Parece ser que Garth ha hecho algo que lo ha puesto en un aprieto. Lleva dos noches sentado delante de mi casa, vigilándome. Las dos veces lo he visto, y he pensado que era un bonito gesto por su parte. Ya sabe, es mi hermano mayor y cuida de mí.
– ¿Pero? -preguntó Daniel.
Ella alzó la barbilla un milímetro.
– Mi cuñada me ha dicho que a Garth lo habían amenazado con matarme si no entregaba una cantidad de dinero, y él retiró cien mil dólares del fondo que tenían destinado a los estudios universitarios de sus hijos. Ella quería ir a hablar con la policía, pero Garth no se lo ha permitido. Le ha dicho que Rhett Porter había muerto por hablar más de la cuenta. Seguro que eso no les sorprende.
– Siga -fue todo cuanto dijo Daniel.
– Garth le ha contado que Jared O'Brien había muerto por lo mismo. -Entornó los ojos-. Eso sí que les sorprende.
Daniel miró a Luke, y este tecleó en el ordenador y luego sacudió la cabeza.
– No está muerto.
– No lo han dado por muerto -lo corrigió Kate-. Desapareció hace más de cinco años. Yo entonces todavía estudiaba en el instituto. Estoy segura de que podrán desempolvar los informes policiales, a menos que el caso lo investigara la oficina de Loomis, claro.
Daniel sintió ganas de resoplar, pero mantuvo la voz serena.
– Explíquese, por favor.
– Garth le ha preguntado a mi tío si iría a contárselo a la policía y Rob ha respondido que «a la de esa ciudad, seguro que no». Entonces Garth ha amenazado a Rob con denunciarlo por fraude bancario si decía una palabra. Mi cuñada me ha dicho que llevaba años aguantándole a Garth que tuviera aventuras, pero que no pensaba permitir que pusiera en riesgo la seguridad de sus hijos.
– ¿Sabe dónde está?
– No, no se lo he preguntado. He imaginado que si de verdad querían saberlo podían rastrear mis llamadas. Me ha telefoneado desde su móvil y me ha pedido que, si me atrevía, viniera a hablar con ustedes, y que en caso contrario, los llamaría ella misma. También me ha dicho que quería que supiera que Garth temía por mi vida.
– ¿Y usted no tiene miedo? -preguntó Daniel con suavidad.
– Estoy aterrorizada. Temo terminar como Gemma, Claudia o Janet. O Lisa. -La tristeza demudó su semblante-. Y también temo por mi familia. Tanto Garth como Rob tienen un alijo lo bastante importante para asegurarse de que el otro guarde silencio. Eso es lo que más me aterra.
– Se ha arriesgado mucho viniendo aquí -observó Daniel-. ¿Por qué?
Los labios le temblaron y ella los apretó con determinación.
– Porque Lisa era mi amiga. Porque a la hora de la comida solía pedirle prestado a Gemma el esmalte de uñas. Porque Claudia me ayudó a elegir el vestido para mi fiesta de graduación. Las tres fueron muy importantes en mi adolescencia, y ahora que han desaparecido parte de mi vida ha desaparecido con ellas. Quiero que quien ha hecho eso lo pague. -Se levantó-. Es todo cuanto tengo que decir.
Alex estaba de pie al final del vestíbulo que quedaba ante el despacho que Leigh ocupaba en la parte anterior del edificio. Se situó junto a una ventana para obtener buena cobertura… y un poco de intimidad. No paraba de dar golpecitos en el suelo con la punta del pie y se dio cuenta de que estaba nerviosa mientras el teléfono sonaba al otro extremo de la línea.
– ¿Diga? -respondió una voz femenina, y Alex sintió ganas de suspirar. Esperaba que Richard respondiera a la llamada, pero estaba hablando con Amber, su nueva esposa.
– Hola, soy Alex. ¿Está Richard?
– No -respondió con demasiada rapidez-. No está. Está trabajando.
– He llamado al hospital y me han dicho que estaba en casa. Por favor, es importante.
Amber vaciló.
– Muy bien, lo avisaré.
Al cabo de un minuto oyó la voz de Richard, serena y teñida de una formalidad muy poco natural.
– Alex, qué sorpresa. ¿En qué puedo ayudarte?
– Estoy en Dutton.
– Lo he oído. He… He visto las noticias. ¿Estás bien?
– Sí. Bailey me envió una carta y creó que llegó a tu casa. ¿Puedes comprobarlo?
– Espera. -Lo oyó remover cosas-. Aquí está. Tiene una llave, la noto dentro del sobre.
Alex exhaló un suspiro.
– Mira, sé que esto te parecerá de locos, pero quiero que solo toques una esquina y que la abras con un abrecartas. Es posible que sirva como prueba.
– Muy bien. -Lo oyó revolver en un cajón-. Entonces, ¿quieres que mire dentro?
– Sí; con cuidado. Y si hay una carta, léemela.
– Sí que la hay. ¿Estás preparada?
«No.»
– Sí. Lee, por favor.
– «Querida Alex. Sé que te sorprenderá recibir esta carta después de tantos años. No tengo mucho tiempo. Por favor, toma esta llave y guárdala en algún lugar seguro. Si me ocurre algo, quiero que te ocupes de Hope. Ella es mi preciosa hija y mi nueva oportunidad en la vida. Llevo cinco años sin tomar drogas gracias a ella. Y también gracias a ti. Tú fuiste la única persona que creyó en mí cuando toqué fondo. Tú fuiste la única que se preocupó de mí lo bastante para tratar de ofrecerme ayuda. Quiero que sepas que obtuve esa ayuda y que Hope es una niña normal y sana. He pensado en llamarte un millón de veces durante estos cinco años, pero sé que la última vez me pasé de la raya y no me siento capaz de volver a mirarte a la cara. Espero que hayas podido perdonarme, y, si no, cuida de Hope de todos modos, por favor. Eres la única familia que me queda y la única persona en quien confío para dejar a mi hija a su cargo.
»Esconde la llave y no permitas que nadie sepa que la tienes. Si la necesito, te llamaré.» -Richard se aclaró la garganta-. Está firmada: «Te quiero. Tu hermana, Bailey». Y tiene un dibujito de una oveja.
Alex tragó saliva.
– Es un cordero -susurró.
– ¿Qué?
– Nada. Tengo que preguntarle a la policía qué quieren que hagas con la llave. Si me piden que me la envíes, ¿podrías hacerlo esta noche por correo urgente?
– Claro. Alex, ¿estás en peligro?
– Hace unos días estuvieron a punto de matarme pero… aquí estoy en buenas manos. -Su voz cambió al pronunciar las últimas palabras; se tornó más suave.
– ¿Cómo se llama?
Ella sonrió.
– Daniel.
– Muy bien. Llevabas demasiado tiempo sola -soltó en tono brusco-, aunque estuvieras conmigo.