– Muy bien, ¿y cómo lo llama ella, entonces?
Quentin mordió otro trozo de caramelo.
– Trébol.
– Oh, sí, como si fuese un trébol -replicó Quentin riendo.
– ¡Perdonadme, chicos! -gritó Briggs-. ¡Lo que me preocupa en este momento no es el moho, o el trébol, o el liquen, o como mierda queráis llamarlo! -Señaló el techo con el dedo-. ¿Veis esas enredaderas? -Movió el dedo como si de un cuchillo se tratara ante las narices de Quentin-. ¡Se supone que los científicos no deben exagerar las cosas! ¡Y deja ya de comer eso!
Briggs cogió lo que quedaba de la barrita de caramelo de Quentin y la lanzó al otro extremo del laboratorio.
Quentin se encogió de hombros mirando a Briggs con expresión temerosa mientras el técnico de la NASA enfocaba un primer plano de los organismos similares a plantas en el techo del laboratorio, que parecían hojas de helechos transparentes que surgían de un florero de cristal.
– Sí, esas cosas comenzaron a extenderse sobre el techo en las últimas horas -dijo Andy.
– Sin embargo, no puede tratarse de enredaderas -repuso Quentin.
Los tallos traslúcidos de las hojas estaban cubiertos de huevos transparentes, verdes y pegajosos. Una avispa Henders se posó sobre una de las enredaderas y comió unos cuantos huevos con sus fauces posteriores. Luego voló hacia la cámara, accionando el whizz del autofoco al cambiar a la modalidad macro. El bicho depositó en la lente un huevo que llevaba adherido a la pata y se alejó volando. Del huevo brotaron inmediatamente cinco «hojas» traslúcidas.
– ¡Caray! Ahí tenemos su ciclo vital, muchachos -dijo Quentin.
– Comen el trébol -agregó Andy, reconociendo la especie-. Esas cosas salen habitualmente por la noche. Da la impresión de que utilizan a esos bichos para diseminar los huevos.
Briggs señaló la pantalla.
– ¡Mirad eso!
Las hojas en forma de helecho de una «planta» de mayor tamaño comenzaron a desenrollarse. Sus cinco dedos acolchados echaban humo al presionar el techo directamente encima de ellas.
Briggs volvió a señalar: cinco puntos de pintura blanca burbujeaban en un anillo formado en el techo de acero. Los puntos coincidían con el dibujo de las almohadillas en las hojas.
– Eso es lo que se está comiendo el revestimiento en la Sección Uno -dijo Briggs mirando a Quentin-. ¿De acuerdo, genio?
– ¡Vaya! Los liquénvoros deben de utilizar ácido para disolver el liquen que cubre las rocas. ¡Cabrones!
– ¿Liquénvoros? -dijo Andy.
– Muy bien, ¿qué te parece trebólvoros entonces?
– Mejor. ¡Eh, espera un momento! ¡Nell dijo que esas cosas podrían fabricar ácido sulfúrico!
Briggs sacudió la cabeza.
– ¿Qué? De acuerdo. ¡Ya está bien! -exclamó mientras cerraba los ojos y apoyaba una mano en la frente-. ¡Atención todo el mundo! -gritó-. Ha llegado el momento de que recojáis vuestros discos duros, vuestras pelotas de gomaespuma, vuestros iPods, vuestras barritas de chocolate relleno, los muñequitos del Increíble Hulk y cualquier otra cosa que hayáis traído con vosotros porque estamos eva-cuan-do. ¿Lo habéis entendido? ¡Eso significa tú, vaquero!
– Eh, ¿por qué me elige a mí? -protestó Andy.
– Porque eres el más fácil de manejar -dijo Briggs-. ¡Y ahora, mueve el culo!
– ¿Porque soy Andy? [2]
– Vamos, maldita sea -lo urgió Quentin.
– ¿Eso fue lo que dijo?
– No seas tan susceptible.
– Pero ¿fue eso lo que dijo?
– ¿Qué otra cosa podría decir después de haberte visto? -repuso Quentin echándose a reír.
12.07 horas
– Lo hemos intentado con aviones teledirigidos -dijo Nell-, pero no pueden ver nada a través del denso follaje. Tratamos de conseguirlo con cámaras en helicópteros con control remoto pero atraen a los enjambres.
– Lo intentamos también con Crittercams -añadió Otto-. Ya ha visto el resultado.
– Incluso con los breves vistazos que pudimos echar al interior de la selva, señor Pound, hemos sido capaces de distinguir hasta ochenta y siete especies diferentes -dijo el doctor Cato-, algunas de ellas realmente grandes. De entre los especímenes que hemos podido capturar, muchos poseen ojos similares a los de la esquila de agua. Eso significa que pueden ver colores que ni siquiera podemos imaginar, y su capacidad para seguir el rastro de una presa que se mueve a gran velocidad es igualmente super…
En ese momento oyeron el ruido de los rotores gemelos del Sea Osprey resonando a través de las paredes muy cerca de allí.
Pound se volvió con visible nerviosismo para mirar a través de la ventana.
El vehículo explorador XATV-9 de la NASA tocó tierra en la ladera con una sacudida en sus amortiguadores, lo que provocó un temblor en el laboratorio.
– Lo siento, doctor Cato- sonrió Pound, y exhaló un suspiro de alivio-. Tendré que hacer valer mi autoridad. Vamos a entrar en la selva. Su presencia será bienvenida, por supuesto, como así también la de cualquiera de los miembros de su equipo. Estoy seguro de que el presidente apreciará todo su apoyo.
El cable de sujeción se desenganchó del techo del vehículo explorador mientras éste retrocedía colina arriba sobre sus enormes neumáticos para conectarse al tubo de acoplamiento extensible del laboratorio.
Nell cogió el brazo de Pound.
– ¡No pueden ir allí! -dijo.
Pound apartó suavemente el brazo.
– Me temo que debemos hacerlo.
– Este lugar ha matado a once personas y un perro en meaos de un minuto.
Pound sonrió.
– En el caso de que no fuera un montaje de un programa de televisión…
– ¿No comprende acaso lo que esos bichos, como usted los llama, son capaces de hacer? -replicó Nell.
Pero Pound ya había dado media vuelta y se dirigía hacia la puerta.
Nell lo siguió.
– Éste es un ecosistema absolutamente desconocido con, al menos, una docena de nuevas clases de animales. Una sola de esas especies probablemente podría desbaratar todo un ecosistema común, Pound. ¡No tiene idea de lo peligrosas que son!
– Precisamente por eso debemos descubrir a qué nos enfrentamos.
– ¡Por supuesto, pero esa isla lleva aquí quinientos millones de años! ¿Qué prisa hay?
Pound se volvió hacia ella arqueando una ceja con expresión paternalista.
– Gracias al programa «SeaLife» todo el mundo sabe ahora dónde se encuentra esa isla, Nell. Y si esos bichos son la mitad de peligrosos de lo que usted cree, podrían utilizarse para la guerra biológica. -Sonrió con amable condescendencia-. Lo siento, pero mi trabajo consiste en pensar en este tipo de cosas. -Se volvió y siguió caminando hacia la escotilla de acoplamiento-. ¡Para que usted no tenga que hacerlo! -añadió por encima del hombro.
Nell lo miró con una expresión de incredulidad dibujada en el rostro.
– ¡Espere! Ham, hablo en serio… ¡No lo haga!
El vestíbulo de acoplamiento se extendió lentamente hacia la escotilla del vehículo explorador.
– Sintonice el canal uno. Les enviaremos las imágenes que capte la cámara -dijo Pound mientras uno de los técnicos tiraba de la escotilla para abrirla.
En ese mismo momento, Andy apareció por la escotilla en el otro extremo de la Sección Cuatro agitando los brazos.
– ¡Eh, esperen! ¡Déjenme ir con ustedes!
– Si él va, yo también voy. -Quentin apareció detrás de Andy-. ¡Conozco la topografía de esa isla mejor que nadie!
– Muy bien, están dentro -decidió Pound-. Doctor Cato, ¿quiere acompañarnos y echar realmente un vistazo a ese lugar? ¡Es bienvenido!