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Geoffrey había estado soportando la incesante jeremiada de Thatcher durante la mayor parte de las seis horas que llevaban en esa última e insufriblemente larga etapa de su viaje. Sólo había podido evitar su cháchara dos horas antes con una siesta intermitente, e incluso entonces había soñado con un infinito bucle de las predicciones catastrofistas del científico.

Ya era bastante malo que le blandieran el Principio Redmond numerosas veces en lo que llevaban de viaje, pero si Geoffrey tenía que oír otra referencia más al Premio Tetteridge o al abultado cheque que acompañaba la beca Genius que, sospechosamente, Thatcher estaba seguro de obtener, o el Premio Pulitzer que apostaba que le concederían, o a otra estrella de cine con la que había almorzado, probablemente se vería obligado a utilizar la bolsa para el mareo que había en la parte posterior del asiento delante de él.

Geoffrey oyó que algo golpeaba ruidosamente en el techo del avión.

– Disculpe, Thatcher.

Agradecido por el motivo de distracción, se levantó de su asiento y se dirigió a la cabina de los pilotos.

Cuando llegó allí, vio que un brillante avión nodriza KC-135 Stratotanker retiraba la manga de combustible y se alejaba del Greyhound con una elegante demostración de acrobacias aéreas.

El piloto del Greyhound alzó el pulgar hacia el Stratotanker.

– ¡Muchas gracias, muchacho! [6] El piloto se volvió hacia Geoffrey.

– ¡Un puente en el cielo! -explicó-. Éste es uno de los dos C-2A de la marina que están adaptados para ser reabastecidos en vuelo. Es el único avión capaz de llegar a este lugar y aterrizar en la cubierta de un portaaviones.

– ¿De modo que es así como esta cosa puede volar tan lejos en un solo tramo? -preguntó Geoffrey.

– Correcto. Tuvimos que montar el puente en el cielo tan pronto como el grupo de portaaviones estuvo en el lugar apropiado.

Geoffrey sonrió, maravillado ante el circuito que se había establecido para llegar a ese lugar increíblemente remoto.

– ¡A propósito, creo que allí está su isla! -El copiloto señaló a través de la ventanilla.

Cientos de metros más abajo, Geoffrey vio docenas de enormes barcos de guerra que rodeaban una isla de riscos marrones en el horizonte. Cuando se acercaron, Geoffrey pensó que la isla parecía un pastel ancho, ligeramente glaseado con guano blanco alrededor del borde.

El piloto saludó a la torre de control del Enterprise.

– Será mejor que regrese a su asiento y se coloque el arnés de seguridad, doctor Binswanger. Si nunca ha aterrizado en la cubierta de un portaaviones, cuando el cable nos enganche agradecerá estar mirando hacia la cola.

– De acuerdo. -Geoffrey se apresuró a volver a su asiento-. Estamos a punto de aterrizar -le dijo a Thatcher.

El hombre estaba irritado por la interrupción. Cogió un puñado de pipas de girasol de uno de los bolsillos y se las metió en la boca.

– Como estaba diciendo, si esto no es un montaje, quizá se trate de la manera perversa que tiene la madre Tierra de erradicarnos, una pequeña curiosidad esperando para matar al gato.

Thatcher sonrió.

– Hum -fue todo cuanto dijo Geoffrey.

– ¿Estaría usted de acuerdo conmigo, doctor Binswanger, en que la inteligencia es la serpiente en el jardín del Edén? ¿El virus mortal que el planeta Tierra fue lo bastante desafortunado como para contraer? ¿O acaso eso es demasiado fuerte para usted?

Geoffrey meneó la cabeza y miró a través de la ventanilla. Al ver un grupo de los leviatanes grises de la Fuerza Operativa Conjunta del Enterprise, finalmente comprendió la gravedad de la situación.

Thatcher continuó hablando, embriagado aparentemente por su propia voz de barítono.

– Lamentablemente, dudo de que la isla Henders esté a la altura de esta publicidad exagerada. Los ecosistemas de las islas son frágiles. Sin ánimo de ofender, doctor.

Geoffrey se preguntó qué se proponía Thatcher ahora, pero luego recordó que llevaba puesta su camiseta de Kaua'i con la leyenda «Proteged los hábitats de la isla» en letras verdes desteñidas sobre la tela rojo fango. Meneó la cabeza.

– No me ofendo, Thatcher. Los ecosistemas de las islas son frágiles. Es por eso por lo que podemos aprender muchas cosas de ellas. Son los canarios en las minas de carbón. Y es por eso lambien por lo que dudo de que podamos ver algo acerca de este lugar como para escribir a casa. Los canarios raramente se comen a los gatos.

Thatcher enarcó sus pobladas cejas.

– Ah, pero ¿no reconoce cierta esperanza morbosa? Quiero decir, ¿qué pasaría si esto fuera algo capaz de cambiar el mundo? Después de todo, la cuscuta gigante, nada menos que de la isla de Japón, se está extendiendo por Norteamérica. Ya sabe, esa cosa que parece gelatina amarilla… Un esqueje de ocho centímetros produjo un brote de la extensión de tres campos de fútbol en sólo dos meses durante un experimento realizado en Texas en 2002, por si no está al tanto de ese estudio. Cuando se lo ataca, germina. Si lo cortas en pedazos, cada parte crece hasta convertirse en una planta completa. Y lo más curioso acerca de la cuscuta gigante -Thatcher se inclinó hacia Geoffrey con un tono confidencial- es que mata cualquier planta que infecta, ya se trate de la hierba más humilde o de un poderoso roble.

Thatcher se echó a reír alegremente.

– Estoy familiarizado con la cuscuta, Thatcher, pero no estoy seguro de que en esta isla podamos encontrar algo tan dramático. -Geoffrey señaló a través de la ventanilla-. Especialmente si ésa es la isla de la que estamos hablando.

El avión perdió altura rápidamente. Ahora realizó una pasada a baja altura alrededor del risco de la isla acercándose al portaaviones. Geoffrey divisó el trimarán anclado en una cala protegida por la pared occidental de la isla.

– ¡Eh, ése es el barco del programa! -dijo-. Supongo que esa parte no ha sido un montaje. Realmente realizaron ese largo viaje hasta aquí.

– Aterrizaremos en el Enterprise y un Sea Dragón los llevará a la base del ejército en Henders -les dijo el piloto-. Hay una reunión urgente a las cinco de la tarde.

Geoffrey ajustó el reloj al cambio horario de forma vacilante.

– Eso es antes de una hora. ¿Correcto?

– Correcto -dijo el piloto.

– ¿No podemos echarnos un rato y comer algo antes?

Thatcher tapó el recipiente de plástico donde llevaba las semillas de girasol y lo guardó en el bolsillo número doce.

– La asistencia es obligatoria, señor -dijo el piloto-. ¡El presidente convocó la reunión!

Tras coger aire de forma brusca e involuntaria, Thatcher sonrió.

– Nunca imaginé que sería llamado por el presidente. ¿Y usted, doctor Binswanger?

Geoffrey seguía mirando por la ventanilla mientras la cubierta del portaaviones ascendía debajo de ellos. Se preparó para el impacto.

– No.

– ¡Agárrense! -gritó el piloto.

– ¡Dios mío! -dijo Thatcher.

16.49 horas

Geoffrey, aún mareado por el subidón de adrenalina producido por el aterrizaje sobre la cubierta de vuelo de casi dos hectáreas del Enterprise, se colgó de una manija en el interior de la cabina del helicóptero mientras el aparato ascendía vertiginosamente sobre la empalizada marrón masilla de la isla. Tanto él como Thatcher vestían trajes aislantes azules y llevaban los cascos en el regazo.