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– Hender no construyó este B-29 -dijo Zero. Tomó varios y amplios planos del lugar.

Con sus cuatro manos, Hender imitó a un avión tratando de alzar el vuelo y luego estrellándose, e hizo un ruido que era una extraña aproximación a una explosión.

– ¿Creéis que él vio cómo se estrellaba el avión? -preguntó Geoffrey.

– Eso debió de ocurrir hace al menos sesenta años.

– Creo que Hender es viejo -dijo Andy-. Realmente viejo.

– No me sorprendería -convino Geoffrey-. ¿Es un animal solitario? ¿Vive solo?

– Sí -dijo Andy.

– ¿Y qué tiene que ver eso con la edad que pudiera tener esta criatura? -preguntó Nell mirando a Geoffrey.

– Te lo explicaré más tarde -dijo él.

– Está bien -dijo ella.

– Es una teoría radical.

– Está bien.

– Muy alejada de una perspectiva no ortodoxa.

Ella sonrió y lo miró con una expresión de aprecio.

Ninguno de los humanos podía apartar la vista ni un momento de la criatura mientras ésta se movía hacia el morro del avión, donde había fijado su hogar. El pelo de su cuerpo emitió suaves fuegos artificiales de color cuando señaló el panel de control de la cabina de los pilotos. Como si fuera una extraña grabadora, dijo:

– «Esto da por terminada la transmisión de la Pacific Ocean Network del 7 de mayo de 1945. ¡Una vez más, es el DÍAAAA-UVEEEEEEEEEE! ¡Victoria en Europa!»

Geoffrey y Nell se miraron estupefactos.

– Debió de oírlo en la radio del avión -sugirió Zero.

– Sí -dijo Andy-. También lo he oído imitar a Bob Hope.

– Pensé que había dicho que no hablaba nuestro idioma -repuso Cane.

– Y no lo habla. Le he enseñado unas pocas palabras. Y repite las cosas que oyó en la radio en aquella época, pero no las entiende.

En el interior de la casa de Hender se estaba bien; el aire tenía un olor ligeramente dulce y picante, parecido al incienso japonés, pensó Nell. Vio que Hender había coleccionado una amplia variedad de botellas de vino, campanas de cristal, flotadores de pesca, un frasco de mantequilla de cacahuete, un frasco de mayonesa, preciosos recipientes de cristal que habían conseguido sobrevivir milagrosamente a su viaje desde la civilización hasta la isla Henders en contenedores de cargueros, baúles de barcos de vapor, cajones de embalaje y naufragios a través de grandes abismos del tiempo y la distancia.

Con sus tres brazos libres, Hender sacudió algunos irascos que contenían criaturas parecidas a insectos, y el brillo de las mismas inundó la estancia con una luz titilante.

– Caza los gusanos perforadores y las avispas colocando un trozo de carne en cada frasco -les explicó Andy-. Tenéis que ver su trampa para ratas.

Los recipientes de cristal brillaron con una luz verde cuando Hender los agitó, proyectando esferas de luz. Nell observó que en las paredes y el techo había restos de lo que parecía ser basura o desechos de la playa.

Los huéspedes de Hender se sentaron en unos cajones de embalaje dentro del fuselaje del B-29, algunos de los cuales estaban colocados en forma de banco contra la pared con una vieja balsa salvavidas de goma cubriéndolos. En la balsa, con letras negras desteñidas por el tiempo, se podía leer un nombre.

– ¿Electra? -exclamó Nell, emocionada-. Ésta no pudo haber sido la balsa de Amelia Earhart [7], ¿verdad? Así se llamaba su avión, ¿verdad?

Geoffrey dio unas palmadas sobre la goma cuarteada y meneó la cabeza como si ahora ya nada pudiera sorprenderlo.

– Parece bastante vieja.

Hender apareció con una especie de calabaza.

– Andy, ¿cómo pudiste sobrevivir aquí durante seis malditos días, tío? -preguntó Zero.

– El primer día, Hender bajó del árbol junto al lago y me atrapó -contestó Andy-. Pensé que estaba muerto, pero entonces desperté aquí y él había arreglado mis gafas con algo parecido a cinta adhesiva. ¿Lo veis?

Una de las patillas de las gafas estaba vendada en su unión con la montura.

La criatura les sirvió algo en unos vasos de plástico hechos con botellas de refresco cortadas; les sorprendió la destreza que mostraba en sus cuatro manos.

– Es la hora del té -dijo Andy.

– ¡La hora del té! -canturreó la criatura.

Thatcher frunció los labios cuando la criatura le sirvió una taza.

Luego le dio una a Nell.

– Gracias -dijo ella-. ¿Qué es? -le preguntó a Andy.

– No te preocupes. De hecho, es muy bueno. Yo lo llamo té Henders. Pero, sin embargo, es más parecido al chile. Y lleva carne. Carne de rata. ¡Sabe a langosta!

Nell detuvo el vaso a medio camino de la boca y arrugó la nariz. Luego bebió un trago y pensó que sabía más a salsa picante que a chile pero, después de la sorpresa inicial, descubrió que estaba muy bueno.

– Sabe a gazpacho de langosta con canela y una pizca de curry.

– Gracias -dijo Geoffrey, aceptando un vaso mientras observaba la anatomía de las manos de la criatura dotadas de dos pulgares opuestos.

– Gracias, gracias, gracias -repitió la criatura.

Nell y Geoffrey se miraron, temblando de asombro.

Cane aceptó un vaso con evidente espanto. Estaba claro que sería mucho más feliz cuando la misión hubiera acabado y toda la isla no fuera más que un montón de cenizas.

– ¡Gracias! -dijo la criatura, haciendo que Cane diera un brinco en su asiento.

– Gracias, colega -dijo Zero, dejando la cámara y cogiendo el vaso con el brebaje.

La criatura miró un momento a Zero con la cabeza ladeada.

– Gracias, colega -repitió.

Geoffrey bebió un pequeño sorbo de «té» e hizo una mueca ante su extraño sabor.

– Hender lo prepara con las bayas que crecen en esta planta bonsái que alimenta con carne de rata -les explicó Andy.

– No está mal -dijo Zero, soplando su contenido-. ¡Oh, casi lo olvido! -Bajó la cremallera de uno de los bolsillos de su pantalón-. ¡Esto es para ti, colega!

Le mostró a Hender una botella de plástico de Coca-Cola Light.

– Oh -repitió la criatura, desplegando los brazos en una X de satisfacción.

Thatcher se sonrió burlonamente mientras Zero destapaba la botella y se la pasaba a Hender.

– Está un poco caliente, pero bueno -le dijo.

Todos observaron a la criatura cuando probó el refresco de cola. Su pelaje centelleó mientras tragaba el líquido dulce. Ambos ojos se fijaron en Zero y lanzó un ruidoso eructo, sonriendo ampliamente y haciendo chasquear los labios.

Zero sonrió a su vez.

– ¡Le gusta!

– Sí -dijo Thatcher con tono seco-. Ya estoy viendo la campaña publicitaria. Hará que Coca-Cola gane una fortuna.

Zero alzó ambos pulgares en dirección a Hender.

– ¡Genial, colega!

Hender alzó una docena de pulgares mirando a Zero.

– ¡Genial, colega!

– Es muy bueno con las imitaciones -observó Thatcher.

Hender volvió la cabeza para mirarlo.

– Es muy bueno con las imitaciones -dijo en una imitación perfecta.

– Hender es muy bueno en todo -señaló Andy.

Thatcher paseó la mirada nerviosamente por la extraña colección de objetos recuperados que decoraban las paredes. Los desechos parecían estar agrupados según los diferentes alfabetos que mostraban las etiquetas: mandarín, japonés, árabe, tailandés, cirílico y latín.

– No hay muchas señales de una cultura. Aparte de nuestra propia basura -dijo.

– Creo que nosotros somos su pasatiempo -dijo Andy, terminándose su bebida-. Creo que ha estado recogiendo nuestros desechos durante mucho, mucho tiempo.