Eso era intolerable. Junan podía reunir el dinero fácilmente. Le telegrafió de vuelta.
¿Puedes conseguir dinero? Necesito los 800. Li Ang.
Esperó toda la tarde en el cuartel. Finalmente llegó la respuesta.
¿Para qué quieres el dinero? Junan.
Se sentó derecho, echó los hombros hacia atrás. ¿Cómo podía negarse? ¿Quién se creía que era? Se le ocurrió que podría haberse salido con la suya diciéndole la verdad -apelando a su compasión y creencia en los valores familiares- o adoptando una actitud sumisa. Pero él no era de ésos. Y tampoco quería que Junan viese lo poco que tenía, con su hermano en prisión y él mendigando dinero como un pordiosero.
Le respondió con otro telegrama.
Olvídalo. Asunto arreglado.
Salió del cuartel y fue andando hasta la ciudad. No tomó una calesa. No tenía claro adónde iba y tampoco quería que nadie percibiese lo alterado que estaba. Caminaba a grandes zancadas en mitad del calor reinante; a un lado y a otro, las casas espejeaban mientras se adentraba en la ciudad: los muros más historiados dejaban paso a los roñosos ladrillos de las viviendas más modestas; calles y callejones se iban haciendo más frecuentes. La población de Chongking se había doblado en los últimos meses. Por todas partes se veían indicios de superpoblación: edificios en ruinas pero habitados, mendigos gimoteando, familias acampadas en las aceras. Oyó una algarabía de dialectos; nativos de acento cantarín se mofaban de los beligerantes recién llegados. Lo agredió el hedor de la col hervida mezclado con el más siniestro de las aguas residuales. La calle se volvió más concurrida; un grupo de mujeres lanzando al patio su sudorosa red de chismorreos; pequeñas pandillas de chiquillos recién salidos del colegio con cometas bajo el brazo; viejos con la vida caducada, sentados y observando desde los márgenes. Se oyó la llamada de un vendedor de té ambulante, seguida del plañido de la flauta de un adivino ciego; un sonido agudo y desconsolado que perforó el aire. El hombre estaba sentado bajo un alero, exhibiendo lastimeramente las suelas gastadas y polvorientas de sus zapatos.
¿Por qué no le habría dicho a Junan, simple y llanamente, que Li Bing estaba en apuros?
No habría podido explicarle el susto que se había llevado al reconocer la cara de su hermano. No acertaba ni a explicárselo él mismo. Recordó la luz grisácea del amanecer, la umbría entrada del edificio con las tejas rajadas en los peldaños. El eco de las pisadas en las escaleras, el salto para atrapar al fugitivo, el empujón contra la pared, sus manos en alto. Aquella voz queda: «Gege». La forma en que su hermano decía «gege», única entre millones de hermanos menores.
Podía ser peligroso para su carrera que Junan se enterase del lío en que se había metido Li Bing. ¿Y si se le escapaba algún comentario, como les pasaba a las mujeres, durante una partida de mahjong Esas mujeres se lo contaban todo unas a otras y después les soltaban la información a sus maridos. Los comunistas y los nacionalistas se habían aliado para luchar contra los japoneses. Ahora que el avance del enemigo se había estancado, las viejas hostilidades estaban resquebrajando la alianza. A Li Ang le habían llegado rumores de que tras las líneas enemigas había estallado la guerra civil.
Pero lo más importante era una cuestión de principio: toda mujer ha de obedecer a su marido.
Tras siete años de matrimonio Li Ang tenía claro que se había casado bien. Muchas otras mujeres eran tontas, incapaces de llevar un hogar, y despilfarraban el dinero de sus maridos en dispendios innecesarios o en opio. Otras envejecían mal y armaban escenitas bochornosas. No le dejaban a uno ni respirar. Junan no tenía ninguno de esos defectos. Era pragmática e independiente, además de hermosa y leal. Debía de imaginarse que de cuando en cuando su marido iba a chaweis y se acostaba con otras: llevaba mucho tiempo lejos de ella, lejos del hogar. Pero no era posesiva. Rara vez trataba de retenerlo.
Se le había sometido físicamente, pero ¿bastaba con eso? Le vino a la mente la imagen de una Junan satisfecha y recostada en los almohadones, con el resuello agitado y el pulso, todavía acelerado, palpitándole brillante en su blanca y esbelta garganta. Ahora ella le había revelado la verdad: le estaba dando largas. Li Ang no era capaz de conseguir lo que quería. O quizá era que nunca había necesitado nada; simplemente se había conformado con lo que ella tuviese a bien darle. Le inquietaba estar casado con una mujer para la cual el más mínimo acto, el más mínimo comentario, eran toda una estrategia. No era ésa la imagen que en un primer momento se había formado de su esposa.
Volvió a su despacho. Su administrativo, un cantonés, chapurreaba un mandarín macarrónico y su ayudante, un nativo, hablaba sichuanés. Los dos se comunicaban exclusivamente a base de escupitajos, muecas y los recados delirantes que se intercambiaban. Trataron de describirle la pesadilla de ineficacia que atenazaba a las líneas de suministro desde Birmania. La carretera de Birmania, aunque recién inaugurada, ya se había convertido en un atolladero eterno: jefes de subestación que sobornar, papeleo que cumplimentar, maquinaria averiada, necesidad de compulsar hasta el más ridículo detalle. Repasó una y otra vez la lista de las provisiones que le había encargado Sun y vio que no sería capaz de obtener casi ninguna. Había confiado en la carretera de Birmania.
Mientras intentaba poner orden en aquel desbarajuste, sentía orbitar su ira en torno a un punto peligroso. Intentó aplacarla, pero se acordó de lo tenso que a veces se le ponía a Junan el labio superior en algunas de las conversaciones que mantenían. Jamás le había dicho que estuviese insatisfecha con él, ni lo había criticado. Pero ahora se le hizo la luz: su mujer no se fiaba lo más mínimo de nada que no controlase con sus propias manos.
Por primera vez se hizo cargo de lo radicalmente distintos que eran. Desde temprana edad, cuando aún usaba calzones abiertos, [6] Li Ang había tenido clara la ventaja de dejar varias opciones abiertas, de mantener sus deseos sueltos y flexibles como la red de un pescador, a la espera de cualquier presa que cayese atrapada en ella. Le había sacado mucho provecho a ese método. Había entrado en el ejército; lo habían ascendido; se había casado con Junan. Jamás se le había pasado por la cabeza que alguien pudiese considerar ese método indigno o poco fiable, como tampoco se le había pasado por la cabeza que pudiese existir una contradicción entre cualquiera de sus deseos.
Junan no funcionaba así. Tampoco es que él hubiese pensado mucho en la naturaleza de la mente femenina, pero sí que había llegado a descifrar una cierta mirada distante y porfiada de su esposa, que significaba que algo quería. Y cuando de veras quería algo, ya no se conformaba con nada más. Li Ang empezó a tomar conciencia de que ella practicaba el arte de albergar un único anhelo, de que escogía un modelo y pedía un deseo y lo lanzaba al cielo como una enorme cometa, espoleándolo, poniéndolo a prueba de los vientos del mundo, largando cuerda, más y más cuerda, hasta dejarlo suspendido sobre su cabeza como una estrella. Entonces ella se quedaba en tierra, aferrándose con todas sus fuerzas a un único pensamiento.
¿Y él? ¿No sería él mismo, simplemente, otra de esas resoluciones que acostumbraba a tomar su mujer? Siempre había considerado su matrimonio con Junan como señal de su propio poderío y buena suerte; nunca le había dado por pensar que la sustancia viscosa que los mantenía unidos fuese el deseo y la fortaleza de su mujer. Tal vez ella le echó el ojo y tomó una decisión, y, desde ese preciso instante, él ya estaba desahuciado. Ahora eran marido y mujer. Ella había conseguido lo que quería. Así y todo, le constaba que su mujer no era feliz a su lado. No porque se hubiese vuelto más feo, ni más cascarrabias, ni fuese menos prometedor que unos años atrás, sino porque estaba empeñado en llevarle la contraria.