– ¿Cómo vais a derrotarlos? ¿Escondiéndoos en este villorrio de mala muerte y emprendiéndola contra los comunistas? ¿Volviendo al pueblo en vuestra contra con esa actitud matonesca? No tienes ni idea de la imagen que tiene el pueblo de vuestra camarilla de generales. Y en cuanto a tu Generalísimo…
– A lo mejor te crees que podéis derrotar a los japoneses vosotros solos…
– Ese Generalísimo vuestro es un vulgar caudillo.
– No -se oyó decir a sí mismo Li Ang con sorprendente firmeza-. Nadie tiene derecho a juzgar a un hombre hasta ver cómo muere y cómo se le recuerda.
Se quedaron callados unos instantes.
– Mira, gege -dijo Li Bing, aprovechando el silencio-. Escúchame. Tú no entiendes por qué desconfío tanto del poder. Es porque cuando has visto la crueldad, cuando la has sentido en tus propias carnes, ya nunca vuelves a ser el mismo.
– Venga, no te pongas tan melodramático, que a los dos nos educaron igual.
– No. Tú siempre fuiste más fuerte. Tomabas parte en todo; nunca tuviste que limitarte a mirar. Esos tipos del gobierno… Ese general Hsiao tuyo es otro Sun Chuan-fang. ¿Y te acuerdas de aquel chico del barrio, en Hangzhou, al poco de mudarnos, que se llamaba Chang? Me tenía acogotado, siempre acosándome a la salida del colegio…
La sombra de un recuerdo le cruzó la mente. Vio, fugazmente, a un niño corpulento cuyo rostro paliducho y ojos pequeñajos mostraban una frialdad perturbadora, inhóspita.
– Eran muchos los niños que te acosaban a la salida del colegio -dijo-. Eras un empollón escuchimizado. ¿Qué quieres, que me acuerde de todos los líos de los que tuve que sacarte?
Li Bing no respondió. En ese momento pasó el camarero y Li Ang le pidió más té con un gesto. Era el momento de volver al tema. Observó con una mueca irónica el enorme chorro de té y cuando el chico se hubo retirado, dijo:
– De acuerdo, esta ciudad está abarrotada de gente. Cuando hasta para servir té hace falta una aptitud especial que sólo se consigue entrenando, está claro que sobra mano de obra y faltan puestos de trabajo.
Siguió un instante de silencio. Li Ang volvió a la carga.
– He oído que en la oficina de enlace están buscando un administrativo que hable un mandarín aceptable para encargarse del abastecimiento.
Nada más pronunciar la última palabra, se dio cuenta de que había metido la pata.
– Muchas gracias -dijo Li Bing-. Es lo que he querido toda mi vida, ser un oficial de abastecimientos.
– Cállate -le espetó Li Ang-. ¿Qué tiene de malo un buen puesto de funcionario?
Li Bing escupió.
– Antes me muero de hambre.
– ¡A veces pienso que eso es lo que te va a pasar! -Li Ang sintió el ardor de su voz, pero siguió adelante-. Bueno, déjame que vea lo que puedo hacer. Preguntaré en la Oficina de la Superioridad Moral.
Ahora supo que se había pasado. Li Bing se quedó lívido. Tenía la misma cara insípida de siempre, sólo que ahora más demacrada e inexpresiva que nunca, toda ángulos y aristas. Por un momento Li Ang se sintió incómodo, casi asustado.
– Venga, hombre -le soltó-. Al fin y al cabo, ni siquiera tú estás hecho de ideales. Tienes que comer y dormir como todo hijo de vecino.
– Si te refieres al hecho de que no me esté quedando en tu casa, no intentes hacerme cambiar de idea. No tengo intención de instalarme allí y trastocar tu vida social.
– Sabes que eres bienvenido.
Li Ang estaba orgulloso de su enorme apartamento.
– No voy a aceptar tu apoyo.
– Sabes que, estrictamente hablando, nuestros bandos están en paz.
– Tengo que irme -dijo Li Bing, llevándose la mano al bolsillo.
– Ni lo sueñes.
– He dicho que quiero irme. ¿Es que no puedo?
– Puedes irte donde te dé la gana. Me refiero a que no sueñes con que vaya a dejarte pagar la cuenta. Aquí el único que tiene trabajo soy yo.
– Exactamente -dijo Li Bing.
– ¿Qué quieres decir?
– Pues que no necesito que lo que en esencia no es sino el ejército mercenario de T. V. Soong [7] me pague el té, por repletos que tenga los bolsillos.
Li Ang se olvidó de responderle. No podía apartar los ojos de su hermano. Lo vio en su rostro: un destello, un fogonazo de agresión física. De pronto, Li Bing se inclinó sobre la mesa y estiró el brazo por encima del hombro de Li Ang. Éste se giró para ver dónde señalaba. Justo delante de sus narices, Li Bing le tendía al camarero un puñado de monedas.
Li Ang no lo pudo resistir y le dio con la cabeza en el brazo. Las monedas saltaron por los aires en todas las direcciones. Li Ang asintió con la cabeza y volvió a mirar hacia la mesa, justo a tiempo de ver cómo Li Bing, con las gafas torcidas, se abalanzaba por encima de los platos vacíos y lo embestía. Li Ang sintió que el mundo se inclinaba. Su silla se cayó al suelo estrepitosamente. Li Bing saltó de la mesa y cayó encima de él.
Li Ang clavó los ojos en los de su hermano y los encontró inmutables, obcecados. Se sonrió. Li Bing era liviano como una mosca y Li Ang sabía que en cuanto recobrase el aliento se lo quitaría de encima con facilidad. Los camareros fueron hacia ellos desde todas las direcciones y los hermanos los apartaron a empujones. Li Bing peleaba con una fuerza y una concentración sorprendentes. Pero la pauta de sus trifulcas infantiles no había variado: Li Ang no tardó en dominar a su hermano. Sentado en las espaldas de Li Bing, pagó la cuenta. Li Bing se puso en pie, macilento y furioso.
– ¡Utiliza el cerebro! -gritó-. ¡Tus generales no están luchando de verdad contra los japoneses! Sólo están esperando ayuda extranjera. ¡Y tu gobierno es un parásito del pueblo chino!
De repente todo el establecimiento se quedó en silencio.
– Ahora compórtate -dijo Li Ang-. Este parásito va a pagar los platos rotos.
Li Bing se alejó con paso acechante. Mientras miraba a su hermano salir del local, Li Ang se percató de que alguien lo observaba desde una mesa redonda situada en un rincón. Era el general Hsiao, sentado con varios oficiales. Se preparó para la reprimenda, pero cuando se acercó a disculparse, el general se limitó a señalar que esa noche su mujer daba una cena para varias personas y que estaba invitado.
Mientras se preparaba para la cena, Li Ang se sintió rebosante de energía y optimismo. Se paseó por su apartamento. Se miró las cicatrices en el espejo; planas y descoloridas, parecían desdibujarse a la luz del crepúsculo. Invirtió más tiempo de la cuenta en cepillarse el uniforme; ya era hora de contratar una criada. Tenía un cuarto libre y además le gustaba la idea de convivir con una chica, una de esas sichuanesas de cintura de avispa y hablar barriobajero.
Su ilusión fue aún mayor cuando vio que lo habían sentado a la vera de Hsiao Taitai. Seguro que a ninguno de los invitados se le habría escapado tamaña muestra de favoritismo. Al tomar asiento le costó reprimir su entusiasmo. Se puso manos a la obra con la cena. Nada más llegar a Chongking había descubierto que, para integrarse del todo, tenía que aprender a comer las fortísimas especialidades locales. La cena de esa noche llevaba todavía más huajiao de lo normal, lo cual decía mucho de la influencia de Hsiao, pues los mejores chiles, como el resto de viandas, amén de escasear, eran caros.
Felicitó a Hsiao Taitai por la comida.
– Mi esposa nunca cocinaba así.
– De modo que está usted casado -dijo ella.
– Sí.
– ¿Por la iglesia?
– ¿Perdón?
– ¿Fue una boda cristiana?
– No -respondió-. Tradicional.
Se arrepintió de saber tan poco del cristianismo. Muchos oficiales de alto rango, incluido el propio Sun Li-jen, habían estudiado en los Estados Unidos o en los colegios de las misiones americanas.
– Debe de ser duro para su esposa estar al otro lado del frente.