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Eso solía crear problemas, al menos en invierno. En el campus había originalmente mucho espacio entre los edificios, que se había ido llenando a lo largo de los años con nuevas construcciones. Ahora estaba abarrotado: repleto de cristal y acero, ladrillo y hormigón.

De todas formas, había cosas del campus que le gustaban a Mary. Lo más notable era el nombre de la Facultad de Empresariales, junto a la que pasaba ahora: The Schulich School of Business. Y, sí, Schulich se pronunciaba como «lamer los zapatos».

Todavía faltaba una semana para que comenzaran las clases, y el campus estaba casi desierto. Aunque era pleno día, Mary todavía sentía aprensión mientras caminaba, al doblar las esquinas, al caminar junto a los muros, al internarse en los pasillos.

Aquí había sucedido, después de todo. Fue aquí donde la violaron.

Como la mayoría de las universidades norteamericanas, en York ya había más alumnas que alumnos. A pesar de todo, de los más de cuarenta mil estudiantes, unos veinte mil varones podrían haber sido responsables… suponiendo que el animal fuera un estudiante de York.

Pero no, no, eso no estaba bien. York estaba en Toronto, y es difícil encontrar una ciudad más cosmopolita. La había violado un hombre blanco con los ojos azules. Un porcentaje elevado de la población de York no encajaba con esa descripción.

Y era fumador: Mary recordaba vivamente el hedor a tabaco de su aliento. Aunque le dolía cada vez que veía a un estudiante encender un cigarrillo (estos muchachos, después de todo, habían nacido en los años ochenta, dos décadas después de que las autoridades sanitarias anunciaran que fumar era mortal), lo cierto era que una minoría de mujeres, e incluso menos hombres, fumaba.

Así que la persona que la había atacado no era cualquiera: era parte de un subconjunto de un subconjunto de un subconjunto: varones, de ojos azules y piel blanca, fumadores.

Si Mary daba con él algún día, podría demostrar su culpabilidad. No había muchas ocasiones en que ser especialista en genética tuviera aplicaciones prácticas en la vida privada, pero había sido providencial aquella horrible noche. Mary sabía cómo conservar muestras del semen del hombre, que contenían ADN susceptible de identificarlo de manera concluyente.

Mary continuó atravesando el campus. No había multitudes entre las que abrirse paso todavía. Pero lo cierto es que se hubiese sentido más segura de ser así. Después de todo, la violación había sido durante las vacaciones de verano, cuando había menos gente. Las multitudes significaban seguridad, ya fuera en la sabana africana o allí, en Toronto.

Y ahora, mientras continuaba su camino, Mary advirtió que un hombre se le acercaba. Se le aceleró el pulso pero prosiguió su camino: no podía pasarse el resto de la vida desviándose cada vez que se le acercara un hombre. Sin embargo…

Sin embargo, era un hombre blanco, eso estaba claro.

Su pelo tendía a rubio. No había visto el pelo de su atacante: llevaba pasamontañas. Pero los ojos azules a menudo iban emparejados con el pelo claro.

Mary cerró los ojos un segundo, apartando el brillante sol, alejándose del mundo. Tal vez debería haber seguido a Ponter a través del portal hasta el universo Neanderthal. Desde luego esa idea se le había pasado por la cabeza mientras corría por el campus de la Laurentian en busca de Ponter, para que llegara al fondo de la mina Creighton antes de que el portal que conducía a su realidad se cerrara de nuevo. Después de todo, allí, al menos, hubiera sabido con seguridad que su atacante no estaba cerca.

El hombre que se le acercaba ya estaba a menos de una docena de metros de distancia. Era joven (probablemente un estudiante de verano), y llevaba pantalones vaqueros y una camiseta y gafas de sol. Era un luminoso día de verano: la propia Mary llevaba sus Foster Grants. No había manera de distinguir de qué color eran sus ojos, aunque no podían ser del color dorado de los de Ponter… ella nunca había visto a ningún humano con unos ojos así.

Mary se sentó cuando el hombre se acercó más, y más aún.

Aunque no hubiera llevado gafas de sol, Mary no habría sabido de qué color tenía los ojos: cuando el hombre pasó por su lado, agachó la cabeza incapaz de mirarlo.

Maldita sea —pensó—. Maldita sea.

3

—Así pues —dijo Jurard Selgan—, a pesar de su… su…

Ponter se encogió de hombros.

—Mi amenaza —dijo—. Se supone que no debemos tener miedo de enfrentarnos a nada, ¿no?

Selgan ladeó la cabeza, aceptando el argumento de Ponter.

—Muy bien, pues. A pesar de su amenaza, el Gran Consejo Gris no tomó inmediatamente una decisión, ¿no?

—No —respondió Ponter—. No, y supongo que hicieron bien en tomarse al menos algún tiempo para meditarlas cosas. Dos estaban a puntó de convertirse en Uno, y por eso el Consejo se disolvió, aplazando su decisión; hasta después de que terminara…

Dos se convierten en Uno: una frase sencilla y, sin embargo, tan cargada de significado y tan compleja para Ponter y su pueblo. Dos se convierten en Uno: los cuatro días mensuales de vacaciones alrededor de los cuales se estructura la vida.

Dos se convierten en Uno: el período durante el cual los varones adultos, que normalmente viven en el Borde de la ciudad, acuden al Centro para pasar el tiempo con sus mujeres-compañeras y sus hijos.

Era más que una pausa en el trabajo, más que romper la rutina. Era el fuego que alimentaba la cultura; eran los lazos de tripa que unían a las Familias.

Un hoverbús se posó delante de la casa de Ponter y Adikor. Los dos hombres entraron por la puerta trasera y encontraron un par de sillas Adyacentes donde sentarse a horcajadas. El conductor activó los Ventiladores y el bus se alzó del suelo para encaminarse hacia la siguiente casa en la distancia.

Normalmente, Ponter no prestaba atención a algo tan mundano como un hoverbús, pero aquel día no podía dejar de reflexionar acerca de lo elegante que era como solución en comparación con lo que habían hecho para transportarse en el mundo gliksin. Allí, vehículos de todos los tamaños rodaban sobre ruedas. Por todas partes adonde había ido en aquel mundo (cierto, sólo a unos cuantos sitios) había visto senderos anchos y llanos cubiertos de piedra artificial para permitir la rotación de esas ruedas.

Y por si eso no fuera suficiente, peor aun, los gliksins usaban una reacción química para impulsar sus vehículos con ruedas, una reacción que desprendía un olor espantoso. Al parecer no era tan molesto para ellos como para Ponter; no resultaba sorprendente, supuso, ya que tenían una nariz minúscula.

¡Qué maravilloso quiebro de la naturaleza! Ponter sabía que los de su especie habían desarrollado sus grandes narices (mucho más grandes que las de ningún otro primate) durante la última era glacial. Según el doctor Singh, el gliksin que lo había atendido en el hospital, los neandertales tenían una capacidad nasal seis veces superior a la de los gliksins. En un principio la razón era humedecer el aire frío antes de introducirlo en el sensible tejido pulmonar, pero cuando las grandes placas de hielo acabaron por retirarse, conservaron aquellas enormes fosas nasales porque proporcionaban un excelente sentido del olfato como efecto añadido.

Si no hubiera sido por eso, tal vez la especie de Ponter hubiera usado los mismos petroquímicos y provocando el mismo grado de contaminación atmosférica. La ironía no se le escapaba a Ponter: la especie humana que hasta entonces sólo habían conocido como fósil estaban envenenando su cielo con lo que ella misma llamaba combustibles fósiles.