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– ¡Qué bonito! -comenté.

– Lo de ahí fuera es mi despacho -explicó Cisco- y ésta es toda la casa.

Lo seguí. A nuestra derecha había un armario con puertas correderas de espejo, en el cual se reflejaron una policía borracha perdida y un delincuente altruista. Sobresaltada, aparté la mirada.

– ¿Por qué no enciendes la luz del escritorio? -sugirió Cicero-. Es muy tenue y no te molestará para dormir. Y si después quieres cerrarla, podrás hacerlo desde la cama, en cambio la del techo, no.

Me acerqué a la mesa e hice lo que me había recomendado. Cicero apagó la brillante luz del techo y la habitación adquirió un tono suave y dorado.

– Si quieres, también puedes cerrar la persiana, pero estamos en el piso veintiséis y aquí nadie te ve. Yo siempre duermo con la persiana abierta -explicó.

Cuando empezaba a marcharse, me volví y pregunté. -¿Y tú?

– Yo, ¿qué?

– No irás a dormir en la mesa de exploración, ¿verdad?

– No, no te preocupes -respondió Cisco tras una carcajada-. Siempre me acuesto muy tarde.

– Pero…

– Si al final tengo ganas de acostarme, te despertaré y te echaré de la cama de una patada. No soy la madre Teresa.

Cuando hubo salido, me quité el jersey y los pantalones y me quedé en camiseta y ropa interior. Me pregunté si era correcto que me metiese en la cama o sería mejor que me tumbase encima. Una cama era algo muy personal, pero no quería despertarme al cabo de una hora muerta de frío.

Decidí, a modo de experimento, meterme entre la colcha y la manta, un punto intermedio que a mi mente embotada por el alcohol y el cansancio le pareció sensato, y apagué la luz.

Al cabo de un tiempo indeterminado, me desperté en la oscuridad. ¿Dónde demonios estaba? Oí voces masculinas adultas al otro lado de la pared y el sonido me llenó de un pánico que no comprendí. El ritmo del corazón, lento debido al sueño, se aceleró.

Entonces, entendí dos palabras, pecho y fiebre [1]. Reconocí la voz de Cicero Ruiz y oí la tos ronca de un niño. Cerré los ojos y me volví a dormir.

Cuando alcé de nuevo la cabeza, tuve la sensación de que habían transcurrido muchas horas. Sin embargo, algo me había despertado y miré a mi alrededor. Allí estaba la silueta de Cicero bajo una luz muy tenue y vacilante. Lo vi colocar una vela encendida en el estante de las fotos de familia, y ya había otra vela en la mesa, con la llama quieta y estable.

– ¿Qué…? -empecé a decir.

– Ha habido tormenta -explicó- y se ha ido la luz. Temía que te despertaras a oscuras en un sitio desconocido y no encontraras el camino.

– ¡Oh! -exclamé sentándome en la cama. Me froté la cara-. ¿Qué hora es?

– Casi las dos -respondió.

– Lo siento -me disculpé-. Tendrías que haberme despertado.

– Bueno, pues ya estás despierta. ¿Has dormido suficiente?

– Sí -asentí-. Me encuentro mucho mejor. ¿Puedo utilizar otra vez el baño?

Cicero me acercó la vela. Aparté la colcha y salté de la cama. Cuando se me ocurrió sentir cierta timidez por el hecho de ir medio desnuda, ya era un poco tarde; por otro lado, Cicero había visto de todo, que para eso era médico. Tomé la vela que me ofrecía.

Ya en el baño, abrí el armario y encontré dentífrico. Me puse un poco sobre la lengua y me froté los dientes y las encías con dos dedos. Luego la escupí y me enjugué la boca. Acto seguido, me mojé la cara. Aquel ritual me permitió sentirme de nuevo como un ser humano normal, gracias también a que el oído me dolía mucho menos. Me molestaba todavía, pero era una sensación mucho más soportable que el dolor agudo, las crepitaciones y los pinchazos del mediodía. Me aventuré a examinarme en el espejo. Esperaba descubrir unos ojos inyectados en sangre, pero me encontré con una mirada sorprendentemente clara.

Agarré la vela y volví a la habitación. La manera en que Cicero me miraba me resultó familiar.

– Me estás haciendo la prueba visual de la alcoholemia, ¿verdad?

– Quiero asegurarme de que estás en condiciones de conducir -respondió-. Siéntate y hablaremos un momento. Tengo que decirte dos cosas importantes.

Me senté en el borde de la cama y él se acercó.

– Primero: dentro de cuarenta y ocho horas quiero verte de nuevo para explorarte el oído y asegurarme de que se está curando bien.

Yo asentí.

– Segundo -prosiguió, cogiendo una hoja de papel-. Aquí tienes una receta de antibióticos. Es posible que tu cuerpo pueda superar esto sin penicilina, pero así lo hará más deprisa.

– Creía que tú no hacías recetas -comenté.

– Una paciente me ha traído el talonario -explicó Cicero-. Prefiero no saber de dónde lo ha sacado y no pienso utilizarlo, pero contigo haré una excepción. -Se detuvo un momento como para indicar que aquél era un asunto serio-. Te daré la receta, pero te impondré unas condiciones. Primera: no le dirás a nadie que aquí tengo un talonario. Yo nunca se lo cuento a nadie.

– No lo haré.

– Segunda: una receta de antibióticos no tiene por qué despertar las sospechas del farmacéutico. Las recetas fraudulentas no se utilizan para comprar antibióticos.

– ¿Quieres decir que hay probabilidades de que me arresten si voy a comprarlos con tu receta?

– Las probabilidades son muy escasas. Por lo general, a la gente que falsifica recetas se la descubre enseguida porque no sabe llenarlas. Los médicos y los farmacéuticos se comunican entre sí con un lenguaje propio. No resulta fácil falsificarlo y, desde luego, ésta la he llenado correctamente, a excepción de un detalle: el número de colegiado no es válido -explicó-. Si el farmacéutico sospecha, entrará en la trastienda, llamará a la poli y te entretendrá hasta que llegue.

Menuda historieta sórdida sería: una detective del condado de Hennepin detenida por intentar comprar medicamentos con una receta ilegal.

– Así que, si tardan más de diez minutos en encontrar la medicina y te dicen que esperes, márchate -me aconsejó Cicero-. Y, ahora, la última condición: si te pescan, a mí no tiene que ocurrirme nada. -Hizo amago de quedarse la receta, como si estuviera regateando-. Ya tengo bastantes problemas; sólo faltaría que me arrestaran. Si me das tu palabra de que no me delatarás, la receta es tuya.

– Te doy mi palabra -prometí.

Me entregó el papel y lo cogí.

– Pero dime una cosa -murmuré-. ¿Por qué confías en mí?

– No lo sé -respondió-, pero el caso es que me fío.

Nos sumimos en el silencio. La luz titubeante de la vela junto a las fotos de familia daba al estante el aspecto de un altar consagrado a los espíritus de sus antepasados, aunque una de las imágenes era reciente. Allí aparecía Cicero en la que debía de ser su fiesta de graduación de la facultad. Su sonrisa se veía auténtica, no la especie de rictus forzado que adoptan muchas personas cuando se les pide que posen ante la cámara. Sacaba media cabeza como mínimo a la gente que lo rodeaba.

Media cabeza. Aparecía de pie. Su cuerpo no estaba impedido.

– ¿Cuánto medías? -pregunté sin pensar.

– ¿Medía? -repitió.

– Lo siento -dije, y noté que se me encendía el rostro-. Lo que quería decir es que…

– No pasa nada.

El sonrojo empezó a remitir, pero agaché la cabeza y me fijé en que iba descalza.

– Tendría que marcharme.

– Sarah -dijo-, ¿te da miedo tocarme?

Era cierto. Estábamos sentados muy cerca el uno del otro y yo había evitado que nuestras extremidades se rozaran.

– Pues claro que no, por Dios -respondí-. Si acabas de explorarme…

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[1] Nota de los traductores: en español en el original.