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– ¿Y qué dijo? -intervino Cary, que con pantalón de pijama y sus sempiternas gafas de sol tenía un aire más ambiguo que nunca-. No recuerdo nada que pasara más allá del postre.

– Yo tampoco -corroboró Miranda de Winter, que llevaba su maravillosa cabellera prerrafaelista envuelta en una toalla, lo que le hacía tener un aspecto muy distinto al del día anterior. Y es que, desprovista de su atributo más significativo, la nariz y la barbilla se le afilaban hasta conferirle el aspecto de un ave, de una rapaz.

– Exactamente lo mismo me pasa a mí. No recuerdo nada en absoluto de lo que dijo Olivia -se sumó Vlad, que en ese momento regresaba con la llave maestra y comenzaba a forcejear con ella (no con mucha determinación, por cierto).

«Mienten -le dio tiempo a pensar a Ágata-, claro que recuerdan lo ocurrido anoche, ¿cómo no van a recordarlo? ¿Y Vlad? ¿Qué demonios hace que no acaba de abrir la puerta? Por el amor de Dios, Vlad, ¡a qué esperas!»

En realidad, toda la escena duró apenas unos minutos, tres o cuatro a lo sumo. Y sin embargo, más adelante, cuando Ágata recordara los acontecimientos de aquel día tan pródigo en ellos, se sorprendería al comprobar que podía dar cuenta de todo lo ocurrido incluso con detalles intrascendentes como el color del forro de la bata de Cristobalina Sosa, que era de un amarillo pálido, por ejemplo. O insignificantes, como el modo en que Cary Faithful jugueteaba con los cordones del pantalón de su pijama al decir que no recordaba nada en absoluto de lo ocurrido la noche anterior. O extraños, como el modo en que la mirada de Kardam Kovatchev parecía escrutar una y otra vez las caras de los presentes en busca de quién sabe qué: ¿un gesto de culpabilidad?, ¿una expresión cómplice?, ¿algún secreto regocijo?

En efecto, qué lentos y preñados de pormenores habían sido esos escasos minutos. Como cuando Ágata reparó también en la mirada que intercambiaron Sonia y su madre al ver que la puerta se resistía a la llave maestra. O el momento por fin en el que el doctor Fuguet, el último de los pasajeros en reunirse ante el camarote de Olivia, de pronto se abrió paso entre ellos y, con una calma en la que se adivinaba un gran temor, se acercó a Vlad, y sin mediar más que media docena de palabras le conminó a que le entregara la llave. Pocos segundos más tarde y con un insignificante clic, la puerta cedió, permitiéndoles entrar al camarote. Ágata recuerda a continuación el inconfundible olor a almendras amargas que envolvía la habitación de su hermana y el «Dios mío» que escapó de los labios del doctor Fuguet, que estaba a su derecha y que posiblemente percibió aquel aroma en el mismo instante que ella. Y es que allí, entre las sábanas revueltas, podía verse el cuerpo de Olivia Uriarte, con la cara semioculta por su pelo rubio y los brazos yertos a un lado del colchón.

Sólo dos de los presentes corrieron hacia ella. La primera, Ágata, mortalmente pálida; el segundo Pedro Fuguet, con un grito ronco, terrible.

– ¡Olivia! -sonó aquel nombre en ambas gargantas pero, apenas un segundo más tarde, ambos gritos se trocaron en otro de asombro porque, como quien sale de un letargo, como quien regresa de un prolongado y no precisamente nada desagradable sueño, Olivia se irguió en la cama para mirarlos con lo que parecía genuina extrañeza.

– ¿Pero se puede saber qué demonios os pasa a todos? ¿A qué viene tanto alboroto? Cualquiera diría que habéis visto un fantasma.

El desconcierto fue tan general que nadie atinó a decir palabra. Un silencio espeso como el que se había extendido anoche después de los postres pareció apoderarse de todos los presentes.

Y sin embargo, apenas ocho horas después de esta escena, Olivia Uriarte estaba muerta. Esta vez de verdad.

Recuerda, recuerda

– Tranquila, señora, lo más importante ahora es que haga memoria. Ya sé que son momentos difíciles, pero intente sobreponerse y pensar con claridad. Vamos a hacer una ronda de preguntas a todos ustedes, posiblemente por separado, por lo que es necesario que permanezcan en sus camarotes.

Ágata observó al hombre que tenía delante. «Qué poco se parecen los policías de verdad a los de las películas -pensó al ver a aquel guardia civil tan joven y menudo que casi flotaba dentro de su uniforme verde-. ¿Cuántos años podía tener, ¿veinticuatro? ¿veinticinco? Incluso parecía menos.»

– ¿Quiere que comience a hablar ya? -preguntó.

Pero aquel muchacho (el cabo Padilla, dijo llamarse) la tranquilizó con unos golpecitos en la mano.

– Hay tiempo. Cuando mi superior, el teniente Gálvez, termine con la inspección ocular, procederemos a hacer el atestado. Usted permanezca aquí y procure recordar las horas previas al descubrimiento del cadáver. Todos los detalles son importantes.

Fue Vlad Romescu quien descubrió el cuerpo de Olivia. Eso es lo primero que logra recordar Ágata. Eso, y que éste apareció en la plataforma de los bañistas, sin signos de violencia. Recuerda también cómo, a la voz de alarma del capitán, todos se habían congregado en cubierta junto a la tripulación. Cuando ella llegó, allí estaba ya el doctor Fuguet, que intentó reanimar a la accidentada durante lo que a Ágata le pareció una eternidad, pero sin éxito. ¿Qué había pasado? Alguien aventuró que parecía claro que Olivia hubiese caído de espaldas desde la barandilla de popa. Pero ¿estaba sola en ese momento o había alguien más? Cada uno negó haber visto u oído nada.

Lo que hicieron a continuación fue pedir ayuda por radio y entonces, siguiendo las indicaciones de la Guardia Civil del mar, el barco regresó a tierra. Ahora se encontraban atracados en el puerto de Andratx a la espera de la llegada del forense, pero se hacía esperar. Por lo visto había habido un accidente en carretera con varios muertos y se estimaba que tardaría por lo menos una hora. Había por tanto mucho tiempo para poner en orden las ideas tal como le pidió el cabo Padilla que hiciera. ¿Estarían los demás haciendo lo mismo en sus camarotes? Los recuerdos de unos y otros rara vez coinciden, se dijo Ágata, pero ella estaba muy segura de cuáles eran los suyos. Ahora se preguntaba si tendría razón Olivia cuando decía que la muerte suele anunciarse con pequeños avisos o señales. Reviviendo cierta conversación mantenida con su hermana unas cuantas horas atrás, mientras ésta se vestía para el desayuno, Ágata no tenía más remedio que reconocer que sí.

– ¿Cómo diablos se te ocurre gastar semejante broma estúpida, Oli? Peor aún: cruel y macabra si le añadimos tu numerito de anoche. Fingirte muerta, ¡y además perfumar tu cuarto con olor a almendras amargas como si de una novela de crímenes barata se tratara! ¿A qué vienen tantas estupideces? Supongo que éste es uno más de tus jueguecitos de millonarios aburridos, pero no tiene ninguna gracia. No hay más que ver la cara que se les ha quedado a tus invitados.

– Precisamente eso es lo que yo pretendía, tonta, verles las caras. ¿No lo comprendes?

– Desde luego que no. ¿Qué es lo que tengo que comprender?

– Hay que ver lo simple que puedes llegar a ser a veces, tesoro; intentaré explicártelo de otro modo. Se dice siempre que si uno pudiera estudiar las caras de las personas que tiene alrededor en el momento de morir, no sólo comprendería quién le ha querido de verdad y quién no, sino también quién más desea su muerte e incluso quién está dispuesto a darle matarile. Por tanto, yo ahora sé perfectamente qué piensa cada uno. ¿Te importa subirme la cremallera? ¿Cómo demonios se las arreglan las mujeres que no tienen marido ni mucama para ponerse ropa que se abrocha a la espalda? ¿Cómo te las arreglas tú que nunca has tenido ni una cosa ni otra?