«Una caída muy desafortunada. Con toda probabilidad su hermana de usted estaba sentada allá arriba en cubierta en la barandilla de popa, hablando por teléfono de espaldas al mar (encontramos su móvil en la plataforma) y cayó. Desnucada, sí, es fácil de colegir que ésa ha sido la posible causa de la muerte. Pero es necesario averiguar si estaba sola o acompañada. Piense una vez más, señora, mientras estaba usted aquí en su camarote con su leve mareo, ¿vio o escuchó algo?»
Ágata cierra aún con más fuerza sus rodillas. Un nuevo amago de tsunami recorre su cuerpo y hasta su boca sube incluso una pequeña ola con regusto a café rancio. Sí. Si la policía le hace esta pregunta, ella no tendrá más remedio que contestar de forma afirmativa. Y es que fueron varios los retazos de conversaciones que llegaron hasta sus oídos en aquellas cinco o seis horas. También varias las sombras que habían bailoteado ante el cristal de su ojo de buey desde el que, en efecto, se alcanza a ver parte de la plataforma. ¿Pero qué decían esas voces? ¿Y qué demonios hacían esas sombras? «Si esto fuera una película y no la vida real, seguro que ahora -se dice Ágata- comenzarían a acudir a su memoria, poco a poco, ráfagas de conversación, palabras sueltas, incluso alguna visión fugaz pero muy reveladora que ayudasen a descifrar cómo se produjo el mortal accidente. Pero esto no es una película sino la realidad. Y, por lo que se ve -continúa diciéndose Ágata- la vida real no tiene el menor escrúpulo en mezclar lo irreparable con lo inconfesable, lo luctuoso con lo bochornoso. O, dicho en román paladino, la muerte de mi única hermana con una monumental cagalera.»
Por eso, en los recuerdos de Ágata Uriarte se entreveran y confunden palabras sueltas con retortijones. También una risa que tiene la particularidad de acabar en una nota aguda, muy infantil y luego, al cabo de varios minutos, la fugaz visión de algo a través del ojo de buey (un móvil caído, unas gafas de sol), todo esto mezclado, por supuesto, con desesperados corre-corres al cuarto de baño y con oh dios mío, que otra vez no llego al retrete.
«Qué mala, pero qué mala guionista es la vida y, sobre todo, qué desconsiderada», se dice ahora Ágata aún con las rodillas muy juntas y tratando de hacer memoria y poner en orden sus recuerdos antes de que se abra la puerta y aparezca Padilla con el teniente Gálvez para comenzar la ronda de preguntas.
«Piensa, Ágata piensa, por lo que más quieras ¿Qué fue exactamente lo que viste u oíste y en qué orden? Recuerda, recuerda.»
Invitación a un asesinato
Ha pasado un tiempo desde la muerte de mi hermana Olivia y aquí estoy, tomando lápiz y papel (esto es sólo una licencia literaria, claro; yo, como todo el mundo, escribo en ordenador) para contar lo sucedido desde entonces. Una parte de mí piensa que se trata de una historia que merece ser publicada en una novela, o mejor aún, en un blog, para que la gente opine sobre sus extrañas circunstancias, que son muchas y poco comunes. Pero otra parte -que de momento es la que manda- razona que es preferible que jamás vea la luz. Hay historias así, que mejor no se sepan nunca.
Sea como fuere, de momento mi intención es escribirla con detalle. ¿Otra de mis muchas contradicciones? Sí, es cierto, pero ocurre también que determinadas cosas que uno vive sólo se comprenden en su totalidad cuando se ponen negro sobre blanco.
Además, una vez que termine con esta crónica, si por fin prefiero que no se sepa, siempre puedo quemarla o mejor aún, pulsar la tecla supr. Todos los que pasamos mucho tiempo en internet sabemos que tiene algo de divino hacer que lo vivido se disuelva en un segundo, así, sin dejar rastro. Pero bueno, me parece que ya estoy elucubrando demasiado. Volvamos al comienzo de este relato, que empieza conmigo sobre la cama de un hotelucho de nombre Sa Tomasa, cerca de Magaluf, una semana después de la muerte de mi hermana Olivia, sola como es mi costumbre, pero rodeada de recortes de periódico y revistas. Aunque, antes de lanzarme a narrar los hechos, tal vez debería dedicar un par de líneas a describir mi estado de ánimo. Eso es lo que haría un escritor profesional, ellos conceden mucha importancia a lo que llaman «el factor humano». Muy bien, seguiré su ejemplo y para eso he de decir que, por aquellas fechas, me encontraba aturdida, preocupada y también vacía. Sí, creo que esta última es la palabra exacta. Es verdad que Olivia y yo nunca estuvimos lo que se dice muy unidas, pero era la única persona de la familia que me quedaba, si exceptuamos unos primos ingleses a los que hace años no veo. Y algo se extingue dentro de uno cuando desaparece la última persona de la familia, o al menos eso me ocurría a mí. Además, para qué voy a hacerme la dura e imperturbable, es terrible tener que contemplar el cuerpo sin vida de alguien de nuestra misma sangre. Y sin embargo, ahora que lo pienso, el de Olivia parecía tan sereno… Incluso estoy por afirmar que había una mínima sonrisa en sus labios cuando la encontramos. Pero no, deben de ser figuraciones mías, nadie más pareció reparar en tan significativo detalle. Por eso es mejor que vuelva al punto en que me disponía a comenzar esta historia, a aquel hotelucho de Magaluf y a los recortes de periódico sobre mi cama.
«La muerte viaja en yate», así rezaba el titular de uno de ellos, y otro decía: «Una caída mortal acaba con la vida de divorciada en apuros». «El actor Cary Faithful y la "top" Sonia San Cristóbal, testigos de una muerte fortuita» era el enfoque de un tercero, y había lo menos tres o cuatro más si sumamos periódicos, revistas y hasta uno de esos escandalosos confidenciales de internet que yo había tenido la prudencia de imprimir para leer con más detenimiento. Los subtítulos de unos y otros, por su parte, se ocupaban sobre todo de guarismos. «A pesar de que la tragedia se desarrolló en cuarenta metros de gran lujo con diez personas de tripulación y ocho invitados a bordo, nadie vio ni oyó nada.» Y luego estaba este otro que hablaba de ciertas cifras que fueron una verdadera sorpresa para mí. «Una deuda de cien millones de libras, un tercer divorcio y varios embargos proyectan su larga sombra sobre una muerte accidental.» Con todo detalle se exponía la situación financiera del ex marido de Olivia, Flavio Viccenzo, que yo desconocía por completo. Se hablaba de una quiebra ocurrida meses atrás y de cómo un gran imperio se puede desmoronar de la noche a la mañana. Aunque lo más sorprendente para alguien lega como yo en los muchos enigmas del sistema capitalista, eran las líneas que venían a continuación. En ellas se explicaba que todo lo que habíamos vivido a bordo del Sparkling Cyanide -la gastronomía tres estrellas, el lujo, también la cohorte de silenciosos e invisibles marineros asiáticos- no era más que un espejismo. ¿Cómo se explica que una persona arruinada y con sus bienes embargados como Flavio pueda seguir disponiendo -e incluso prestar a su ex- un yate de cuarenta metros que cuesta la friolera de 4.100 euros al día mantener?, se preguntaba el autor de aquel interesante reportaje para luego, bajo el subtítulo de «Los ricos también lloran… pero menos» explicar otra cosa que, al menos para mí, resulta casi imposible comprender. Me refiero al hecho de que, a diferencia de los simples mortales que cuando se arruinan lo pierden todo y a la calle, los multimillonarios que quiebran pasan de ser ricos en dinero a serlo en deudas. Y por lo visto, cuanto más debes a todo el mundo, mucho mejor, por lo que a ellos se les permite seguir navegando -ésta era la oportuna metáfora que utilizaba aquella publicación- hasta que, a veces logran salir a flote y otras -como al parecer era el caso- naufragan sin remedio. Sin embargo, incluso cuando se van a pique, los millonarios en deudas lo hacen con mucho estilo. Es algo parecido al hundimiento del Titanio, se van al fondo entre comilonas y saraos mientras la orquesta toca Nearer my Lord to thee, como quien dice.