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Kardam Kovatchev era el único de los invitados que no había bajado al camarote a descansar después del almuerzo. Según le explicó a la Guardia Civil, deseaba estar un rato solo y se había tumbado en proa. A la pregunta del cabo Padilla de si allí no hacía un calor achicharrante sin sombra donde cobijarse, Kardam meneó filosóficamente la cabeza. «Mejor al sol que estar demasiado cerca de las sombras», fue su extraña respuesta, pero yo en ese momento, tampoco le di importancia. El castellano de este muchacho dista mucho de ser perfecto. «Seguro que quiso decir "sombra" en singular», recuerdo haber pensado.

Puesto que Kardam estaba en cubierta y a menos de treinta metros de donde se produjo la fatídica caída, la Guardia Civil se extendió en su interrogatorio. Se le insistió, por ejemplo, para que recordara si había visto u oído algo digno de mención. El negó una y otra vez con la cabeza. «No estaba mirando hacia popa -dijo, pero luego, tras pensárselo unos segundos, mencionó que, en un momento, calculaba él que más o menos quince o veinte minutos antes de que Vlad diera la voz de alarma al descubrir el cuerpo sobre la plataforma de los bañistas, una ráfaga de viento le trajo unas palabras sueltas de Olivia-. Fueron éstas -dijo-: "Lo sabía" -y luego, siempre según Kardam, ella añadió: "Las desgracias nunca vienen solas", seguido de una carcajada-. Seguramente mantenía una conversación telefónica» -añadió el muchacho-. «¿Algo más que haya usted oído?», insistió el jefe de Padilla, pero él dijo que no, que no tenía por costumbre escuchar conversaciones ajenas y menos aún las de personas que no le gustaban «ni unos pelos», así lo expresó él, de modo no tenía nada que añadir.

Continuando con la ronda de preguntas, le llegó el turno a Vlad. Dijo que no había hablado con Olivia desde la hora del almuerzo pero que, hacia las cinco, comenzó a levantarse mucho viento, por lo que subió a preguntar a la «jefa» (así la llamó, supongo que para darle más formalidad a sus palabras delante de la policía) si quería que levaran ancla en busca de un sitio más resguardado. «Al no verla en popa, miré hacia el agua suponiendo que estaría dándose un baño -explicó-. Entonces descubrí su cuerpo, abajo, tendido sobre la plataforma y, en efecto, debía de estar hablando por teléfono cuando cayó porque su móvil se encontraba junto a ella. También reparé en unas gafas de sol» -añadió. «¡Las mías -intervino entonces Cary a toda prisa-. Me las debí dejar olvidadas al salir del agua. No me he dado cuenta hasta ahora de que las había perdido.»

El doctor Fuguet, por su parte, comenzó asegurando que había visto a Olivia a las cinco en punto de la tarde, pero inmediatamente se desdijo cuando se le recordó que fue a esa hora cuando descubrieron el cuerpo. «Claro, claro, debió de ser un poco antes -rectificó con evidentes muestras de nerviosismo-. Yo no sé por qué subí a cubierta -continuó diciendo-. Quizá porque me pareció oír su risa a través del ojo de buey de mi camarote, y era todo menos alegre.» «¿Entonces usted también la vio u oyó hablar por el móvil?», preguntó uno de los guardias civiles. «Sí, estaba sentada de espaldas al mar sobre la barandilla de popa. Nunca pensé que pudiera ser tan peligroso. En ningún momento recordé que había una plataforma debajo, y ese fallo me perseguirá mientras viva. Ni siquiera me acerqué a donde ella estaba. Volví a bajar a mi camarote sin molestarla pues no quería interrumpir su conversación.» «¿Pudo oír usted lo que decía?» «Sólo tres palabras -explicó Fuguet-: "No-hay-tiempo."»

Aquí es necesario que haga una pausa para explicar algo que se supo muy poco después. Me refiero a la larga conversación telefónica que Olivia estaba manteniendo pocos minutos antes del accidente. Como el número quedó grabado en la memoria de su móvil, fue sencillo rastrear la llamada. Y saber quién era su interlocutor resultó decisivo para explicar una circunstancia más en la muerte de mi hermana. Se trataba de un médico, el doctor Pedralbes, un conocido especialista que en cuanto supo del accidente no tuvo la menor reserva en revelar el contenido de su conversación. Mi hermana sufría cáncer de páncreas. Le habían hecho pruebas unos días antes y fue ella quien llamó al médico para comentar una vez más los resultados. «Era una gran mujer -aseguró Pedralbes-. Tomó la noticia con mucha entereza. En cuanto a su llamada, dijo que era porque necesitaba que yo le volviera a explicar algunos pormenores del diagnóstico para algo importante que no quiso precisar» -añadió.

La Guardia Civil tuvo la amabilidad de darme en un aparte toda esta información sobre la llamada telefónica por ser la persona más allegada a Olivia, pero yo decidí compartirla con el resto de los presentes. Podía habérmela guardado, al fin y al cabo pertenecía a la intimidad de mi hermana, pero al mismo tiempo explicaba muy bien lo sucedido aquella tarde. Me pareció además que ayudaba a neutralizar las miradas sardónicas de madame Serpent y de Kardam Kovatchev, así como la muy inglesa y flemática suspicacia de Cary Faithful sobre cómo se había producido el accidente. Al fin y al cabo, es más que comprensible que uno se altere al hablar de tema tan delicado con su médico y pierda el equilibrio; es posible incluso que sufriera un pequeño mareo una vez que acabó su conversación telefónica. Así debió de suceder, puesto que el doctor Pedralbes estaba muy seguro de que la caída no se produjo mientras hablaban. «Me hubiera dado cuenta, como es lógico», enfatizó.

«Mi pobre hermana», pensé entonces, pero de inmediato no tuve más remedio que rectificar mi apreciación. Bien mirado, tenía algo de providencial la forma en que se habían producido los hechos y hasta en eso se manifestaba la buena estrella de Oli. Porque es evidente que, entre una enfermedad incurable que presagia una dolorosa agonía y una muerte imprevista y a la vez muy rápida, todo el mundo elegiría esta última. «Posiblemente ni siquiera sufrió», me dije, y en ese momento comencé a llorar. Era la primera vez que lo hacía. El doctor Fuguet me rodeó entonces con su brazo. «Haríamos cualquier cosa por ella ¿verdad?», dijo cariñosamente, y a mí me sorprendió tanto aquel plural como el comentario en sí, pero naturalmente no dije nada. No era el momento.

Hasta aquí la crónica de una muy breve investigación policial que, tras la llegada del forense, acabó con la misma conclusión que ya señalé antes: una caída accidental con resultado de muerte. Por eso no hace falta que diga que, apenas unos minutos más tarde, el fallecimiento de mi hermana Olivia era ya caso cerrado. Uno de esos sucesos que gustan tanto a la policía porque no dejan flecos ni dudas, todo resuelto y archivado sin molestos interrogantes que den lugar a especulaciones. «La acompaño en el sentimiento, señora», me dijo Padilla al despedirse, y lo mismo añadió su superior. Todo había acabado y ahora tocaba ocuparse de los preparativos para la incineración y el funeral, algo para mí no sólo penoso, sino también con la dificultad añadida de tener que organizarlos en una ciudad que no es la mía y sin apoyo de nadie. Vlad debió de darse cuenta de la situación, porque se ofreció a ayudarme en lo que pudiera necesitar. «Gracias», le dije, y una vez más se me saltaron las lágrimas. Se cerraba así una travesía que comenzara apenas veinticuatro horas antes, pero qué largas pueden ser a veces ciertas horas…

Historia de una dedicatoria

Supongo que a una persona más hábil que yo en esto de poner por escrito sus recuerdos, jamás se le ocurriría elegir como título para uno de sus capítulos uno tan cacofónico como el que acabo de teclear. Sin embargo, he aquí una de las ventajas de no escribir para la posteridad o la gloria: al diablo con la belleza de la prosa. «Historia de una dedicatoria» suena fatal pero sirve muy bien para encabezar lo que quiero narrar a continuación. La escena comienza en el mismo decorado que el capítulo anterior, esto es, en el salón del Sparkling Cyanide, minutos después de que desembarcara la Guardia Civil. Y lo primero que sucedió entonces fue que todos los allí presentes desenfundaron sus teléfonos móviles en perfecta sincronía y se los llevaron a la oreja. Esto es algo que tengo muy observado últimamente. En cuanto se produce algo fuera de lo común, ya sea un fenómeno meteorológico, un accidente o cualquier otro hecho extraordinario, la gente ya no se vuelve hacia la persona que tiene más cerca para comentar lo ocurrido como se hacía desde que el mundo es mundo, sino que tira de móvil para llamar a su madre, a su tía o al sursuncorda y dar el parte. Así pasó también ese día. Durante un buen rato, todos nos dedicamos (se dedicaron, sería mejor decir, puesto que yo no tenía a nadie a quien llamar) a procesionar uno detrás de otro, a lo largo del perímetro del salón, parlamentando con alguien. Según pude observar también en este caso, tras una primera llamada a su persona más cercana para contarle lo del interrogatorio policial, la segunda que realizaron fue a idénticos interlocutores. En concreto, a sus respectivos agentes de viaje apremiándoles para que les consiguieran billetes con los que salir de la isla («Cuanto antes, sí, sí de inmediato, ha ocurrido un imprevisto muy lamentable», etcétera). He dicho todos y tengo que rectificar. Este tipo de llamada la hicieron todos salvo Sonia San Cristóbal, Cary Faithful y Vlad Romescu. Los dos primeros porque tenían madre y ángel de la guarda respectivamente que se ocupaba de los latosos trámites relacionados con la intendencia, mientras que, en el caso de Vlad, era porque no tenía adonde ir.