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Kardam siguió hablando. De doña Cristina, de Sonia, de su elegante psiquiatra, de su teoría de la compensación emocional, de los pecados de los ricos, pero yo no lo escuchaba. En realidad, ahora que tenía una primera explicación de cómo había desaparecido el reloj de Olivia lo único que me preocupaba era planear cómo y por dónde iba a seguir con mis averiguaciones. Y es que, cuando uno empieza a tirar de una madeja y logra desenredar la primera parte de la trama, resulta casi imposible no seguir adelante, puesto que un cabo lleva a otro cabo y luego a otro y a otro… A mí, por ejemplo, cada vez me resultaba más difícil creer que Sonia San Cristóbal fuera tan simple como su novio, su madre y también Olivia daban a entender. Por lo poco que había hablado con ella, no me parecía tonta en absoluto. Al contrario, había un brillo extraño en esos ojos bellos y duros como dos aguamarinas. ¿Serían figuraciones mías? Quizá. Olivia decía siempre que las personas tontas pueden en ocasiones llegar a parecer muy inteligentes porque las cosas que dicen son tan insólitas, tan de aurora boreal, que a uno no le cabe en la cabeza que alguien pueda razonar así, y termina buscándole a sus afirmaciones todo tipo de interpretaciones y quintas derivadas. Tal vez por eso, porque todo era muy intrigante, y tal vez también porque estábamos en el mes de julio y las vacaciones de una maestra de Lengua y Literatura son largas y sobre todo aburridas, yo comenzaba a aficionarme a este juego de las adivinanzas tan distinto a todos los que había conocido hasta el momento. Y es que, en el pasado, me había conformado con ver la vida desde fuera, desde la barrera, como quien dice, o en el mejor de los casos a través de la maravillosa ventana de internet. Y en verdad lo es, maravillosa, me refiero, de modo que era mucho lo que había aprendido de la naturaleza humana gracias a madame Poubelle y su Club de Corazones Solitarios. Sin embargo ahora se me presentaba la oportunidad de continuar con este interesante estudio, no en el mundo virtual, sino en el real, ese que siempre había temido y esquivado. Un territorio que me había parecido inaccesible para alguien como yo. Y es que el mundo real, el que todos disfrutan y dicen amar tanto, era hasta hace muy poco el de Oli, mientras que el otro, el de las sombras, era el mío.

Pero las cosas habían cambiado. Olivia estaba muerta y yo viva; he ahí la gran diferencia entre nosotras.

«¿Qué pasaría -me pregunté a continuación- si me hiciese la encontradiza con otro -o mejor dicho otra- de las pasajeras del Sparkling Cyanide? ¿Qué nuevos hilos de la madeja desenredaría hablando con Sonia San Cristóbal, por ejemplo? ¿No era así, precisamente, como actuaban todos los detectives privados de todas las novelas policiales, buenas o malas que se han escrito en este mundo, entrevistándose uno a uno con los sospechosos para tirarles de la lengua? ¿Qué nuevas piezas de este curioso puzle lograría colocar en su sitio utilizando un sistema tan viejo y, por lo visto, tan eficaz?» Entonces aprendí que, cuando uno empieza a fingir y a mentir, descubre que ambas cosas pueden ser no sólo útiles sino también de lo más divertidas. Por eso fue que, con la más angelical de mis sonrisas, le hice a mi interlocutor la siguiente pregunta:

– Oye, Kardam, ¿me podrías decir cuál es la dirección del gimnasio de Sonia? Es que verás, en el barco ella mencionó que frecuentaba uno estupendo que, por lo que recuerdo, no quedaba demasiado lejos de mi casa. No lo anoté en su momento y ahora que he terminado este trabajillo sobre los jóvenes del extrarradio pienso que me vendría genial ponerme un poco en forma antes de irme a la playa. ¿Dónde dices que queda? Espera, espera, que voy a apuntar la dirección. ¿Tienes un boli?

Todos mienten

– Está mucho mejor muerta -comenzó diciendo Sonia San Cristóbal al tiempo que me observaba con su dos maravillosas aguamarinas un tanto empañadas en esta ocasión por el esfuerzo físico-. Mami insiste siempre en que tengo que tener un poquito de cuidado con las cosas que digo porque no todo el mundo las entiende. Pero también dice que lo que se desea para los demás debe ser lo mismo que se desea para uno.

– ¿… Como dices? -pregunté, porque lo cierto es que no entendía su razonamiento.

– Muy fácil -rió Sonia-. Me refiero a que, ahora que sabemos cuáles eran las circunstancias personales de la pobre Oli cuando ocurrió su accidente, fue lo mejor que le pudo pasar, ¿no? Mami dice también que allá arriba se ocupan de que todo sea para bien en la vida de los seres humanos. Yo no soy tan de cristos y de vírgenes como ella, pero la verdad es que en este caso está clarísimo.

Nos encontrábamos en una de esas pausas ¡maravillosas! que los entrenadores personales conceden cuando lleva uno más de treinta minutos trabajando músculo sin resuello, y yo aproveché para indicarle a aquel tipo que con eso era suficiente. Que ya continuaría otro día, muchas gracias. Sonia a mi lado sudaba de un modo encantador. Apenas unas muy favorecedoras perlas coronaban su frente y labio superior mientras que yo lo hacía como un pollo desplumado. O al menos así se reproducía en la gran luna que teníamos enfrente. Supongo que los espejos de los gimnasios están pensados para favorecer, ora el narcisismo de los guapísimos y sílfides, ora la mala conciencia de los que no somos ni una cosa ni otra, pero maldita la gracia que me hacía vernos reflejadas allí. Sin embargo, y a pesar de las oprobiosas diferencias, me fue imposible separar la vista de aquella pulida superficie, de modo que tuve oportunidad de ver en ella toda la escena que voy a contar como si fuera en una pantalla de cine.

No me detendré demasiado en describir detalles ambientales o de vestuario, como que Sonia lucía unos minúsculos shorts grises acompañados de un top blanco y yo una vieja bermuda con un polo que daba un calor terrible; tampoco mencionaré que ella portaba un medidor de pulsaciones y un iPod y yo por mi parte un walkman del paleolítico inferior y un podómetro. Finalmente, no creo que merezca tampoco más de un par de líneas decir que, para continuar con mis averiguaciones detectivescas, en esta ocasión había preferido no fingir un encuentro fortuito como hice en el caso de Kardam Kovatchev, sino utilizarlo a él como coartada que explicase mi presencia allí sudando la gota gorda.

– … Sí, tu chico y yo nos encontramos por pura casualidad el otro día cerca de su trabajo y estuvimos charlando un buen rato. ¿No te lo dijo? Fue él quien mencionó que venías a este gimnasio y entonces pensé, ¿por qué no? Encima tuve la suerte de que, al llegar aquí vi la oferta de un día gratis para probar el circuito de máquinas, de modo que me dije: perfecto, aparte de ver a Sonia, que me cae tan bien, aprovecharé para quitarme un par de michelines; dos pájaros de un tiro.

Dicho esto, tuve la mala suerte de que «dos pájaros de un tiro» fuera, vaya por dios qué tonta casualidad, el mote con el que en aquel gimnasio se referían a cierta máquina superatómica que había a pocos metros más allá de donde nosotras estábamos, lo que hizo que Sonia se empeñase en que la probara de inmediato. «No puedes dejar de hacerlo. Es mega eficaz y una gozada, porque trabaja a dos niveles, uno interno y otro superficial. Ven, que yo te enseño», enfatizó mientras me empujaba hacia aquel potro de tortura con ese optimismo energético y a la vez tiránico que destilan los prosélitos del deporte y al que es inútil oponer resistencia. Por eso no fue hasta quince penosos minutos más tarde cuando pudimos retomar nuestra conversación. Miento. Fueron casi veinte los minutos que transcurrieron sin intercambiar palabra. Y es que mientras yo me encontraba aprisionada en el «dos pájaros de un tiro», Sonia aprovechó para subirse, alehop, a una barca de remo para trabajar sus impecables bíceps y tríceps. Y no contenta con eso, cuando por fin sonó la campanita salvadora de mi máquina, se empeñó en enseñarme a manejar el remo de la suya para que tonificara la cara interna de mi antebrazo. «Una zona rebelde y muy jodidilla», dijo textualmente. «Como si mi cuerpo tuviera alguna zona que no lo fuese», pensé, pero no me quedó más remedio que obedecer. Hace tiempo que me he dado cuenta de que los fanáticos del deporte y la vida sana ni siquiera conciben que a uno le espante lo que yo prefiero llamar el mens sana in corpore insepulto, de modo que es mejor capitular sin condiciones. Por fin, cuando ya estaba a un paso de la rotura fibrilar, Sonia me colgó del cuello una toalla a modo de guirnalda, o mejor aún, de corona de laureles y dijo: «Venga, corazón, creo que nos hemos ganado un buen zumo de pepinos, yo invito», y sonrió al tiempo que se dirigía hacia la puerta de la cantina, que Dios la bendiga.