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– ¿Quiere decir con eso que hay personas que están arriba y otras que están abajo?

– No me sea boba, niña. Son las mismas personas, las mismitas. Lo que pasa es que, vistos desde arriba, todos son lo que ustedes llaman «normal». La gente es tan linda, sí, y tiene ocupaciones tan respetables, ama a los suyos, hace deporte, da lechuguita al canario, cuida su jardín. Todo es perfecto arriba de la cobija, todo limpito, sano y sobre todo, perfectamente comprensible ¿No'scierto? Nada que ver con lo que pasa abajo. Porque abajo, mi querida, toda esa gente normal y limpita ya no lo es tanto. Los buenos parroquianos se asombran cuando de pronto se descubre, por ejemplo, que un ciudadano, un vecino suyo perfectamente respetable, resulta que guardaba en su computadora toda una colección de fotos de niñitas desnudas. «Era un hombre ejemplar, dicen azorados, adoraba a su mamá, era un marido ideal, un padre devoto.» ¿Qué sorpresa, no? Ni imaginaban qué pasaba con aquel tipo debajo de la frazada. Pero la situación que le expongo no es más que el caso aislado que salta a las páginas de los diarios. Sin embargo, sin llegar a otros tan extremos y reprobables, todas, ¿me entiende?, todas las personas tienen un arriba y un abajo. Más feo, menos feo, más perverso o menos perverso pero siempre oscuro y por supuesto inconfesable; ni se imagina las cosas que yo podría contarle con nombres y apellidos. Mire, si no fuera tan vieja y no tuviera otros asuntos entre manos, a lo mejor me dedicaba a escribir algo sobre el viejo arte de amar y también sobre este asunto de la cobija. Lo malo es que no me iban a creer, nadie me creería. Y eso que lo tienen ustedes delante de sus narices; basta, para hacerse una idea, con leer los clasificados de los periódicos, por ejemplo. ¿Vio cuántas páginas ocupan? Y ¿de veras nunca ha hecho el instructivo ejercicio de estudiarlos un poco? De hacerlo comprendería que basta con levantar una puntita del manto de respetabilidad que cubre la vida íntima de las personas para entender de lo que hablo. La entrepierna de cada uno es mucho más complicada de lo que a la gente le gusta reconocer. Sólo tiene que observar, como muestra, el modo en que crece de día en día la sección de contactos eróticos y las ofertas tan estrafalarias que contiene. Pero eso los bienpensantes no quieren oírlo ni mucho menos verlo. Es mejor convencerse de que cosas así son desviaciones; vicios, lo llaman ustedes. Y sin llegar a historias raras (de las que también podría estar hablándole lo menos una semana), le voy a decir una cosita que tal vez no sepa o no quiera saber pero que le ayudará a captar lo que intento decirle sobre Vlad Romescu, que es por donde empezó esta instructiva disertación. Hablando ahora de personas completamente normales, sin desviaciones ni vicios, le diré que la frontera entre aquellos a los que les gusta la banana y los que prefieren la papaya es muy tenue, mucho más de lo que la gente cree.

– ¿Cómo dice, señora?

– Sí, mi querida, ya me entendió. Que en el caso de algunas personas es muy fina la línea que separa la heterosexualidad de la homosexualidad, por lo que hay gente que la cruza todo el rato de ida, también de vuelta, y sin problemas ni traumas. ¿Y sabe por qué? La respuesta a ese difícil enigma también es muy simple: porque lo único que la gente quiere es que la quieran y lo busca por donde sea.

– Si lo que trata de decirme con todo esto es que Vlad buscaba amor a través del sexo, primero con Olivia y luego con su primo, me parece bastante repugnante. Y más repugnante aún es la idea de que pudo haber matado a mi hermana por despecho amoroso o algo así. No lo creo en absoluto.

– La de las sospechas es usted, no yo, pero lo que sí le aseguro es que, le guste o no a su moral burguesita y no pecadora, existe otro mundo bajo las sábanas. Y sin el de «abajo» no se entiende ni papa lo que pasa arriba, téngalo muy en cuenta a la hora de seguir con sus… pesquisas. ¿No es ese el nombre que le dan en las novelas de asesinatos al tipo de diligencias en las que anda metida?

Me levanté para irme. Me estaba perturbando demasiado aquella conversación. No sólo por la sombra que proyectaba sobre una persona que me resulta muy agradable, sino también por la expresión que iba adquiriendo el rostro de doña Cristina. Me miraba ahora con una media sonrisa que hacía brillar sus ojos de un modo que los convertía en cálidos, extrañamente bellos. Por un momento pensé que había perdido la partida, que a punto estaba de convertirme en burlador burlado, en alguacil alguacilado.

Pensé que no había conseguido engañar ni por un momento a mi interlocutora y que ella estaba aprovechando mi tonta osadía de intentar tirarle de la lengua para reírse de mí y darme la información que más le convenía. Seguramente con el fin de desviar mis sospechas de otras personas, de sí misma por supuesto, pero también (o mejor dicho sobre todo), de su hija Sonia. «Debo salir de aquí cuanto antes», me dije, porque otras virtudes no tendré pero creo que soy capaz de darme cuenta de cuándo estoy a punto de perder una partida. Además, una retirada a tiempo es casi una victoria, o al menos eso dicen.

– ¿Alguna otra cosa más en la que pueda ayudarla, señorita? -rió ella-. ¿Necesita un consejo, una protección, un embrujo por si se le aparece una de estas noches el espíritu de su hermana de usted? Mire, con todo gusto le puedo regalar un escapularito del Cristo de los Temblores para que la proteja. Es de lo más milagrero, lo tengo aquisito nomás, espere.

Entonces vi cómo se acercaba a su desnuda mesa de trabajo y abría uno de los cajones. Extrajo de él varios objetos hasta encontrar al fin un escapulario de fieltro pequeño y bastante feo que procedió a colgarme del cuello sin que yo pudiera decir esta boca es mía.

– Lo que es la vida -añadió entonces con lo que me pareció genuina sorpresa-, mire lo que acabo de encontrar revolviendo cosas. ¿Ve esto? Es un libro, estaba en mi camarote del Sparkling Cyanide pero resulta que está dedicado a usted. ¡Qué curiosa circunstancia!, ¿no le parece? Tuve intención de dárselo a bordo, pero claro, con todo lo que pasó, al final ni me acordé. Se llama Némesis, y la dedicatoria habla de usted y también de un tal Mycroft o Microsoft o algo así… Ah, ¿cómo? ¿Que no conoce a nadie de ese nombre? ¿Se le ocurre algún motivo de por qué estaba en mi camarote y no en el suyo…? Vaya, así que usted también encontró otro librito de la misma colección en su mesita de noche, qué interesante, ya pues. A lo mejor es que su querida hermana quería fomentar en nosotras el sano hábito de la lectura, ¿no le parece? Sí, seguro que es eso, ella pensaba tanto en los demás, ¿no'scierto…?

TERCERA PARTE

Némesis

… Querida señorita Marple: Tiene usted una aptitud natural para la justicia y eso la conduce a tener un don para el crimen.

Me la imagino en este momento tricotando una batita o una bufanda. Si prefiere continuar con su labor de aguja es decisión suya, pero si prefiere servir a la causa de la Justicia, espero que encuentre mi propuesta, lanzada desde el más allá, interesante.

«Dejemos que la justicia mane como agua clara y la rectitud como un torrente inacabable.»

Atentamente suyo se despide, Amos Rafiel

Agatha Christie,

Némesis

Sin noticias de Rapunzel

La lista de sospechosos con los que debía entrevistarme para seguir con el juego propuesto por Oli iba adelgazando de modo inquietante. Y digo inquietante porque me quedaban apenas dos por interrogar y, de momento, no tenía la más remota idea de quién podía ser el asesino. Claro que, según madame Serpent, me restaba por hablar, precisamente, con los dos personajes que a ella le despertaban más sospechas: el doctor Fuguet y el guapísimo Vlad Romescu. El había anunciado su llegada a Madrid para el próximo lunes y, según dijo, me llamaría para vernos.