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«¿Pero qué hace? -pensó ella-. No lo entiendo.» Mas se dejó invadir por una alegría desbordante e incontrolable. Era exactamente igual que en el sueño, cuando se deslizaba cuesta abajo en el trineo mientras la primavera estallaba a su alrededor. Súbitamente, Barbro creyó comprender el comportamiento de Ingmar. La explicación era simple: se sentía tan feliz que le resultaba imposible ocultarlo. Al mirarla a ella, él se mofaba de sí mismo por haber llegado a creer, alguna vez, que la amaba. Ahora su corazón volvía a pertenecer a Gertrud, enteramente a ella, tal como lo había hecho durante la primera época de casados.

Barbro miró con ojos anhelantes el final del camino. «Ay, Dios, cuánto trecho queda aún -pensó-. Todavía falta media hora para llegar a casa y todo este rato tendré que pasarlo a su lado mientras él sólo piensa en la otra.» Volvió a mirar a Ingmar con el rabillo del ojo. Él lo advirtió y le hizo un gesto con la cabeza mientras la miraba con aquella expresión a la que, a pesar de todo, Barbro no acababa de encontrarle un sentido. «Tal vez se sienta agradecido porque le aparté de mi lado -se dijo-. Creerá que en el fondo fui yo la causante de que ahora sea tan feliz.»

– Quería darte las gracias por enviarme a Jerusalén -dijo él.

– En eso pensaba justamente -contestó Barbro-. Seguro que te alegras de haber ido allí.

– Sí, es un sitio muy peculiar.

– Te quedaste tanto tiempo que me figuraba que no volverías.

– ¿Quedarme yo? Qué va, nunca pensé en hacerlo; sólo tenía que aprender un par de cosas antes de estar en condiciones de volver.

– Me gustaría saber qué cosas eran ésas -repuso ella, no por curiosidad sino porque creía conveniente mantener viva la conversación.

– Bien, fue muy curioso descubrir que de todas las maravillas que habíamos leído en las Escrituras allí no queda nada. No hay ninguna fortaleza real en Sión ni ningún templo en Moria, sólo una roca que muchos idolatran. [60] Y tampoco hay reyes, ni señores de la guerra, ni soldados, ni sumos sacerdotes, ni sirvientes del templo, ni el Arca de la Alianza con querubines y serafines. Yo me figuraba que sería así, pero de todos modos me costó entender por qué todo aquello, y muchas otras cosas que habían sido hermosas y magníficas, habían acabado destruidas. Pensé que si eso y todas las demás grandezas que los hombres han creado en la tierra hubieran subsistido, el mundo rebosaría de maravillas. Porque en Palestina, a cada paso se percibe el esplendor indescriptible de lo que fue. Entonces se me ocurrió que si todo aquello no hubiese sido destruido, nuestro trabajo ya no sería necesario. Y nada supone una mayor felicidad para la persona que crear ella misma lo que necesita y así demostrar de lo que es capaz; por eso lo viejo tiene que perecer. Fue así cómo caí en la cuenta de por qué el Señor permite que los reinos sucumban, las ciudades sean devastadas y las obras humanas barridas de la faz de la tierra como hojas al viento. Eso tiene que ser así para que los hombres siempre tengan algo nuevo que construir y con lo cual demostrar su valía. Dios no quiere que heredemos fincas y campos fértiles, sino que conquistemos de raíz todo aquello que debe ser nuestro.

– Así que esto es lo que has sacado en claro -dijo Barbro con extrañeza.

– No sé si esto puede servirnos de consuelo a todos -prosiguió Ingmar-, pero pienso que si yo hubiese heredado la finca de Ingmarsgården intacta, tal como estaba a la muerte de mi padre, y encima su buen nombre, no habría sido bueno para mí. No se me ocurre qué habría podido hacer con mi vida. Seguramente habría pasado los días tumbado sin hacer nada. En mi corazón me he rebelado muchas veces contra Dios, pero ahora le agradezco que haya destrozado mi felicidad porque, de ese modo, he podido contribuir a reconstruirla.

– Sí, eso está muy bien para el que lo consigue.

– También hay otra cosa con la que tuve que armarme de paciencia.

– ¿Ah sí?

– Me costó mucho aceptar que fueran los mejores de entre nosotros los que se fueran de la parroquia y emigraran a una tierra dura donde no les esperaba nada más que calamidades.

– ¿Y también a eso le encontraste explicación?

– No, no lo tengo claro del todo, pero de lo que sí me di cuenta es de que algo se avecina en Tierra Santa. Nuestro Señor ha congregado allí a gentes de todos los países. Es como si hubiese enviado una avanzadilla, algunos son destinados a las ciudades, otros a las zonas rurales. Ojalá pueda vivir lo suficiente para ver el día en que todos ellos se levanten y despierten a ese país dormido.

Barbro soltó un suspiro. Ingmar pensaba en cosas muy alejadas de su realidad. Ya no le preocupaban asuntos que la concernieran a ella.

– Me gustaría saber si yo allí también encontraría tanto consuelo como tú -dijo.

– Seguro que también aprenderías algo.

– Si estuviera segura me iría mañana mismo.

– Opino que te convendría ver los distintos pueblos que pululan por las calles de Jerusalén. -Barbro quiso saber qué utilidad le reportaría eso a ella-. Pues porque ahí conviven árabes y turcos y judíos y rusos, en fin, gentes de todo el mundo, a pesar de lo cual siguen siendo ellos mismos.

– Ahora no sé a qué te refieres.

– Me refiero a que allí nunca ves que alguien se duerma una noche como árabe y se despierte como griego.

– No, pero…

– Tampoco creo que eso pase aquí en nuestra tierra -añadió Ingmar con extrema dulzura-. Quien un día es una rosa no será un cardo al siguiente.

– Ahí te equivocas, hay rosales tan mal cuidados que lo único que dan son pinchos y espinas.

En ese momento llegaban a Ingmarsgården e Ingmar abrió el portón para que ella pasara. El portón de la entrada estaba cubierto por una superestructura y flanqueado por dos fachadas laterales, ahí nadie les vería. Entonces Ingmar, incapaz de controlarse por más tiempo, rodeó a Barbro con sus brazos y la estrechó con fuerza.

– No, no… Pero ¿qué significa esto? -exclamó ella procurando soltarse.

– Significa… significa que no voy a casarme con Gertrud. Ella no me quiere. Quiere a Gabriel.

– ¡Ay, no puede ser! -Una renovada felicidad corrió por las venas de Barbro. Sin embargo, de un tirón deshizo el abrazo porque, por más que le pesara, sintió que sería injusto permitir que Ingmar uniera su vida a la de ella-. Hay otras cosas que se interponen entre nosotros.

– Lo otro no me importa. ¿Crees que voy a renunciar a ti por culpa de unos cotilleos de viejas?

Barbro se puso lívida. Comprendió que sólo quedaba un modo de desalentarlo.

– ¿Tampoco me preguntas nada sobre el niño que he tenido mientras tú estabas fuera?

– Las cosas no son tal como las has pintado a la gente.

– ¿Crees que no?

– Te lo has inventado para apartarme de ti, pero yo te conozco. Si ese niño no fuera mío, tú ahora estarías en el fondo del río.

– Pues para que lo sepas, no ha faltado mucho.

– ¡No te calumnies a ti misma, Barbro! -La inquietud hizo que su voz sonase temblorosa-. ¡No me mientas!

– No te miento -repuso ella con aspereza. Y apartó el brazo de él, que ya no ofreció ninguna resistencia, y entró en la casa.

Stark Ingmar yacía en el lecho de la alcoba. No tenía dolores pero el corazón le latía muy débilmente, y su respiración se iba dificultando por momentos. «Qué duda cabe que moriré en este día de hoy», pensó.

Mientras había estado solo, el violín permaneció a su lado. El moribundo hería débilmente las cuerdas, sacando notas sueltas a partir de las cuales él escuchaba melodías y baladas enteras. Cuando llegaron el médico y el párroco, apartó el violín y empezó a hablar de cosas extraordinarias que le habían ocurrido en su vida. Hacían referencia, principalmente, a don Ingmar y a los diminutos seres del bosque que durante mucho tiempo habían sido benévolos con él. Pero desde aquel aciago día en que Hellgum taló el rosal que crecía a las puertas de su cabaña, la vida se había vuelto amarga para él. Gnomos y elfos habían dejado de serle favorables y de cuidarle, y a partir de entonces empezaron los achaques y un sinfín de dolencias. «Ya puede el señor párroco creer -dijo- que me he alegrado mucho esta noche cuando ha venido don Ingmar a decirme que ya no tendría que vigilar su finca por más tiempo, sino que pronto podría descansar.»