– Pienso que ninguno de nosotros debe tener miedo de sufrir por el Señor -dijo Gunnar.
Varios de los hellgumianos no habían comparecido todavía y se produjo una larga espera. La anciana Eva Gunnarsdotter iba echando miradas rencorosas a la carta de Hellgum. Se acordó de la carta con los muchos sellos del Apocalipsis e imaginó que en el mismo momento en que una mano humana tocara esa carta, descendería de los cielos el ángel exterminador. [21]
Luego levantó la vista y observó el cuadro de Jerusalén. «Bien, bien -se dijo-. Claro que quiero ir a la ciudad de las puertas de oro cuyas murallas son de puro cristal.» Y empezó a recitar para sí misma: «Los pilares sobre los que se asentaba la muralla de la ciudad estaban adornados de toda clase de piedras preciosas. El primer pilar tenía jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardonio; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, ágata; el undécimo, jacinto; y el duodécimo, amatista.» [22]
La anciana, ensimismada pensando en su querido Apocalipsis, al acercarse Halvor Halvorsson al lado de la mesa donde estaba la carta, se sobresaltó como si acabara de echar una cabezadita.
– Empezaremos por un cántico -dijo Halvor-. Opino que lo hagamos con el número 244.
Y los hellgumianos entonaron a coro:
Mi amada Jerusalén
mi hermosa ciudad dorada
cálido, rico hogar de mi padre
que me llena de alegría.
Eva Gunnarsdotter dejó escapar un suspiro de alivio al ver aplazada la hora de la verdad. «¡Hay que ver! ¡Que a un viejo esperpento como yo le asuste tanto la muerte!», pensó medio avergonzada.
Finalizado el cántico, Halvor sacó la carta del sobre y la desplegó.
Entonces el espíritu santo se posó sobre Eva Gunnarsdotter y ella se levantó y comenzó a rezar una larga plegaria suplicando la gracia de recibir correctamente el mensaje que la carta anunciaba. Halvor se quedó quieto con la carta en la mano y esperó a que ella acabase. A continuación empezó a leer en el mismo tono en que habría leído un sermón:
– ¡Queridos hermanos y hermanas, la paz sea con vosotros!
»Hasta ahora siempre había creído que yo y vosotros, que os habéis convertido a mi doctrina, éramos los únicos en compartir nuestra fe. Pero, alabado sea el Señor, hemos hallado aquí en Chicago hermanos a nuestra semejanza que piensan y viven según nuestra misma regla.
»Sabed, pues, que aquí en la ciudad de Chicago vivía a principios de los años 1880 un hombre llamado Edward Gordon. Él y su esposa eran un matrimonio muy pío. Les dolía amargamente todo el sufrimiento que hay en la Tierra y le rogaban a Dios que les concediera la gracia de contribuir a remediarlo.
»Entonces ocurrió que la esposa de Edward Gordon tuvo que hacer un largo viaje por mar y el barco naufragó, quedando ella a merced de las olas. Cuando se encontraba en peligro de muerte, Dios le habló. Y la voz de Dios le ordenó enseñar a las personas a vivir en concordia.
»Entonces la mujer fue rescatada de las olas y salvada de la muerte, y regresó a su esposo y le comunicó el mensaje de Dios. Entonces él dijo: "Dios nos envía un mensaje muy importante, que hay que vivir unidos, y nosotros queremos cumplirlo. Es tan importante que en toda la Tierra sólo un lugar tiene la suficiente dignidad como para recibirlo. Por tanto, ¡reunamos a nuestros amigos y vayámonos con ellos a Jerusalén a proclamar el último mandamiento sagrado de Dios desde el monte Sión!"
»A continuación, Edward Gordon y su esposa, junto con treinta personas más que querían obedecer el último mandamiento sagrado de Dios, partieron hacia Jerusalén. Allí vivieron en gran concordia todos juntos en la misma casa. Compartían sus pertenencias, se servían mutuamente y vigilaban su comportamiento los unos a los otros. Además, se cuidaban de los niños de los pobres y de sus enfermos. Reconfortaban a los ancianos y ayudaban a cualquiera que les pidiese ayuda sin exigir un pago, ni nada a cambio. No predicaban en las iglesias ni en las plazas, sino que decían: "Es nuestro modo de vida el que habla por nosotros."
»Y la gente que oía hablar de ese modo de vida decía de ellos: "Tienen que estar locos." Y aquellos que los difamaban en voz más alta eran los misioneros cristianos que habían llegado a Palestina para convertir a judíos y musulmanes mediante la enseñanza y la evangelización. Decían: "¿Quiénes son éstos que no predican? Seguro que han venido aquí para llevar una vida reprobable entregados al gozo de los sentidos con los paganos." Y el clamor que elevaron al cielo cruzó los mares y alcanzó sus países de origen.
»Sin embargo, entre los americanos instalados en Jerusalén se encontraba una viuda. Vivía allí con dos hijos menores de edad y era muy rica. Tenía un hermano en su país al cual todo el mundo empezó a instigar: "¿Cómo puedes consentir que tu hermana y sus hijos vivan entre esa secta de vividores? No son más que unos holgazanes que se aprovechan de su fortuna." Y el hermano inició un juicio contra su hermana para obligarla a que, al menos, los dos niños se criaran en América. Así pues, la viuda y sus hijos, junto con Edward Gordon y su esposa, regresaron brevemente a Chicago. Para entonces llevaban ya catorce años viviendo en Jerusalén.
»De vuelta en América después de tantos años en un lejano país, se escribió mucho sobre ellos en todos los periódicos, y algunos los llamaban locos y otros farsantes.
Halvor hizo una pausa y refirió con sus propias palabras el relato a fin de que todos comprendieran el contenido. Luego continuó:
– Resulta que en Chicago hay una casa que vosotros conocéis, y esa casa está llena de gente que quiere servir a Dios llevando una vida justa, gente que comparte todo lo que tiene y que vigila mutuamente su conducta. Y los habitantes de esa casa, es decir, nosotros, descubrimos en el periódico la existencia de esos "locos" recién llegados de Jerusalén y empezamos a decirnos: "Estas personas comparten nuestras creencias; se han unido para llevar una vida justa. Nos gustaría conocerlas ya que su fe es la nuestra."
»Así que les escribimos rogándoles que vinieran a visitarnos. Y los recién llegados de Jerusalén aceptaron nuestra invitación, por lo que pudimos comparar nuestras creencias y constatar: "He aquí que pensamos y creemos en lo mismo. Es una gracia divina el que nos hayamos encontrado." Nos hablaron de las delicias de la ciudad santa que destaca deslumbrante sobre una blanca colina, y nosotros les consideramos inmensamente afortunados de poder pisar los mismos caminos por los cuales anduvo Jesús.
»Entonces, a alguien de nuestro grupo se le ocurrió: "¿Por qué no habríamos de acompañaros a Jerusalén?" Ellos contestaron: "No debéis acompañarnos allí, ya que la Ciudad Santa está invadida por las luchas internas y las divisiones, por la miseria y la enfermedad, por la maldad y la pobreza." Y enseguida, otro de los nuestros exclamó: "¡A lo mejor Dios os ha conducido hasta nosotros para que os ayudemos a combatir todo eso!" Y en ese instante todos los allí reunidos escuchamos la voz de Dios que bramaba en nuestros corazones diciendo: "Sí, sí, ésa es mi voluntad."
»Les preguntamos si querían aceptarnos en su comunidad a pesar de ser nosotros pobres e incultos, y contestaron que sí querían. Entonces declaramos nuestra voluntad de convertirnos en hermanos y hermanas y compartirlo todo, y así, ellos adoptaron nuestra fe y nosotros la suya, y todo el tiempo estuvo el Espíritu sobre nosotros y dijimos: "Ahora vemos que Dios nos ama, ya que nos envía a la misma tierra a la que Él envió a su hijo. Y ahora sabemos a ciencia cierta que nuestra doctrina es la verdadera, ya que Dios quiere que la proclamemos desde el sagrado monte Sión."
»Pero entonces, uno de los nuestros dijo: "¿Y qué hay de nuestros hermanos que viven en Suecia?" Y les explicamos a los hermanos de Jerusalén: "Somos más de los que veis aquí. Tenemos hermanos y hermanas en nuestro país que sufren duras pruebas a causa de las deserciones y que luchan tenazmente en la adversidad por llevar una vida justa en medio de tantos pecadores." Entonces nuestros hermanos de Jerusalén contestaron: "Dejad que vuestros hermanos y hermanas de Suecia se reúnan con nosotros en Jerusalén y tomen parte en nuestra santa labor."
[21] El original dice «carta con muchos sellos», pero en realidad se trata del Libro del Cordero con los siete sellos (véase Apocalipsis 5). La confusión tal vez venga de que los cuatro primeros capítulos constan de siete cartas que envía Juan a las siete comunidades de la Iglesia (véase Apocalipsis 1-4).