Ésta fue la primera y última vez que se vio a Karin Ingmarsdotter vacilar ante su gran empresa.
El éxodo
Una hermosa mañana de julio, una larga caravana de carros y carretas partió de Ingmarsgården. Eran las familias que emigraban a Jerusalén, quienes finalmente habían acabado sus preparativos y ahora iniciaban el éxodo con una larga marcha hacia la estación de ferrocarril.
Al atravesar el pueblo, la nutrida caravana pasó por delante de una humilde granja llamada Myckelsmyra.
Vivía allí una mala gente, chusma de esa que brota cuando Nuestro Señor aparta la vista o está ocupado en otros quehaceres.
Había entre ellos unos cuantos niños raposos que normalmente lanzaban improperios a los que pasaban; vivía allí una abuela muy vieja que siempre estaba borracha al borde del camino, y también un hombre y su mujer que no paraban de darse golpes y gritos. Nadie les había visto trabajar jamás, no se sabía si mendigaban más de lo que robaban o si robaban más de lo que mendigaban.
Al pasar la caravana por esta choza miserable e inmunda, la cual era lo que llega a ser cualquier sitio en que los elementos campean a sus anchas durante años, vieron a la vieja completamente sobria y de pie junto al camino, allí donde siempre se la solía ver borracha y tambaleándose; cuatro rapaces la rodeaban. Los cinco se habían aseado y peinado y se habían arreglado en la medida de sus posibilidades.
Cuando los ocupantes de la primera carreta les vieron, redujeron la marcha y pasaron de largo muy despacio, y lo mismo hicieron los otros, pasaron de largo tan lentamente que los caballos apenas se movían.
No hubo uno solo de los viajeros que no rompiese a sollozar, los adultos en silencio, pero los niños chillaban y se lamentaban a grito pelado.
De los que emigraron a Jerusalén ninguno llegaría a comprender por qué nada les hizo llorar tanto como la visión de Lena la Limosnera, que, decrépita y mísera, les decía adiós al borde del camino. Todavía hoy les provoca lágrimas recordar que ese día aquella borracha había guardado la botella para más tarde, y que salió sobria, con los niños lavados y peinados, rindiendo un humilde homenaje a los que partían.
Cuando todos hubieron pasado de largo, también Lena rompió a llorar. «Esos se van al cielo para ver a Jesús -les dijo a los niños-. Ellos se van al cielo, mientras nosotros nos quedamos aquí tirados en la cuneta.»
Cuando la larga caravana de carros y carretas hubo atravesado la mitad de la parroquia, llegaron al puente flotante sobre las aguas del río.
Es un pontón difícil de cruzar. Primero una pendiente pronunciada desciende hasta la superficie del agua, luego una rampa se eleva bruscamente en dos niveles a fin de que barcos y maderadas puedan pasar por debajo, mientras que en la ribera opuesta la rampa se eleva tan súbita y escarpadamente que personas y caballos se estremecen al ver que tienen que pasar por ahí.
Ese puente causa a menudo graves problemas. Las tablas se pudren y deben ser reemplazadas asiduamente. Durante el deshielo hay que vigilarlo noche y día a fin de que los témpanos no lo destrocen, y cuando el río baja desbordado en primavera le arranca grandes trozos que arrastra hasta los rápidos de Bergsåna.
Los lugareños, sin embargo, están muy orgullosos del puente y se sienten dichosos de tenerlo. Hay que pensar que si no lo tuvieran sería necesario utilizar una embarcación o un transbordador cada vez que quisieran cruzar hasta la otra orilla.
El puente crujía y cedía al pasar los emigrantes por encima de él, y el agua se abría paso entre los tablones salpicando las patas de los caballos.
Los emigrantes sintieron una aguda nostalgia al despedirse de su querido pontón. Pensaron que era algo que les pertenecía a todos colectivamente. Las casas de labor, los campos, los bosques estaban repartidos entre distintos propietarios; sin embargo, el puente era una propiedad común y todos lamentaban tener que perderlo.
Pero ¿realmente no había nada más de propiedad común? ¿No era de todos la iglesia rodeada de abedules que se divisaba al otro lado del puente, no era suyo el hermoso edificio blanco de la escuela, o la rectoría?
Y ¿qué otros bienes poseían en común? También era suya la belleza de todo cuanto veían desde el puente. La preciosa perspectiva sobre el ancho y majestuoso río que discurría plácidamente entre los árboles con la claridad propia de las aguas en verano, el profundo valle que se perdía en la lejanía hasta las azuladas montañas.
Todo eso era suyo, estaba grabado a fuego lento en sus retinas. Y nunca más volverían a verlo.
Cuando los emigrantes llegaron a la mitad del pontón empezaron a cantar uno de los himnos de Sankey. [29]
– Nos volveremos a encontrar -cantaban-, nos volveremos a encontrar una vez más, una vez más en el Edén.
Sobre el pontón no había nadie que pudiera oírles; pero ellos cantaban para las colinas azules de su patria, para las grises aguas del río, y para los árboles que se inclinaban sobre la corriente como en reverencia.
Nunca más volverían a ver todo eso y de sus gargantas constreñidas por el llanto brotaba este canto de despedida:
– ¡Hermoso terruño de nuestro corazón, con tus amables casas rojas y blancas entre espesas arboledas, tú con tus fértiles campos, con tus prados y dehesas, con tu profundo valle que el cimbreante río parte en dos, escúchanos! ¡Roguémosle a Dios que nos permita verte nuevamente! ¡Quiera él que arriba en el cielo te contemplemos otra vez!
Cuando la larga caravana de carros y carretas hubo cruzado el puente, pasó por delante del cementerio.
Dentro del camposanto había una gran lápida de granito bastante erosionada por el tiempo. No tenía ni inscripciones ni fechas; no obstante, se sabía de antiguo que era un ancestro de los Ljung, uno de los amos del predio de Ljunggård, quien yacía bajo la lápida.
Una vez, cuando Ljung Björn Olofsson, quien ahora emigraba a Jerusalén, y su hermano Per eran pequeños, habían estado charlando sentados sobre aquel sepulcro.
Al principio eran buenos amigos, pero después discutieron por algo y, dejándose llevar por las emociones, alzaron las voces.
El motivo de la riña ya no lo recordaba ninguno de los dos; pero lo que nadie había olvidado era que, en el punto más álgido de la discusión, oyeron unos nítidos y pausados golpecitos contra la lápida en que estaban sentados. Los dos niños callaron al instante y, tomándose de la mano, huyeron muertos de miedo. Desde ese día no podían mirar la lápida sin recordar aquello.
Ahora, al pasar Ljung Björn por delante del cementerio vio a su hermano Per sentado en la lápida y con la cabeza apoyada entre las manos. Así pues, retuvo su caballo y les hizo señas a los otros de que le esperaran. Bajó del carro, trepó por el murete que rodeaba el cementerio y fue a sentarse junto a su hermano.
Lo primero que Per Olofsson dijo fue:
– Tú, Björn, vendiste la granja.
– Sí -contestó Björn-, le he dado todo lo mío a Dios.
– Tal vez, pero la granja no era tuya -replicó el hermano calmadamente.
– ¿Que no era mía?
– No; era de la familia.
Ljung Björn no contestó y se limitó a esperar. Sabía que su hermano se había sentado en aquella lápida en son de paz y no temía lo que Per tuviera que decirle.
– He recuperado la granja -dijo el hermano.
Ljung Björn dio un respingo.
– ¿Tan mal te pareció que saliera de la familia?
– No soy lo bastante rico como para hacer una cosa así sólo por eso -respondió Per. Björn lo miró con curiosidad-. Lo hice para que tú tuvieras algo por lo que volver. -A Björn el llanto se le agolpó en la garganta y prorrumpió en sollozos-. Y para que tus hijos tengan un sitio al que regresar. -Björn le rodeó los hombros y lo acarició-. Y por mi querida cuñada -continuó Per-; le sentará bien saber que tiene una casa esperándola aquí. Vuestro antiguo hogar estará siempre abierto para quienquiera de vosotros que decida regresar.
[29] Ira David Sankey (1840-1908), evangelista que hizo inmensamente populares unos himnos y melodías que fueron traducidos a muchos idiomas, entre ellos el español. Junto con Dwight Moody, Sankey fue con su repertorio de gira evangelística por Estados Unidos y Europa en 1875, es decir, unos veinte años antes del éxodo real (los campesinos de Nås partieron el 31 de julio de 1896) en el que se inspira esta novela.