Como el tiempo era tan espléndido, la señora Gordon sugirió a los recién llegados que aprovecharan esa circunstancia para ir de peregrinaje por el país. Según ella, no debían participar del trabajo en la colonia hasta que pasaran unas semanas, primero debían conocer todos aquellos lugares sobre los cuales habían leído tantas cosas en la Biblia.
Con el tiempo, esas semanas de peregrinaje se convertirían en el recuerdo más preciado de los emigrantes suecos. Eliahu asumió de nuevo su papel de guía para extranjeros y los condujo por las montañas a través de Samaría hasta Nazaret, y de allí hacia el este hasta el lago Tiberíades, también llamado Genesaret o mar de Galilea, para después bajar hacia el sur por el valle del Jordán hasta el mar Muerto y de nuevo subir por zona montañosa hasta Hebrón, Belén y Jerusalén.
Todos marchaban a pie, el equipo y las provisiones eran de lo más sencillo que quepa imaginar y lo cargaban alegremente, entre cánticos y conversaciones piadosas. Sus pensamientos retrocedían sin cesar a tiempos pasados. Por lo general, el país estaba desierto pero de vez en cuando se topaban con un pueblo o aldea cuyo nombre aparece en la Biblia, o se encontraban con gente cuyo aspecto, con sus mantos a rayas marrones y cintas de pelo de camello ceñidas a la frente, recordaba a Moisés o Abraham. También les gustó ver los grandes rebaños de cabras y ovejas, y comprendieron por qué las referencias a los pastores y al pastoreo eran tan recurrentes en las Sagradas Escrituras. Y al ver las largas caravanas de camellos avanzando por los caminos pensaron en los Reyes Magos viajando hasta la cuna del niño Jesús. Vieron mujeres que iban a buscar agua en un pozo que casi siempre estaba lejos de la aldea, cargando un cántaro sobre la cabeza como la samaritana con que había hablado Jesús; vieron a un tinajero dándole forma a una tinaja a las puertas de su casa, al aire libre, y a los pescadores en el mar de Galilea meterse en el agua arremangados hasta las rodillas para tirar las redes igual que en tiempos de Jesús.
Aquel verano, Eliahu había aprendido sueco con los sueco-americanos y durante la peregrinación les contó a los recién llegados acerca de las luchas y los triunfos de los gordonistas. Así que por los caminos y senderos de Tierra Santa volvieron a escucharse milagrosas promesas de que Dios cuidaría de su tierra gracias a los justos que la habitaban y que la liberaría de sus tiranos. [44]
Cuando los suecos oyeron contar la historia del naufragio de L'Univers y todo lo relativo a él, no pudieron evitar inquietarse un poco. No les parecía que ellos tuvieran algo que ver con eso. Les habría encantado poder compartir la feliz convicción de los gordonistas de que Dios, gracias a la labor que ellos realizaban, haría florecer de nuevo aquella tierra; pero no sabían si atreverse a esperar otra cosa que dolores y penurias.
Un atardecer, sentados alrededor del fuego en un campamento, hablaron de nuevo sobre estas cosas. Entonces Hellgum tomó la palabra y habló del marinero que había rezado el Padre Nuestro y entonado un himno en honor de los ahogados.
– ¿Cómo sabe usted eso, Hellgum? -preguntó Gertrud-. ¿Conoció a ese marinero?
– Lo sé porque ese marinero era un hombre errabundo que pecaba de diversas maneras -dijo Hellgum-. Pero a partir de ese día pensó que sólo una cosa importaba: llevar una vida que le permitiera estar dispuesto a morir en cualquier instante. Lo sé porque ese marinero era el mismo que ahora está aquí y os habla.
Al oír esto, los suecos se emocionaron porque había sido Hellgum quien los había conducido por el camino que los trajo a Jerusalén. Sentados bajo las estrellas, se maravillaban de cómo Dios había ido engarzando un eslabón con otro en la larga cadena de acontecimientos. Y ahora caían en la cuenta de que también ellos formaban parte de ese grupo de gente que Dios había convocado en su tierra a fin de redimirla. Sintieron entonces que les correspondía su parte de esperanza y consuelo, y empezaron a creer que no sólo era sufrimiento lo que les aguardaba, sino también la alegría de trabajar en la viña del Señor. [45]
La ciudad de Dios, Jerusalén
La verdad es que no todo el mundo tiene la fuerza necesaria para sobrevivir a una estancia prolongada en Jerusalén. Aunque soporten bien el clima y consigan eludir el contagio de enfermedades, ocurre que la gente perece. La Ciudad Santa induce a la melancolía o la locura, incluso a la muerte. Es imposible permanecer en la ciudad un par de semanas sin que, alguna vez, oigamos comentar sobre alguna persona fallecida repentinamente: «Es Jerusalén la que le ha matado.»
Quien oye esto se extraña mucho, como es natural. «¿Cómo es posible? -nos preguntamos-. ¿Cómo puede matarte una ciudad? Éstos no saben lo que dicen.» Pero mientras te paseas de un lado a otro de la ciudad es inevitable pensar: «Me gustaría saber a qué se refieren cuando dicen que Jerusalén mata. Me gustaría saber dónde está esa Jerusalén tan terrible que hace que la gente muera.»
Sucede, por ejemplo, que decides emprender una caminata por Jerusalén. Sales entonces por la Puerta de Jafa, doblas a la izquierda pasada la imponente torre cuadrada de la ciudadela de David y tomas el estrecho sendero que resigue la muralla hasta la Puerta de Sión. Tocando la muralla hay un cuartel turco donde suenan marchas militares y ruido de armas. Luego pasas delante del convento armenio, que también recuerda a una fortaleza con sus muros reforzados y sus puertas atrancadas. Un poco más allá, te encuentras con una plomiza construcción gris llamada Tumba de David, y al verla, de pronto caes en la cuenta de que estás caminando por el sagrado monte Sión, el monte de los reyes.
Entonces hay que recordar que el monte que tienes bajo tus pies es una inmensa bóveda en la que se halla enterrado David, sentado en su trono de fuego, con manto dorado y un cetro que, aún hoy, sostiene en lo alto sobre Jerusalén y Palestina. Recuerdas que los fragmentos de ruinas que cubren el suelo son restos de magnas fortificaciones, que el monte que tienes enfrente es el monte del escándalo donde pecó Salomón, [46] que el barranco que se divisa desde allí, el profundo valle de Hinnom, estuvo lleno hasta los bordes de cadáveres tras la destrucción de Jerusalén por los romanos. [47]
Es muy extraño caminar por allí, te da la impresión de que oyes el fragor de la batalla, ves grandes ejércitos atacando las murallas, a reyes que avanzan en sus carros de combate. «Ésta es la Jerusalén de la violencia y el poder, la Jerusalén de la guerra», piensas llena de espanto por todas las matanzas y los horrores que surgen en tu memoria. Y por un instante te preguntas si puede ser ésta la Jerusalén que mata a las personas. Pero enseguida encoges los hombros y dices: «Es imposible, hace demasiado tiempo que se oyó el silbido cortante de la espada y hubo derramamiento de sangre.»
Y entonces sigues caminando.
Tan pronto doblas la esquina de la muralla y alcanzas la parte oriental, te espera algo completamente distinto. Allí se encuentra la zona sagrada. Entonces sólo te vienen a la mente sumos sacerdotes y sirvientes del templo. En el interior de la muralla está el lugar donde los judíos se lamentan, donde los rabinos con sus caftanes de terciopelo rojo o azul se pegan contra el frío muro de piedra y lloran por el palacio, que fue destruido, por el muro, que fue derribado, por el poder, que se ha perdido, por los prohombres, que están muertos, por los sacerdotes, que se han descarriado, por los monarcas, que han renegado del Todopoderoso. Ahí se eleva el monte Moria, donde se construyó el fabuloso Templo de Salomón. Extramuros, el terreno desciende hasta el valle de Josafat, repleto de tumbas, y al otro lado del valle se divisa el huerto de Getsemaní, en el monte de los Olivos, desde donde Jesucristo ascendió a los cielos. Y aquí está el pilar de la muralla sobre el que se situará Jesucristo el día del Juicio Final, sosteniendo en su mano un hilo largo y fino como un cabello, mientras Mahoma, desde el monte de los Olivos, sostendrá la otra punta del hilo. Los muertos tendrán que caminar por el hilo tendido sobre el valle de Josafat; pero sólo los justos lograrán llegar al otro lado del valle; los injustos se precipitarán en el fuego de la Gehenna. [48]
[44] Probable referencia a los oráculos de Jeremías que anunciaban la liberación y reconstrucción del pueblo de Dios, y también el pacto de Dios y su pueblo. Véase Jeremías 30.
[45] Jeremías 31:5. (
[46] Salomón, hijo de David, fundador del primer templo de Jerusalén del cual se dice que «hizo que la plata fuera tan abundante en Jerusalén como las piedras» (2 Crónicas 9:27), y célebre por su sabiduría, se dedicó, al final de sus días, a cultos idolátricos. «En el monte que hay frente a Jerusalén erigió un altar a Camós, ídolo de Moab, y otro a Moloc, ídolo de Amón.» (1 Reyes 11:7.) El culto a Moloc incluía holocaustos humanos. (
[47] El general Tito, hijo del emperador Vespasiano, llegó a Jerusalén con las legiones romanas en abril del año 70 d.C. El asedio duró de abril a septiembre. En el mes de agosto las puertas y el templo ardieron, cumpliéndose así la famosa profecía de Jesús (véase Lucas 19:43). (
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