– Mon petit choux -le dijo en una ocasión, mientras se preparaban para salir-. Eres una santa, eres hermosa como una flor de primavera.
Era un piropo trivial, incluso algo ordinario, pero Agnès se sintió complacida.
– Tan amoroso -agradeció con expresión tierna, devolviéndole el cumplido en los términos que sabía irresistibles para el ego de cualquier hombre-. Pues mira, mon mignon, tu mayor atributo es esa potencia incansable. -Reviró los ojos y adoptó una pose de cocotte-. Oh la la.
– ¿Te parece? -preguntó él con falsa modestia, bajando momentáneamente los ojos, algo avergonzado.
– Ah oui!
Siempre que ella lo ponía a prueba, preguntando, por ejemplo, si tenía el culo gordo o los senos demasiado pequeños, cosas que sabía que no eran verdaderas, él daba siempre la respuesta justa e insistía en que Agnès era linda, perfecta, suprema, única.
Cuando se ovillaban en la cama, después de saciarse en el amor y antes de abandonarse al sueño, Afonso le susurraba palabras apasionadas al oído, enaltecía su belleza y su generosidad, le musitaba frases tiernas y la acariciaba suavemente. Abrazados en la habitación del Savoie y a la sombra de la noche, el capitán le juró que huiría de las trincheras sólo para cantarle una serenata bajo la lluvia. La mecía con un arrullo de amor entre promesas dulces y susurros melosos, le decía que la amaba, que la adoraba, que la idolatraba, que ella era lo mejor que le había ocurrido, que envejecerían juntos, que Agnès era una diosa, la mujer de sus sueños. Ella era una rosa, una joya, un rayo de sol, un aroma florido, un aria sublime, una brisa pura de primavera. La francesa cerraba los ojos y bebía con avidez aquellas palabras encantadas que la hacían sentirse tan especial, tan única, las bebía hasta marearse, hasta sentirse embriagada de amor y ebria de pasión, hasta sentir que, en realidad, Afonso era incomparable, era el mejor de los hombres.
De todos modos, pronto se agotó la licencia en el fulgor de aquel intenso e inolvidable paseo por París, y el momento del regreso se aproximó, implacable, inexorable, como una nube negra que corriese con rápida y traicionera lentitud en dirección al sol, corriendo hasta ocultarlo y lanzar sobre los amantes su siniestra y triste sombra; los arrancó de la exaltada felicidad en la que vivían sumergidos y los arrastró penosamente hacia la pesadilla de la aterradora hornaza en que se había convertido Flandes. Agnès y Afonso cogieron el tren de regreso a Aire-sur- la-Lys como esclavos resignados a su maldito destino, la sombría nube solitaria que los perseguía no paraba de crecer, de ensancharse, de llenar el horizonte, amenazadora y sofocante, recargada y gris, hasta volverse, cerca del indeseado destino, una vasta y tenebrosa tempestad de guerra.
Capítulo 10
Afonso no paraba de sorprenderse por la ingeniosa capacidad de camuflaje de la artillería portuguesa. Los cañones se escondían en hoyos distribuidos por los campos detrás de su sector, y la disimulación era tan eficaz que hacía ya dos meses que el enemigo no lograba detectar ni alcanzar una sola pieza del CEP. La Infantería 8 estaba actuando de apoyo a la línea de las aldeas en el sector de Laventie, por detrás de Fauquissart, y el capitán aprovechó la mañana tranquila para ir a observar un cañón Schneider-Canet de 7,5 centímetros que habían ocultado cerca de su puesto, detrás de la Rue de Paradis. La pieza de artillería permanecía disimulada dentro de un refugio al que los soldados llamaban «Elefante», un hoyo protegido por chapas de hierro onduladas y gruesas, de forma cilíndrica, ligadas por rinconeras y tapadas con tierra y vegetación, y cuya boca parecía un corto túnel que surgía del suelo.
– Que me caiga muerto si los boches consiguen encontrar esta alabarda -murmuró Afonso para sí, contemplando con admiración aquella obra de perfecto camuflaje.
Sintió pasos a la derecha y vio a Joaquim acercarse a la carrera con una hoja de papel en la mano izquierda y la Lee-Enfield balanceándose colocada en bandolera. El capitán fijó los ojos en la hoja y reconoció el Folhetim de Guerra, un impreso que los alemanes arrojaban regularmente a las líneas portuguesas a tiros de mortero y que caía a este lado en paquetes metidos en los proyectiles que los muchachos llamaban «ananás».
– ¿Y, Joaquim? -saludó Afonso-. ¿Traes ahí el Diario de Noticias de Berlim?
– Sí, mi capitán -confirmó el ordenanza, jadeante, extendiéndole el impreso-. Arrojaron esto esta mañana.
– Vamos a ver si es mejor que el mulero de las trolas -comentó el capitán con ironía, refiriéndose a la forma en que era conocido el boletín diario de las operaciones emitido por el CEP. Cogió la hoja, con el título Folhetim de Guerra bien visible en la cabecera y abajo todo el texto redactado en portugués-. Déjame ver esto.
Corría el día 25 de enero de 1918 y la hoja era del 30 de diciembre. Era un ejemplar atrasado, pero traía novedades. El primer titular anunciaba de manera muy destacada que había una «desmovilización de las tropas en Portugal» y que sólo se exceptuaban las «tropas portuguesas que se encuentran en los diversos teatros de guerra». El capitán estudió el estilo de la redacción, lo que hacía siempre que echaba un vistazo a un ejemplar como aquél, y reforzó su convicción de que el redactor del texto era alguien que había vivido en Portugal. O era un portugués o, si no, se trataba de un alemán que conocía a fondo la lengua portuguesa. El tema se discutía mucho entre los oficiales, divididos entre las dos hipótesis. Afonso pensaba que se trataba de un compatriota, probablemente un prisionero de guerra, pero también podía ser un monárquico, ya que era conocida la simpatía que muchos monárquicos sentían por Alemania. Sin llegar a grandes conclusiones en aquel instante, pero siempre atento a los detalles que pudiesen ofrecerles nuevos indicios, el capitán pasó a la segunda noticia, la cual, bajo el titular «Portugal y los aliados», informaba de la existencia de malas relaciones entre el nuevo Gobierno de Sidónio Paes y los Ejecutivos de Londres y París; indicaban que «Inglaterra se opone con todos los medios a todo cuanto el nuevo Gobierno resuelva». La sospecha de que el autor del texto era un monárquico portugués se atenuó a través de la lectura de otro tramo de la misma noticia, especialmente la referencia a la restauración de la Monarquía, proyecto que, según la hoja alemana, «ni los propios monárquicos portugueses apoyarían, sabiendo, comprobado está, que el joven rey don Manuel se halla completamente en manos de los ingleses y avasallado por ellos». Este ambiguo fragmento ofrecía el indicio de que el autor del texto podría no ser un monárquico. Es cierto que muchos monárquicos simpatizaban con los alemanes y se mostraban críticos con el Rey en el exilio, pero acusarlo de ser un vasallo de los ingleses parecía demasiado fuerte. Ahora bien, si el autor del panfleto no era un monárquico, reflexionó Afonso, sólo podría tratarse de un prisionero, seguramente un oficial. Meditó un breve instante sobre qué llevaría a un militar a traicionar de aquella forma al país y, dándose cuenta de que no tenía respuesta porque no conocía las circunstancias en que se encontraba el traidor, volvió a la hoja. La tercera noticia, «Un éxito alemán en África», narraba un combate en Mozambique entre fuerzas alemanas y portuguesas, y la última información del Folhetim de Guerra era que habían sido apresados en Lisboa dos antiguos ministros portugueses de la Guerra, el general Barreto y el coronel Pereira.
– ¿Y ésta? -se sorprendió Afonso después de emitir un largo silbido en cuanto leyó los nombres-. Pereira en chirona. Sí, señor, muy bonito.
El capitán dio media vuelta y avanzó en dirección al puesto con el impreso en la mano, había allí suficiente información para llenar una mañana de conversación con el Zanahoria o hasta con Tim. Nadie ignoraba que aquél era material de propaganda, pero lo cierto es que tales «noticias» solían tener algún fundamento, el problema era analizar los textos y saber interpretarlos, buscar la verdad por detrás de la retórica. Todos sabían que había noticias que el CEP jamás dejaba traslucir y que la mejor manera de tener acceso a ellas era a través de aquellos boletines de propaganda enemiga. Entre los militares predominaba la convicción de que la verdad se situaba en algún sitio entre las dos versiones, la dificultad era localizarla con exactitud en la enorme distancia que separaba a ambas propagandas.