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– Pues, eran granadas de hierro, mi…

– No es eso -se impacientó el médico-. ¿ Estaban pintadas con algún color?

– Sí, mi mayor -respondió Matías, el más observador del grupo-. Eran granadas de 7,7 centímetros, de modelo alargado, pintadas de azul y con la cabeza amarilla. Me acuerdo de que tenían dos cruces, creo que una era verde y la otra amarilla.

– Vaya, no entiendo nada. ¿Verde y amarilla, o azul y amarilla?

– Las cruces eran de color verde y amarillo, pero las granadas estaban pintadas de azul y amarillo.

– Azul y amarillo -repitió el médico, que cogió un voluminoso dosier de un estante, cuya cubierta indicaba que contenía los informes de los Chemical Advisers del XI Cuerpo británico. Abrió la carpeta y hojeó las páginas-. Azul y amarillo. -Pasó una hoja-. Azul y amarillo. -Otra hoja. Miró rápidamente cada informe, sólo atento al segundo punto de cada documento, titulado «Nature of the shells»-. Azul y amarillo…: aquí está. -Apoyó el dedo en la línea que buscaba y leyó-. Painted blue with yellow on top. -Sacó la hoja y la estudió con atención. Estuvo un minuto analizando el informe y sacando conclusiones, más para sí mismo que para los hombres-. Ya lo veo, éste es un derivado del azufre con un porcentaje elevado de clorina -murmuró, rascándose el mentón. Consultó detenidamente el último punto del documento, identificado como «Symptoms of personnel». Un buen rato más de lectura hasta que volvió a romper el silencio-. Pues sí, aquí está todo. Vómitos, ojos inflamados, irritaciones en la garganta. -Sin levantar la cabeza, arrancó una hoja del impreso y comenzó a rellenarla-. Voy a mandarlos a un hospital de sangre. -Alzó la cabeza y miró a los hombres-. ¿Nombres y números?

– ¿Es grave, mi mayor?

– Es grave, sí -confirmó el médico con expresión ceñuda-. Lo grave es que ustedes sean unos tontos de capirote y no se pongan las máscaras tal como señala el reglamento.

– Pero ¿es muy grave? -insistió Baltazar, ansioso y con los ojos que le lagrimeaban en abundancia por culpa de la inflamación.

– Lo único grave es que el CEP va a tener que sobrevivir sin ustedes durante dos días -replicó el médico, prolongando el «suspense»-. En cuanto a sus miserables personas, pasarán una mala noche, pero mañana, hacia mediodía, estarán mejor. Este es un gas traicionero porque casi no se siente su olor, pero la ventaja es que no hace demasiado daño. Les daré una baja de cuarenta y ocho horas y después regresarán a las trincheras.

– Gracias, mi mayor -dijeron todos casi a coro, aliviados y fugazmente sonrientes. No había mejor cosa que tener una baja debido a un daño pasajero.

– Rápido, rápido -se impacientó el mayor Botelho-. ¿Nombres y números?

– Matias Silva, mi mayor. Número 216.

Capítulo 11

Eran más de las doce y la mañana, como de costumbre, había sido tranquila. Las actividades de ambos lados de las trincheras fueron intensas desde la puesta del sol de la víspera, con legiones de hombres que reparaban pasaderas, arreglaban el alambre de espinos y drenaban los pasos inundados bajo la protección del manto oscuro de la noche, mientras que otros patrullaban la Tierra de Nadie o buscaban objetivos por la mirilla de las Lee- Enfield, si eran portugueses, o de las Mausers, en el caso de los alemanes. Cuando por fin asomaron los rayos del sol, alzándose el astro lenta y majestuosamente por detrás de las líneas enemigas, ya se había cumplido el primer «A sus puestos» de ese día 8 de febrero y muchos hombres fueron a acostarse. Afonso y Pinto se despertaron a eso de las once, se lavaron la cara en una palangana llena de agua lodosa e inmunda, mearon en un rincón húmedo de la trinchera, junto a su puesto de Picantin, y se sentaron en la caja de municiones para tomar el desayuno que les había llevado Joaquim. Comieron rápidamente la tortilla francesa y las tostadas con mantequilla, regadas con la tapioca con azúcar y una taza de café cargado. Cuando estaban a punto de terminar, llegó el teniente Timothy Cook.

– What ho, Afonso, old bean -saludó.

El capitán se incorporó, se frotó las palmas de las manos en los muslos para quitarse las migas de las tostadas y la grasa de la mantequilla y le dio la mano al oficial inglés de enlace.

– Old bean? -preguntó conteniendo un eructo-. ¿Por qué me estás llamando viejo frijol, tunante?

Tim se rio.

– No me hagas caso, en realidad, se trata de un apelativo cariñoso.

El inglés saludó a Pinto con un gesto.

– Breakfast?-preguntó Afonso, señalando lo que quedaba del desayuno.

– No, gracias, ya he comido -respondió Tim-. Bacon con scrambled eggs and baked beans -explicó satisfecho-. Capital breakfast. Capital.

– Si es así, pues, vamos a hacer la ronda.

El capitán y los tenientes, con el ordenanza detrás, bajaron por la Picantin Road hasta la Rué Tilleloy, giraron a la derecha para tomar por Picantin Avenue, avanzaron chapoteando en el barro hasta llegar a la línea B, entraron allí junto al puesto avanzado Flank Post y siguieron hacia el sur en dirección a Rifleman's Avenue, donde rodearon su sector en Fauquissart. Se detuvieron y alzaron los ojos. Del lado enemigo venía lo que parecía ser, a lo lejos, una mosca molesta, zumbaba como un moscardón, era un avión alemán, con las cruces negras visibles en el fuselaje a pesar de la distancia.

– Un Tauber -dijo Pinto.

– Qué manía tienen ustedes de llamar Tauber a todos los aeroplanos jerries -acotó Tim-. Ese es un Fokker.

– ¿Cómo lo sabe?

– I know, lad. I know.

– Tim sabe distinguirlos -explicó Afonso-. Estuvo en el Royal Flying Corps y conoce todos los aeroplanos. Si Tim dice que ése es un Fokker, amigo Zanahoria, es porque se trata, efectivamente, de un Fokker.

El monoplano volaba alto, como si quisiese pasar inadvertido. De repente, y de forma inesperada, alteró su comportamiento. El avión avanzó en picado hacia las líneas portuguesas, sobre Fauquissart, dando la impresión de que iba a abrir fuego.

– Va a lanzar una calabaza -exclamó Pinto.

Sin embargo, no lanzaron ninguna bomba. Ya cerca del suelo, se enderezó y sobrevoló las posiciones del CEP en el sentido norte-sur a baja altura. Las Vickers y las Lewis comenzaron a matraquear, intentando alcanzar al aparato, pero el Fokker ganó altura en cuanto cruzó Ferme du Bois, más al fondo. Subió, hizo una pirueta y volvió a descender sobre las posiciones portuguesas, esta vez en el sentido inverso, de sur a norte, aunque no disparase un solo tiro: se encontraba evidentemente en misión de observación. Un segundo aparato irrumpió en ese momento sobre las líneas, ahora proveniente del lado aliado.

– Uno de los nuestros -comentó Pinto con satisfacción.

– ¿Qué aeroplano es? -quiso saber Afonso, mirando al teniente británico.

– Un Sopwith Camel -identificó Tim, con los ojos fijos en el cielo.

– ¿Un camello?

– Right ho -sonrió el inglés-. ¿ Ve el formato de la carlinga del aeroplano? Para algunos se parece a una joroba, aunque yo no llego a verla. De cualquier modo, por eso lo llaman camel.

Los tres oficiales y el ordenanza se quedaron pegados al suelo, expectantes acerca de lo que podría pasar. Los combates aéreos eran altamente apreciados en las trincheras y los consideraban el espectáculo más emocionante de la guerra. En vez de la muerte impersonal e industrial en medio del barro, con masas de soldados cayendo acribillados o destrozados por granadas y bombas que lanzaban enemigos invisibles y distantes, los enfrentamientos en el aire estaban rodeados de un aura romántica, los pilotos eran los modernos caballeros del cielo, duchos en galanteos caballerescos y elegantes actos de nobleza, sus embates aéreos se transformaban en emocionantes duelos entre las nubes, uno contra el otro, arrojo contra arrojo, pericia contra pericia, un vencedor y un vencido.