– ¿Capitán Afonso Brandão? -¿Sí?
– Con su permiso, mi capitán, el teniente coronel Mardel desea hablar con usted.
Eugenio Mardel era uno de los oficiales más importantes de la Brigada del Miño, el hombre que asumía el comando de la brigada siempre que se ausentaba el comandante. Si Mardel lo había llamado, razonó Afonso, era porque había novedades, y de las grandes.
– ¿Dónde está el teniente coronel?
– En Laventie, mi capitán.
Afonso entró en el refugio, cogió la máquina de escribir y la puso sobre la caja que le servía de mesa, se sentó en el banco, colocó dos hojas con papel de calco en el medio para hacer una copia y redactó apresuradamente el informe de su compañía sobre las últimas veinticuatro horas en el sector de Fauquissart. Sabía que Mardel querría ver el documento y no deseaba disgustarlo. La redacción del texto obedecía a un formato previamente establecido y el capitán sólo necesitó media hora para acabarlo. Cuando terminó de mecanografiar el texto, releyó todo, hizo dos pequeñas correcciones con la pluma, firmó, dobló el documento, lo guardó en el bolsillo de la chaqueta y salió.
– Vamos -dijo al abandonar el refugio-. Pinto, sustitúyeme en el puesto. Hasta luego, Tim.
– Cheerio, old bean.
No era el dolor en los músculos lo que molestaba a Matias, sino el cansancio y, sobre todo, la indisposición general que lo dejaban postrado. El cabo se quedó apoyado en el parapeto y aspiró con fuerza el Woodbine que tenía en sus manos, se trataba del más barato de los cigarrillos ingleses, aunque era francamente útil para dejarlo satisfecho. Sintió el humo invadirle los pulmones, intentó relajar la espalda y echó el humo despacio, liberando un agrio soplo gris.
– ¿Cómo crees que ha quedado el cuerpo de ese tipo? -preguntó Baltazar, sentado junto a él mientras limpiaba la Lee-Enfield.
– ¿Quién? ¿El tipo del aeroplano? -Sí.
– Debe de estar destrozado, ¿no?
Matias sintió la acidez del vómito aún presente en la garganta y volvió a dar una calada del Woodbine en un intento de quitarse aquel sabor agrio de la boca. La noche no había sido fácil. Tres días antes, habían abatido a un hombre del 8 en la Tierra de Nadie, junto a Bertha Trench, durante una patrulla nocturna, y sus compañeros huyeron desordenadamente, dejándolo atrás. En las noches siguientes se organizaron patrullas para localizarlo, pero no llegaron a detectarlo al fin hasta la madrugada anterior. Matias integró esta última patrulla y fue el olor nauseabundo de un cadáver en proceso de putrefacción, un hedor que le recordaba la pestilencia que soltaban las patatas podridas, lo que lo atrajo al lugar donde se encontraba el cuerpo del hombre perdido. Lo encontró dentro de un hoyo, semihundido en aguas fétidas, a la izquierda del sector portugués, ya en el área patrullada habitualmente por los ingleses estacionados en Fleurbaix. «Después de que lo hirieran, debe de haberse desorientado y arrastrado hasta aquí -razonó Matias, que reconstruyó mentalmente el recorrido del soldado moribundo-. No es de sorprender que las patrullas no lo hayan encontrado, está muy lejos del sitio donde se produjo la escaramuza.» El cabo se inclinó sobre el cadáver para levantarlo, pero suspendió el ademán al oír un ruido y sentir actividad sobre sus pies. Le llevó un momento darse cuenta de que eran ratas arrancando pedazos de carne del muerto. El olor era fuerte, inmundo, repugnante. Ahuyentó a los roedores con la culata del fusil, se colocó la Lee-Enfield en bandolera y, venciendo el asco, cogió el cuerpo, lo sintió tieso y endurecido, caminó unas decenas de metros en la oscuridad, siempre intentando contener la respiración, no pudo, el peso del cadáver lo hizo jadear, la pestilencia invadió sus fosas nasales, sintió que se le revolvía el estómago, dejó caer al muerto, se inclinó hacia delante y vomitó. El ruido atrajo la atención del resto de la patrulla. Con susurros apenas contenidos, los demás soldados fueron a ayudarlo a transportar el cuerpo por el camino de barro hasta las líneas portuguesas. Dijeron la contraseña al centinela y entraron en la línea del frente portugués, aliviados. Depositaron el cadáver en el suelo y se sentaron en el parapeto, derrengados y jadeantes, a recobrar el aliento. Minutos después, uno de los hombres se levantó y fue en busca de los camilleros, dejando a los otros descansando. En un determinado momento, ya recuperados, los ganó la curiosidad de conocer el rostro del muerto que habían rescatado en la Tierra de Nadie. Encendieron una linterna y Matias observó de reojo la figura extendida en la base de la trinchera. El cadáver estaba hinchado, su piel de un color amarillo grisáceo, un brazo vuelto hacia arriba, tieso, congelado en aquella posición, con los ojos vidriosos y revirados hacia arriba, tenía partes de los labios y de las mejillas arrancadas, supuestamente por las ratas, que dejaban a la vista los dientes, el propio comienzo de la calavera. El cabo vomitó por segunda vez.
– No estará peor que el tipo que fuiste a buscar -comentó Baltazar.
Matias lo miró sin comprender.
– ¿Quién?
– ¡El boche del aeroplano, diablos! -exclamó el Viejo, fastidiado por la expresión ausente del amigo-. Acaba de morir, no debe oler tan mal como el otro, ¿no? -observó su Lee-Enfield, ya limpia y aceitada-. Bien, la verdad es que, si está despedazado en el suelo, debe de tener las tripas fuera. Y las tripas huelen a mierda, ¿no?
El cabo miró el parapeto con la mirada perdida en el infinito y acabó el Woodbine. Apagó el cigarrillo en el barro y arrojó la colilla lejos.
– ¿Sabes cuál fue el primer muerto que vi, Baltazar?
– ¿Hum?
– Cuando yo era un niño, tenía unos catorce años, había una tipa en el barrio, en Palmeira, que estaba casada con un marinero. -Se acarició las patillas-. Se llamaba Maria do Céu. Andaba por los treinta años. Tenía una cara ancha y muy rosada, con una verruga bajo un ojo. No era guapa, pero tenía unas tetas de este tamaño. ¡Esos sí que eran unos melones fabulosos!
– ¿Estaba buenorra?
– Buenorra no diría yo, pero tenía buena presencia. -Hizo una pausa, como si estuviese recordando algo-. Un día, la tipa vino a hablar conmigo. Yo ya era un mocetón; en ese momento trabajaba la tierra de quien me contratase. Pues ella vino y dijo que me quería contratar para trabajar todas las mañanas en su patio, que tenía que cuidar la huerta y su marido estaba navegando. De modo que fui. -Se rascó la nariz-. No había que saber mucho para ocuparse de esa huerta. Había unas patatas, unos repollos, unos tomates, un manzano, con tromentelos [8] a su alrededor, y en el rincón había una cerca con unos cerdos y unas gallinas. Pero estaba todo un poco abandonado. Fui a trabajar allí y la tipa no me dejaba solo, se quedó allí y no me quitaba ojo. Pensé que era desconfiada. «Vaya -me dije-. O sea que esta mujer me está vigilando.» Me sentí un poco mosqueado, caramba, eso empezó a fastidiarme. Al segundo día, se dedicó a hacerme preguntas. Quería saber si yo tenía novia, si era muy mujeriego, si ya había besado a alguien, cosas así. Me dio un poco de vergüenza, ésas no eran cosas para conversar con una mujer, ¿no? Después de un rato de conversar de cosas así, la tipa me dijo que quería mear. Se levantó la falda delante de mí y se puso a orinar, se le veía la raja y todo.
– Categoría.
– Mientras orinaba, me clavaba la vista. «¿Te gusta verme mear?», me preguntó. Dije que sí con la cabeza y sentí que me crecía la pija dentro de los pantalones, fue como si la verga hubiera crecido al oír aquella pregunta. Creo que entendí lo que la mujer quería. Era una calentorra de primera. Se dio cuenta de que estaba empalmado y se acercó. Se quitó el suéter y dejó las tetas al aire, esos melones maravillosos, nunca había visto nada tan bueno. Estaban un poco caídas y tenían unos pezones muy anchos, rojizos, con la punta tiesa. Me quitó los pantalones despacito y se prendió con la boca al cipote.