Salieron contentos del Palais de l'Optique hablando de Jules Verne, mientras Paul contaba la iniciativa del Gun-Club descrita en De la terre à la lune y en Autour de la lune; los libros ya tenían treinta años largos, pero, mon Dieu!, qué actuales seguían siendo.
– Pero, papá, ¿es realmente posible ir a la Luna? -preguntó Agnès.
– Monsieur Verne dice que sí, y la verdad es que se está desarrollando de tal modo la artillería que un día tal vez haya un cañón capaz de lanzar una bala hasta la Luna. ¿Por qué no?
– ¿ Con personas dentro?
– Sí, pero será complicado. El principal problema es amortiguar el tiro, hacer que el impacto inicial no sea muy fuerte dentro de la bala. Eso tal vez sea posible a través de un sistema de muelles. Después hay que afinar bien la puntería, no se puede apuntar directamente a la Luna, serán necesarios muchos cálculos matemáticos para hacer que la bala y la Luna se encuentren en el mismo sitio al mismo tiempo.
– ¿Y qué comen ellos dentro de la bala? -intervino Michelle, curiosa por entender cuál era la forma de impedir que la comida se estropease durante el viaje.
– Oh, eso es sencillo. Sería necesario llevar gallinas y pavos, que se irían matando según las necesidades.
– Entonces, si eso es posible, ¿por qué no vamos? -quiso saber Agnès.
– Porque no existe aún un cañón con esa potencia ni una bala concebida para ese propósito -explicó Paul, acariciándole el pelo rizado-. Además, querida, hay que considerar otros problemas. ¿Sabéis?, tal vez se pueda llegar a la Luna, pero volver ya es más difícil, no hay allí cañones capaces de lanzar la bala hacia la Tierra.
Se enredaron así los seis conversando, divagando, soñadores. Rodearon distraídamente el Touring Club y el lago y, casi rozando un pilar de la Torre Eiffel, entraron en la gran alameda del Champ-de-Mars, pasaron de largo los kiosques à la musique, admiraron superficialmente las rosas, los tulipanes, las magnolias, las violetas y las margaritas que coloreaban los jardines y no se callaron hasta desembocar en el Palais de l'Electricité, una magnífica estructura de acero retorcido y arqueado, con un armazón cubierto de cristales, que mostraba entrañas de hierro, espejos, columnas, arcos, curvas, arabescos, todo concentrado en una arquitectura que se había transformado en un festín de metal, en una orgía de hierros, de cúpulas acristala- das, de fachadas vistosas, envueltas en garridas banderas tricolores. Subieron al primer piso y se asombraron frente a los tubos de Geissler que se iluminaban, frente a los radiadores que emitían un calor sin leña, frente a las campanillas que sonaban sin cuerda, las lámparas incandescentes que derramaban luz sin velas, los théatrophones, los télégraphones, los teléfonos incripteurs que registraban mensajes, los trenes en miniatura que circulaban en carriles minúsculos. En realidad, todo aquello se revelaba como un extraño y desconcertante concierto eléctrico caóticamente dirigido por un maestro invisible y confuso.
El espectáculo del Cinématographe Lumière estaba a punto de empezar y los seis se dirigieron deprisa a la Salle des Fetes, una enorme estructura metálica construida circularmente en el centro de la monumental Galérie des Machines, un pabellón de hierro construido para la Exposición de 1889 con el propósito de celebrar el triunfo de la industria y de la técnica y ahora considerado demodé. Cuando llegaron al local, comprimido entre el Palais de l'Électricité y la Avenue de la Motte-Picquet, los Chevallier se encontraron con una enorme multitud que confluía para el mismo espectáculo, de modo que tuvieron que ha- cer cola para entrar en la galería. La Machines era una gigantesca estructura de hierro y cristal con más de cuatrocientos metros de largo, el portón y la bóveda en arco, un espacio colosal en el interior. Un cartel anunciaba el estreno del primer Cinématographe Lumière gigante y miles de personas se dirigían a la galería para asistir al acontecimiento.
Los Chevallier entraron en la Salle des Fêtes de la Machines por los dos tramos descendentes de la enorme escalinata y fueron a sentarse en las butacas colocadas a lo largo de todo el perímetro del edificio circular, donde había veinticinco mil lugares disponibles, que claramente no resultarían demasiados ante el extraordinario interés que estaba suscitando el espectáculo. Agnès se acomodó entre Claudette y su madre y se quedó mirando la inmensa tela blanca alzada verticalmente en el centro de la gigantesca galería, justo por debajo de la cúpula acristalada: ella no lo sabía, pero aquélla era una pantalla de cuatrocientos metros cuadrados, de lejos la mayor del mundo. La enorme tela estaba mojada, se encontraba sujeta a la cúpula de cristal por un gancho y se cernía sobre el ancho estanque de agua donde la habían izado. Agnès se preguntó para qué servía, nada de aquello tenía el aspecto tecnológicamente avanzado de las estructuras de hierro que lo rodeaban.
Cuando ya no cabían más personas en la galería, se cerraron los portones ovales y, después de una breve pausa expectante, un haz de luz cortó la sombra e incidió sobre la tela gigante. Brotó un «ah» entusiasta de la multitud. Agnès observó, pasmada, a personas que se movían en la tela mojada. El agua que impregnaba la trama absorbía la luz, las formas en blanco y negro evolucionaban con gestos bruscos en la pantalla. Durante veinticinco minutos pasaron quince películas, las suficientes para dejar a la multitud hipnotizada y a Agnès fascinada con el mundo del cine.
La visita a la Exposición Universal de París produjo una profunda impresión en la muchacha: fueron, en realidad, los dos días más felices de su infancia. Ya de vuelta en Lille, todas aquellas maravillas, formadas por torres de hierro, fotografías que se movían en telas mojadas y telescopios que mostraban la Luna a un metro de distancia, reaparecieron sucesivamente en su memoria, fueron objeto de charlas, de especulaciones, de fantasías soñadoras, qué magnífico sería el siglo XX que ahora comenzaba, qué hermoso el futuro que aquellas máquinas dejaban presentir, qué grande el ingenio del hombre, qué gloriosa la ciencia francesa.
Capítulo 3
La señora Mariana era una mujer religiosa y de principios. Todos los lunes iba hasta el baúl donde su marido guardaba el trigo, sacaba un puñado de cereal y lo llevaba después al molino de Silvestre, el mismo que regentaba la taberna. Ahí molían el trigo y lo transformaban en harina. Cuando volvía a casa, encendía el horno con leña traída de Cidral a lomo de burra y cocía el pan, que duraba hasta el domingo, siempre fresco.
Un día, al acompañar a su madre al molino, Afonso se quedó fascinado con una pesa de hierro usada en la balanza decimal y se la metió inocentemente en el bolsillo. Mariana descubrió la pesa robada ya en casa y arrastró a su hijo por una oreja durante todo el trayecto hasta el molino, donde devolvió el objeto; allí, obligó a Afonso a pedir disculpas. El pequeño descubrió dos cosas de una sola vez: entendió lo que era el robo y comprendió que su madre se enfadaba mucho si él robaba.
La señora Mariana preparaba también la menestra, una sopa muy rica que reunía todos los alimentos, desde hortalizas, alubias y patatas hasta carne y chorizos, en una versión propia de Ribatejo de la sopa de pedra [1] y que sustituyó a las sopas de pan remojado en vino de la infancia. Tal como el pan, las menestras duraban toda la semana sin estropearse. Muchas veces se añadía harina o pan de maíz en trozos a las menestras, junto con aceite y ajo picado, para hacer suculentos guisos. Otras opciones tenían que ver con el mar. Afonso solía acompañar a su madre hasta la plaza y saltaba de excitación cuando ella traía pescado. En casa, cada sardina o cada chicharro, que el pequeño apreciaba más que los otros, alimentaba a dos personas. Afonso compartía siempre su pescado con Joaquim, quedándose con la cabeza y su hermano con el resto. En el caso de las sardinas, devoraba toda la cabeza, incluso las espinas, pero con los chicharros era diferente. Los disecaba como en una autopsia, limpiando con la lengua el cartílago de la cabeza y saboreando los ojos como si fuesen un manjar sin igual. El problema es que con una sola cabeza de pescado como comida se quedaba con hambre y no pocas veces subía subrepticiamente a los árboles frutales en patios ajenos para hurtar frutos que completaban su alimentación.