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– ¡Vaya! ¡Categoría! Yo nunca he tenido mujeres así a mi lado, carajo.

– Así que, cada vez que iba a trabajar a la casa de Maria do Céu, era la pura jodienda. Me enseñó todo lo que había que aprender y era tremenda para los polvos, no había día que no pidiese verga. Aun cuando andaba con la regla quería caña, chorreaba sangre por todos lados, parecía un cerdo en día de matanza, pero la tipa no se rendía, disfrutaba de todo el plato. Sólo había algo que era extraño: me insistía en que fuese allí sólo por la mañana. Por la tarde, no. Sólo por la mañana. De manera que me dediqué un año a la vagancia a expensas del hambre de Maria do Céu. -Matías escupió al suelo, intentando expulsar los últimos restos del sabor ácido del vómito-. Un día, el marido volvió y yo dejé de ir. El hombre vino para quedarse unos días. Al cabo de una semana, hubo un gran alboroto, las vecinas gritaban: «Policía, policía». El tipo había matado a su mujer.

– ¡Ah! -exclamó Baltazar, casi conmovido-. No me digas que él se enteró de que la tía estaba follando contigo.

– Conmigo, no. Pero, por lo visto, se dio cuenta de que había hombres que iban a la casa. El marinero fue detenido y yo fui allí por última vez. Encontré una multitud a la puerta, todas las mujeres conversaban como gallinas atontadas. El cuerpo de Maria do Céu estaba en el suelo, en medio de un charco de sangre. El tipo le dio no sé cuántas cuchilladas, se veían golpes en el pecho y en la barriga, un horror.

– ¿Y después?

– Y después, nada. Fue la primera persona que vi muerta, sólo eso. -Oyeron un silbido creciente, encogieron la cabeza y sintieron la explosión de la granada doscientos metros atrás. Se volvieron para ver el penacho de humo y polvo elevándose al cielo y, después de una vacilación, Matías miró a su amigo de nuevo-. Me impresionó un poco verla muerta, parecía una muñeca, costaba incluso imaginar que aquel cuerpo inmóvil, que ahora no reaccionaba ante mi presencia, había sido antes una hoguera voraz, nunca se quedaba quieto. Pero lo que me pareció más extraño es que no sentí nada dentro de mí. Me dio pena, claro, hasta recé por ella, era una buena mujer. Una calentorra tremenda, pero buena mujer. Pero la tipa la diñó y no me sentí deprimido, ni siquiera angustiado. -Sacó de los pantalones el paquete de Woodbine-. ¿Quieres un cigarrillo?

– Dame uno.

Matías le extendió un cigarrillo a su amigo, sacó otro y se lo llevó a la boca.

– Un año después, conversando con un chico vecino mío, Lourengo, llegué a descubrir algo sorprendente.

– ¿Qué?

– En cierta ocasión hablamos, no sé por qué, pero hablamos de Maria do Céu. El tipo adoptó la actitud de quien hace una confidencia y así, poco a poco, me contó que fue ella quien lo llevó por primera vez a la cama. -Rascó una cerilla, encendió el cigarrillo y echó la primera nube de humo-. Era siempre por la tarde.

Afonso y Joaquim siguieron al estafeta, el capitán algo nervioso por la convocatoria que acababa de recibir. Recorrieron de nuevo la Picantin Road y fueron hacia la Rué du Bacquerot, se orientaron hacia el sur y, justo al lado de Red House, giraron a la derecha hacia Harlech Road. Antes de llegar a la Rué de Paradis, volvieron a la izquierda y entraron en Laventie, dirigiéndose al edificio donde se encontraba instalado el cuartel general de la brigada durante el periodo en que la fuerza del Miño permaneciese en aquel sector de Fauquissart, en el extremo norte de las líneas portuguesas. El estafeta se alejó y Afonso se dirigió al militar graduado del edificio. Explicó que iba a hablar con el teniente coronel Mardel. El militar le pidió la identificación, le dijo que esperara y al volver, instantes después, le señaló la puerta entreabierta. Afonso observó y vio a Mardel.

– ¿Me permite, señor teniente coronel?

– Mi estimado capitán -exclamó Mardel efusivamente. Se levantó de la silla donde trabajaba y yendo a su encuentro hasta la puerta-. Benditos los ojos que lo ven.

Afonso se cuadró y después se dieron las manos.

– He venido en cuanto supe que me había llamado.

– Gracias, gracias -respondió Mardel, que indicó otra silla-. Siéntese, siéntese. Póngase cómodo.

El capitán se sentó en la silla, disimulando los nervios e intentando acomodarse lo mejor posible. Mardel volvió al lugar del que se había levantado.

– ¿Quiere café? -preguntó el teniente coronel, que se recostó en su silla.

– Sí, por favor.

Mardel se volvió hacia la puerta del refugio.

– Duarte -llamó.

La cabeza del militar asomó a la entrada.

– ¿Sí, mi teniente coronel?

– Trae dos cafés. Calentitos, ¿eh?

– Inmediatamente, mi teniente coronel.

El militar se retiró y Mardel se volvió hacia Afonso.

– ¿Y? ¿Cómo van las cosas?

– Tirando -respondió Afonso, que llevándose la mano al bolsillo, sacó el informe de las últimas veinticuatro horas. Sabía que era un documento que leía con mucho interés el Alto Comando-. ¿Quiere el informe?

– Claro -dijo Mardel, extendiendo la mano-. Muéstremelo.

El teniente coronel cogió la hoja, la abrió y la leyó con atención.

– Por lo visto, una patrulla ha detectado problemas en la alambrada de los boches -dijo con una sonrisa.

– Sí, mi teniente coronel -asintió Afonso-. En el sector de Wick Salient.

– Algo para investigar -comentó crípticamente.

El militar entró en el despacho con dos tazas humeantes y una cajita con azúcar en una bandeja, colocó el café en la mesa y se marchó. Los dos oficiales echaron el azúcar en el café, lo revolvieron y bebieron un sorbo.

– Ah, qué maravilla -exclamó Mardel.

– Una delicia -coincidió el capitán, que sintió que el sabor cálido y azucarado del café le endulzaba la boca.

Mardel dejó la taza.

– ¿Ha visto el combate aéreo de hace poco?

– Sí, mi teniente coronel. Fue reñido.

429-Es verdad. Fue reñido -coincidió Mardel-. Pero ¿sabe qué es verdaderamente relevante en lo que vimos en el cielo?

– ¿La victoria del aeroplano inglés, mi teniente coronel?

– No, capitán. Eso fue agradable, pero no lo más importante. Lo más significativo fue el comportamiento del primer aeroplano boche. ¿No reparó en nada extraño, capitán?

– Huyó al ver el aeroplano inglés.

– Tampoco es eso. Eso es relevante, pero no lo más extraño. Lo verdaderamente insólito es que no abrió fuego sobre nuestras líneas. Sin duda, sabe lo que eso significa.

Afonso se acomodó en la silla, incómodo con ese método de interrogatorio continuo, se sentía de vuelta en el colegio primario de Rio Maior, donde lo forzaban a responder a las preguntas del profesor, sólo que esta vez no era Manoel Ferreira poniéndolo a prueba con la cartilla João de Deus, [9] sino su superior jerárquico.

– Estaba en observación -dijo finalmente, esperando acertar.

– Exacto. Su misión era observar nuestras líneas desde el aire, probablemente sacando fotografías. Y por eso, sin duda, evitó el combate, su misión no era enfrentarse. Pero ¿sabe lo que me está perturbando realmente, a mí y a todo el comando del CEP?

– No, mi teniente coronel.

– Lo que nos está perturbando es notar un creciente interés de los boches en nosotros. Han aumentado las patrullas enemigas, aparecen cada vez más aeroplanos de observación, se ve a oficiales boches observándonos con prismáticos. En fin, están estudiándonos y nosotros comenzamos a ponernos nerviosos.