– ¿Los boches están estudiando al CEP?
– Exacto, capitán.
– ¿Y sabe cuál es el objetivo?
– No. Suponemos que quieren hacer un raid, pero eso lo decimos nosotros. La verdad es que no lo sabemos.
Bebieron un sorbo más de café, el capitán sorprendido por el lenguaje telegráfico que se imponía en el colorido léxico de su superior jerárquico. Afonso dejó la taza y pronunció la que sospechaba que era la frase clave de la conversación.
– Tendremos que enterarnos de qué es lo que ocurre.
– Exacto, capitán -coincidió Mardel, esta vez con solemnidad, acentuando la palabra «exacto» y pronunciándola de manera pausada. El teniente coronel se inclinó entonces hacia delante y fijó los ojos en su interlocutor-. Hace ya algunos días que estamos pensando en esto, pero el comportamiento del primer aeroplano boche ha despejado todas las dudas y hemos tomado una decisión definitiva. Tenemos que efectuar un raid en las líneas enemigas y quiero que usted prepare el plan.
– ¿Yo, mi teniente coronel? ¿Por qué yo?
– ¿Por qué usted no? ¿Tiene miedo?
Lanzó la pregunta con tono de desafío, de provocación, como para probar su masculinidad, y Afonso se dio cuenta de que no tenía opción. El capitán suspiró.
– Miedo tenemos todos, mi teniente coronel. Pero tendré mucho gusto en preparar ese plan y ejecutarlo.
El rostro de Mardel se iluminó con una amplia sonrisa.
– Sabía que podía contar con usted, capitán Brandão -dijo-. Le comunicaré al general Simas su disponibilidad, se quedará satisfecho.
El general Simas Machado era el comandante de la 2a División y, al igual que el general Gomes da Costa, de la 1a División, respondía sólo ante el general Tamagnini Abreu, el comandante del CEP.
– ¿Y el mayor Montalvão? -preguntó Afonso, preocupado por no pasar por encima del comandante de la Infantería 8, no quería problemas con su superior jerárquico.
– He hablado con él hace poco y le he pedido que me haga el honor de ser yo quien le proponga preparar el raid -dijo Mardel-. Como usted puede ver, él ha accedido.
– Muy bien -dijo el capitán-. ¿Cuál es el objetivo táctico de la operación?
– El plan tiene tres objetivos -contestó Mardel, siempre telegráfico, y levantó los dedos uno a uno-. Uno: capturar prisioneros para obtener informaciones. Dos: mostrar al enemigo capacidad de combate. Tres: elevar la moral de nuestras tropas.
– ¿La moral de las tropas?
– Exacto. Como sabe, la gente lleva ya demasiado tiempo en las líneas y comienza a estar saturada. Lisboa no manda refuerzos y no tenemos manera de dar descanso a los hombres. A falta de algo mejor, puede ser que un espectacular golpe de mano anime a los soldados.
– Ya veo -dijo Afonso sin gran convicción. Sorbió el último trago de café y dejó indolentemente la taza-. ¿Cuándo quiere que comience esta operación?
– Dentro de un mes -indicó Mardel-. No se dé prisa, estudie bien las cosas, observe el terreno, busque los puntos débiles del enemigo, establezca pautas de acción. Estamos a finales de la primera semana de febrero; tiene que preparar bien los detalles del raid para llevarlo a cabo en la primera semana de marzo, más o menos. Cuando tenga todo estudiado, venga a verme para ratificar el plan.
El teniente coronel se levantó de la silla y Afonso lo imitó. Mardel le extendió la mano, se despidieron y el capitán salió del puesto de Laventie y regresó pensativo y muy preocupado a su refugio de Picantin, con los ojos perdidos en un punto infinito.
Capítulo 12
Agnès se sentía cansada. Sin embargo, hizo un esfuerzo por mantener una expresión sonriente al pasar por la enfermería. Se había quedado toda la noche de guardia y su turno se acercaba al final, pero había que mantener una apariencia fresca ante los pacientes, era importante para que no decayese la moral de éstos durante su convalecencia. Además, le gustaba el trabajo que hacía, desde el comienzo de la guerra nunca se había sentido tan útil, tan necesaria, tan empeñada en la vida, asumía el cansancio con avidez de trabajo, con el alma íntegramente dedicada a la tarea que tenía en sus manos, el sueño de infancia se concretaba, al fin era Florence Nightingale, un ángel de consolación gravitando en un antro de dolor y sufrimiento.
El cambio que se había producido en su vida se debía a su capitán. Gracias a unos hilos movidos por Afonso, había entrado hacía una semana al servicio en el hospital Mixto de Medicina y Cirugía, en la retaguardia, escapando al tedio del cuartel general de Saint Venant y a los incómodos lances del teniente Trindade, el Mocoso. El capitán intentó primero colocarla en uno de los dos hospitales de sangre, el hospital n.° 1, en Merville, o el hospital n.° 2, en Saint Venant, ambos constituidos por ocho tiendas y con capacidad para doscientos pacientes, pero Agnès había insistido en ir al que estuviese lo más lejos posible del Mocoso, y el hospital Mixto le pareció adecuado. Se adaptó fácilmente al trabajo, y los pacientes a ella, no era común ver a una mujer de aquella belleza circulando entre la soldadesca, una palabra aquí, una caricia allá, una sonrisa cautivadora acullá, y su simple paso por la enfermería era un tónico maravilloso para los enfermos. Aunque había estudiado para convertirse en médica, se veía en el papel de enfermera y lo desempeñaba con gusto y dedicación. No hablaba portugués, pero los soldados se desenvolvían bien con el torpe patois de las trincheras y eso parecía suficiente. «Moi pas bonne, mademoiselle bonne, boches méchants», eran frases que formaban parte ahora de sus diálogos cotidianos.
Agnès cruzó apresuradamente la enfermería esa mañana porque la había informado el bedel de que un oficial se había presentado a la puerta del hospital pidiendo hablar con ella. Supuso que se trataba de Afonso, que su portugués estaba de regreso de las trincheras, pero existía también la pavorosa posibilidad de que fuese una mala noticia, un amigo de su amante con la terrible novedad, temía todos los días que lo que le había ocurrido a Serge se repitiera con Afonso, un mensajero desconocido con un telegrama negro que le destruyese la vida. La sola idea la llenó de ansiedad, de inquietud. Casi corrió hasta la puerta, con el corazón acelerado, presa del sobresalto.
Al llegar a la entrada, se detuvo bajo la dovela y suspiró de alivio, lo vio sentado en un escalón, con la gorra en las manos, los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás como para recibir mejor el aire fresco de la mañana, dejándose mecer por el dulce aleteo de los colibríes y por el canoro gorjeo de las alondras que revoloteaban entre los tilos del jardín. Murmuró con los ojos cerrados una breve plegaria de agradecimiento y corrió finalmente hacia él, lo abrazó y lo besó, dividida entre el alivio de verlo sano y salvo y el deber de mantener una postura respetable en el perímetro hospitalario.
– Tu m'as manqué-le susurró al oído.
– Mon petit choux. -Eso fue todo lo que él pudo decir en el calor del abrazo.
– T'es bien?
El dijo que sí con un gesto de la cabeza. Sintió la delicada fragancia de Chypre y sonrió, era el perfume que le había regalado en París. La francesa le acarició el pelo y, desprendiéndose despacio, lo cogió de la mano y lo atrajo hacia ella.
– Viens, ven a ver mi enfermería.
Afonso se dejó llevar, deslizándose por la puerta de entrada guiado por Agnès. El suave aroma de Chypre desapareció de inmediato y, a cambio, el capitán notó el olor a éter y a desinfectante flotando en el aire. El hospital le resultaba feo y frío, hecho de largos corredores de chapa de zinc acanalada, todo metálico y negro, pintado con brea. El suelo, de madera encerada o barnizada, crujió al pisarlo; la luz entraba a raudales por ventanas abiertas en pestaña en la chapa de zinc. Los muebles eran de hierro y cristal, en un estilo art nouveau rudimentario, por aquí un florero con begonias o risas perfumadas, por allá una revista clavada a la pared con una beldad estampada en la tapa. Se veía mucho movimiento por los pasillos, una barahúnda de enfermeros, un puñado de médicos y mucho personal auxiliar, unos y otros de aquí para allá, afanosos y atareados, observados por pacientes silenciosos, algunos tosían angustiosamente, cinco o seis balanceaban en las sillas los muñones de las piernas y los brazos.