Mascarenhas desarmó a los cien soldados de la Infantería 13, mientras que los oficiales del 15 y del batallón inglés hacían lo mismo con sus integrantes. Las Lee-Enfield, las Lewis y las Vickers quedaron amontonadas en un rincón. Los hombres lloraban convulsivamente al formar en el interior del blockhaus. También lloraron cuando se abrieron las puertas y salieron fuera del refugio para entregarse al enemigo. El mayor se quedó a la zaga del grupo y fue de los últimos en abandonar el reducto. De repente, oyó armas que abrían fuego y vio retroceder a los hombres que iban delante, presas del pánico, en un tropel acongojado, con los brazos levantados en señal de rendición, pero también de desesperación.
– ¡Están disparando! -gritó un soldado que intentaba a toda costa volver a entrar en el blockhaus-. Nos están matando.
Mascarenhas también vio, estupefacto e indignado, cómo los alemanes descargaban las armas en los prisioneros, pero intervino un oficial enemigo y se suspendió el fuego. Algunos hombres se revolcaban en el suelo, heridos. El oficial alemán, con una cinta blanca en el brazo y empuñando una pistola, gritaba con sus soldados. Después, hizo una seña a los sitiados para que saliesen, pero parecía más preocupado por vigilar a sus soldados que a los portugueses y a los ingleses.
Los prisioneros recibieron la orden de marchar y avanzaron por la carretera rumbo al cautiverio. Los hombres de la Infantería 13, tramontanos rudos y obstinados, gente de campo habituada a la vida dura en Boticas, en Alfándega, en Mogadouro, en Romeu y en Moncorvo, rústicos de modales bruscos y palabras toscas, alzaron las voces como niños y empezaron, muy bajo, en un coro suave, a entonar el himno del batallón:
Un pecho de acero palpita en cada uniforme,
no dará del 13 un paso atrás ni un solo hombre.
Un alemán los mandó callar. Eran poco más de las doce del día 10 de abril.
Capítulo 2
El cautiverio en Lille duró sólo unos días. A Afonso lo colocaron con tres mil prisioneros portugueses detrás de las puertas de hierro del cuartel del antiguo regimiento de coraceros franceses, instalaciones militares incrustadas en la gigantesca Citadelle. Se trataba de una enorme fortificación en forma de estrella pentagonal, situada al noroeste de Lille y separada de la ciudad por el río Deüle y sus respectivos canales.
Fueron días duros, con los hombres alimentados a pan, agua y sopas aguadas. Dormían en el suelo y tiritaban de frío por falta de abrigos. Estaban prohibidos los contactos con civiles franceses, una orden innecesaria, por otra parte, debido al aislamiento en que se encontraban los prisioneros. Aun así, Afonso descubrió a un francés que trabajaba en la cantina y no tardó en entablar conversación con él.
– ¿Usted es de Lille? -le preguntó en la primera oportunidad, cuando el hombre le servía la sopa en la cola del comedor.
El francés miró a su alrededor, asustado.
– Chist, no puedo hablar con los prisioneros.
Afonso lo miró a los ojos.
– ¿Conoce a Paul Chevallier? Tiene una tienda de vinos en la Vieille Bourse.
El hombre lo miró con expresión de sorpresa. Para Afonso era evidente que su interlocutor conocía al padre de Agnès. El francés se recompuso y fingió que comprobaba la sopa del portugués.
– Ahora no -murmuró muy bajo, hablando apresuradamente-. Escriba en un papel lo que quiere y démelo mañana, cuando venga a buscar la sopa.
Afonso se pasó la tarde en torno a una hoja, intentando redactar una carta en francés. Consultó varias veces a un oficial portugués de origen francés, para pedirle que verificase palabras y revisase frases. Intentaba de ese modo evitar errores ortográficos e incoherencias gramaticales, como faltas de concordancia y de género, en un esfuerzo para crear una buena primera impresión en el destinatario, el padre de Agnès. Cuando terminó de revisar el texto, se dio por satisfecho y pasó la versión final a un papel limpio:
Estimado señor Paul Chevallier:
Mi nombre es Afonso Brandão, capitán de infantería del ejército portugués en Francia, actualmente prisionero en la Citadelle de Lille. Le escribo estas breves líneas para comunicarle que conocí a su hija Agnès en Armentières; ella me contó que, con el comienzo de la guerra, dejó de tener contacto con su familia. Siendo así, lo informo de que su marido Serge murió en combate ya en las primeras batallas y ella se fue a vivir a casa del barón Redier en Armentières. Nos enamoramos, le pedí contraer matrimonio y tuve la felicidad de verla aceptar mi propuesta. Ella es ahora enfermera en un hospital de guerra portugués y se encuentra bien de salud. Le ruego que le comunique, si tiene oportunidad de verla antes de que yo pueda reunirme con ella, que estoy vivo y con salud, aunque prisionero por los alemanes. No sé cuál es el destino que me reserva el enemigo, pero asegúrele, por favor, que la buscaré en cuanto sea liberado.
Con mis mejores deseos,
Afonso Brandão
Cuando concluyó esta versión final, Afonso releyó el texto, dobló la hoja y la guardó en el bolsillo. Volvió a considerar si realmente valdría la pena omitir que Agnès se había casado y separado del barón Redier y que estaba esperando un hijo suyo, pero temió que los principios morales de su futuro suegro fuesen tan estrechos que esa información lo echase todo a perder. Decidió, por consiguiente, mantener el texto así. Al día siguiente, durante el almuerzo, pasó discretamente el papel a las manos del francés de las sopas, murmurando que se lo entregase a monsieur Chevallier.
El francés tardó un tiempo en cumplir la misión. Alegó que no encontraba a Paul Chevallier y que su tienda de vinos estaba cerrada. Las autoridades alemanas, entre tanto, anunciaron que los portugueses serían enviados a un campo de prisioneros en Alemania, y Afonso temió que tuviese que salir de Lille antes de establecer contacto con el padre de Agnès. Pero, al cuarto día, llegó finalmente la respuesta. El francés le entregó un sobre por debajo de la escudilla de la sopa y Afonso contuvo a duras penas las ganas de leer inmediatamente, durante la comida, la carta que había escondido bajo los pantalones. Tomó apresuradamente la sopa y el trozo de pan y se retiró al dormitorio común donde, recostado en una pared, abrió el sobre.
Estimado capitán Brandão:
No sabe hasta qué punto ha hecho de mí un hombre feliz por haber recibido al fin noticias de mi pequeña Agnès. Lamento la muerte de Serge, me parecía buen muchacho, pero, debo decirlo, no llegué a conocerlo bien. Lo que interesa, sin embargo, es que mi hija se encuentre bien de salud y feliz, como parece ser.
La vida aquí en Lille, bajo la ocupación enemiga, ha sido muy difícil. Mi pobre Michelle falleció hace tres años, según los médicos víctima de neumonía, pero en realidad víctima de los alemanes. Los ocupantes comenzaron en 1914 a requisar todos los bienes de las casas de los franceses. Se llevaron nuestros muebles, bicicletas, teléfonos y, lo más grave de todo, hasta las camas. Tuvimos que dormir en el suelo. Hubo también mucha hambre en 1914 y 1915. Debilitada, durmiendo todas las noches en el frío suelo de piedra de nuestra casa, mi mujer no resistió e incubó una neumonía fatal. Me quedó mi hija Claudette, pero, en 1916, los alemanes la deportaron de Lille, se la llevaron con muchas otras muchachas a hacer trabajos forzados en el campo. Veinticinco mil personas de Lille, sobre todo mujeres y niños, fueron enviados a la fuerza a provincias para cultivar la tierra, partir piedras, construir puentes, hacer sacos de tierra y otros trabajos de esclavo. Afortunadamente, esta dura experiencia sólo duró cinco meses y Claudette ya está de nuevo conmigo.