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Un soldado respondió con un gruñido malhumorado, los otros se mantuvieron en silencio, ignorándolo, con los ojos siempre fijos en el periódico, perdidos en las noticias del frente. Extrañado por aquella actitud, Afonso bajó la cabeza, miró la primera página y sintió que el corazón le daba un vuelco. El periódico, con fecha de ese día, 12 de noviembre de 1918, anunciaba que la guerra había acabado en la víspera. Los aliados habían vencido.

A pesar del armisticio, Afonso permaneció dos meses más en cautiverio. Lo liberaron en enero, en pleno invierno, con el cuerpo debilitado por el frío y la mala alimentación. Cogió un tren a Francia, planeando ir en busca de Agnès, pero no tenía dinero y se encontraba muy débil y con fiebre. Se dio cuenta de que no estaba en condiciones de ir en pos de su francesa y se dejó llevar hasta Brest con otros compañeros que habían salido con él de Breensen.

El día 25 cogió el paquebote Gil Eannes en el gran puerto francés rumbo a Portugal. El barco estaba atestado de ex prisioneros y enfermos, la mayoría tuberculosos. El capitán buscó entre los tuberculosos a los que habían estado ingresados en el hospital Mixto de Medicina y Cirugía y pronto encontró a uno que se acordaba de Agnès.

– Era una chica mucho buena, ¿no? -dijo uno de los tuberculosos, entre dos accesos de tos. Hablaba de manera confusa, como Vicente, una especie de Manitas con un cerrado acento del Algarve-. Me recuerdo de ella, claro que me recuerdo. ¿Cómo no iba a recordarme? Esa era una mujer, caray, no era como unos adefesios ordinarios que andaban por ahí, unas tipas que hasta tenían bigotes encima la boca.

– ¿Qué le ocurrió?

– ¿A la francesa? Después del 9 de abril andaba mucho tristona, cuitada. -Tosió-. La muchacha estaba empreñada, creo que su hombre era un portugués que las diñó durante la batalla. -Volvió a toser-. Andaba desconsolada la pobrecita. Al cabo de un tiempo, pidió la baja y nunca más la volvimos a ver. -Más toses-. Fue una pena, aquella moza era capaz de resucitar a un muerto, caramba, era una alegría verla pasar por la enfermería moviendo su hermoso culito.

Capítulo 3

Colocaron la plancha con firmeza, estableciendo la conexión entre el Gil Eannes y el muelle del puerto de Lisboa. El oficial que comandaba la operación se rascó la barba rala mientras observaba a los hombres asegurándose de que el paso era transitable. Cuando concluyeron las comprobaciones y se completó el atraque, se volvió hacia la legión de militares miserables y andrajosos que observaba tierra con una incontenible avidez.

– Muy bien -gritó-. Primero bajan los oficiales, después los soldados y, por fin, salen los enfermos. Quiero un desembarco ordenado y sin confusiones. -Hizo un gesto dirigido a un sargento situado junto a la plancha-. Adelante.

Los oficiales se dirigieron hacia la plancha y la cruzaron. Afonso esperó su turno en la cola, paciente, con los ojos perdidos en el horizonte entrecortado por los familiares tejados rojos de Lisboa, el opaco color ladrillo que se explayaba bajo el azul pálido del cielo invernal. Su atención deambuló distraídamente por su alrededor, se fijó en las gaviotas que graznaban en medio de inquietas nubes, melancólicas, iban y venían como olas que cortasen el aire, a veces rasaban las aguas cristalinas del Tajo y se perdían en los centelleos de luz reflejada en la cresta de la espuma; el aroma salado del mar, en su encuentro amoroso con el río, le llenaba la nariz y le traía a los pulmones el olvidado perfume de su tierra, el efluvio fresco y vigorizante que flotaba en la brisa baja.

El capitán atravesó finalmente la plancha, pisó el suelo del muelle y comprobó, sorprendido, que se mantenía la fila de los oficiales.

– Mayor, ¿qué cola es ésta? -le preguntó a Montalvão, tres lugares más adelante.

– Es para la Comisión Protectora de los Prisioneros de Guerra.

– ¿Ah, sí? ¿Ya tenemos comisión protectora? ¿Y de qué nos protege?

– Debe de ser de los boches -bromeó Montalvão.

A medida que la fila avanzaba, Afonso se dio cuenta de que, instaladas detrás de una mesa, unas señoras de mediana edad entregaban a los oficiales unos papeles pequeños. Cuando llegó su turno, una de las mujeres también le dio un montón de papeles.

– ¿Qué es esto, señora?

– Son bonos, señor oficial.

– ¿Bonos? ¿Bonos para qué?

– Corresponden a donativos de vestuario y dinero. Con esos bonos, usted puede adquirir los productos que necesite, señor oficial.

Afonso guardó los bonos en el bolsillo y siguió al grupo de oficiales. Se aglomeraban todos alrededor de otra mesa instalada en el muelle, discutiendo animadamente, algunos se mostraban irritados y alzaban la voz, otros abrían los brazos sumidos en un desconsuelo resignado. Al capitán le extrañó el rumor y fue a reunirse con Montalvão.

– ¿Qué pasa, comandante?

El mayor se encogió de hombros.

– No lo sé muy bien -dijo con vacilación-. Parece que hay algún problema y no podemos ir a Braga.

– ¿No podemos ir a Braga? ¿Por qué?

– No lo sé, no lo sé, no lo he entendido.

Afonso se abrió paso entre el grupo y fue a hablar con un teniente que estaba sentado a la mesa. Era un muchacho joven, con bigote fino y con un tic en la boca. El teniente tomaba nota de los nombres de los recién llegados.

– ¿Qué ocurre, teniente?

El teniente no levantó la vista.

– Van a tener que quedarse acuartelados aquí en Lisboa -dijo, atareado, sin parar de escribir-. Vuelva a la cola, por favor.

Afonso miró con intensidad a ese jovenzuelo recién salido de la Escuela de Guerra, se puso a pensar en que el chico no había oído nunca un tiro disparado con furia, evidentemente no sabía cuán desesperada era la angustia que atormentaba a los hombres que esperaban frente a él, ignoraba sin duda aquella dolorosa y punzante ansiedad de quien sufre por el reencuentro con su familia. Se mantenía fríamente ajeno al hambre de afecto y a la sed de bienestar que les invadía el cuerpo y les inquietaba el alma. En vez de respetarlos, el joven teniente se comportaba incluso como si estuviera haciéndoles un favor, gastando su preciosa atención con un hatajo de andrajosos malolientes. El capitán sintió que una furia ciega, poderosa y liberadora le crecía en el estómago, le llenaba el pecho, le subía a la cabeza y se hacía dueña de él.

– Teniente -gritó de pronto, con voz de comando-. ¡ Cuádrese frente a su superior!

El teniente se estremeció del susto, miró alarmado a Afonso, se levantó atropelladamente de la silla y se puso muy rígido, cuadrándose. Se hizo un silencio alrededor.

– Pero ¿qué mierda es ésta? -insistió Afonso con tono amenazador-. ¿Así que no se saluda como corresponde a un superior jerárquico?

– Sí, mi capitán -dijo por fin el teniente, lívido, alzando la mano para hacer el saludo militar.

Afonso lo miró de arriba abajo, examinándolo. Le señaló los pies.

– ¿Y usted con esas botas? ¿Eh? ¿Cómo se atreve a ponerse esas botas?

El teniente miró de reojo las botas.

– Mi capitán…, eh…, le pido que me disculpe -titubeó, sin entender qué tenían de malo las botas.

– Cuando acabe de ocuparme de usted, quiero que esas botas brillen como la bayoneta de un boche, ¿me ha oído? ¡Como la bayoneta de un boche!

– Sí, mi capitán.

Afonso estaba morado. Respiró hondo y se calmó, repentinamente sorprendido por su acceso de furia, más aún por haber soltado un taco, desde los tiempos del seminario era incapaz de decir «mierda».

– Ahora cuéntenos por qué razón tenemos que quedarnos acuartelados en Lisboa -ordenó el capitán con un tono de voz más tranquilo.